Letras tropezadas en sentimientos disparados de suspiros y recuerdos.
Páramo de violetas/Liz Carreño
Siete días antes: escribo versos que hablan de ti conteniendo la emoción con un nudo en la garganta. Letras tropezadas en sentimientos disparados de suspiros y recuerdos.
Seis días: releo los versos y los borro por cursis. La solitaria noche no arrastra suficiente silencio, no me deja concentrarme en el brillo de tus insondables ojos, tantas veces indescifrables.
Cinco días: regreso a la idea original, busco inspiración en una taza humeante de café y un trozo de pan de avena con frutas maduras. Surgen destellos de coloridas experiencias y la narrativa de las primeras veces se convierte en unas cuantas líneas sin estructura.
Cuatro días: empiezo a angustiarme y las letras siguen sin poblar las entrañas de la hoja de papel, ya gané medio kilo por tanto pan y camino lento en los bordes de la nostalgia sin dejar escapar las ideas de mi pecho.
Tres días: abrazo mi almohada favorita, aquella a la que dabas puñetazos cuando eras niño y le celabas “mi amor”, sonrío pensando en el regalo de tu cabeza china apoyándose sobre mi hombro escuchando historias, quejas, locuras como si fueran la verdad absoluta.
Dos días: avanzo entre evocaciones de múltiples errores, mentiras piadosas, torrenciales carcajadas y lastimosas lágrimas. Apenas fue ese ayer cuando corríamos para llegar a tiempo al trabajo, a la escuela, a entrenar, a hacer tareas, a vivir cada minuto compartido en la vorágine del mundo. Ese pasado construido a prueba y error dibujó el espacio mágico donde guardamos nuestros secretos y dimos color a los rayos del sol. La melancolía crece al unísono de las líneas en el papel, ¡qué difícil es controlar a las musas gritándole al corazón!
Un día: cierro los ojos y pienso en el regocijo que siento al ser tu mamá, a pesar de quedarme sin pretextos ante un refrigerador lleno de pinturas, poca comida y tus inquietas reclamaciones. Aprendimos juntos a ponerle brillo a los espacios, a quitar el granizo acumulado en las ventanas y a sacudir el lodo de los zapatos en la puerta de la casa. Aprendimos a ser felices con un simple partido de futbol y una bolsa de papas un domingo por la tarde, a cocinar cosas que no salen y ver películas mal elegidas entre risas y malos efectos. Así que no es como al principio, fortalecidos nos preparamos para velar por nuestros sueños en cielos distintos, aún en las hojas de un cuento compartido.
Mañana de cumpleaños: despierto con un solo objetivo, celebrar al hombre disciplinado, dedicado, seguro y amoroso en el que te has convertido. Pero cierro los ojos humedecidos al ver esa sonrisa interminable de 23 años que ahora me sostiene fuertemente cuando siento que voy a caer. No sé cómo, pero ya sabemos reprendernos, aplaudirnos, preocuparnos y ser felices en la misma frecuencia, pero sobre todo rendirnos ante los mismos afectos y disfrutar nuestros caminos. Conocemos las brechas y los atajos que nos llevan a nuestro puerto seguro y reconocemos una galaxia luminosa e infinita donde depositar seguras las semillas del futuro. Todavía sigo creyendo que el primer día que pude abrazarte y cabías entre mis manos sigue siendo ayer, pero no. No solo ha pasado el tiempo, han pasado tantos latidos de distintos sonidos que ahora hemos compuesto una hermosa canción, la más bella de todas, la única que me pone los pies en la tierra y me hace volar al mismo tiempo, la única que canto a gritos orgullosa de su tonada. Hoy como cada uno de los segundos que te supe en mi vida soy feliz porque eres mi fuente inagotable de motivos. Te amo hijo, como ayer, como hoy y como siempre.
¡Feliz cumpleaños!
