Rosario fue mucho más que una escritora prolífica, abarcó géneros diversos como la novela, la poesía, el ensayo y el teatro.
CULTURA/Marco Antonio Orozco Zuarth
A menudo, las escritoras mexicanas, cuando alcanzan el reconocimiento que merecen, parecen estar resucitando de una larga hibernación, una que se prolongó durante muchos años mientras su trabajo se desvanecía en las sombras de la historia literaria del país. Rosario Castellanos (1925-1974), una de las más grandes figuras de nuestra literatura, es un claro ejemplo de ello. Durante su vida, su obra fue escasamente valorada en su totalidad, y tras su muerte, su imagen y pensamiento comenzaron a retumbar con la fuerza que siempre le fue propia.
Rosario fue mucho más que una escritora prolífica, abarcó géneros diversos como la novela, la poesía, el ensayo y el teatro. Fue también una mujer cuya obra reflejaba una visión crítica del México de su tiempo, abordando dos temas que parecían inalcanzables o, al menos, poco convencionales: la condición de la mujer y la situación de los pueblos indígenas.
Elena Poniatowska, quien es una de sus más fervientes admiradoras, afirmaba en una de sus entrevistas que gracias a Rosario muchas mujeres pudieron encontrar un espacio para expresarse en el ámbito literario. Tal vez no fue la primera en hablar de los sufrimientos y contradicciones que sufrían las mujeres mexicanas, pero fue quien les dio una estructura literaria, un enfoque que las hizo legibles y comprensibles en los textos literarios. Poniatowska recordó que fue gracias a la escritora chiapaneca que se abrieron puertas para quienes vinieron después, mujeres que, como ella, encontraron en la pluma una vía para decir lo que otros no se atrevían a expresar.
Pero no solo las escritoras fueron influenciadas por su trabajo, también hombres como José Emilio Pacheco se sumaron a la reflexión sobre el legado de Rosario. En el primer aniversario de su fallecimiento, Pacheco señaló que nadie tuvo una conciencia tan clara sobre la “doble condición de mujer y de mexicana”, una realidad compleja que formó el núcleo de su trabajo literario. Sus palabras nos invitan a reflexionar sobre el impacto que tuvo la autora en el pensamiento crítico de su época y la manera en que, al abordar la figura de la mujer y los pueblos indígenas sin idealizaciones ni dogmas, brindó una mirada sincera y desgarradora de las desigualdades y marginaciones de nuestro país.
A lo largo de los años, su obra fue gradualmente revalorada y sus contribuciones reconocidas. Sin embargo, como ocurre con las grandes voces literarias, la crítica tardó en llegar a su obra con la profundidad que necesitaba. Fue después de su muerte, a pesar de que la escritora murió en Tel Aviv en 1974 mientras desempeñaba funciones diplomáticas, cuando su figura se comenzó a instalar con firmeza en la historia de la literatura mexicana. Como bien dijo Dolores Castro, amiga cercana y autora destacada, Rosario Castellanos es, sin lugar a dudas, la escritora más importante del siglo XX en México, quien sin concesiones cultivó con tenacidad la literatura, la docencia y la reflexión sobre la condición humana.
Hoy, el legado de Rosario Castellanos está presente en cada rincón de México: su nombre ha sido inscrito en monumentos, calles y parques, y el monumento erigido en su honor dentro del Bosque de Chapultepec, realizado por la escultora María Lagunes en 1976, se mantiene como testimonio de su grandeza literaria. La restauración del mismo, llevada a cabo por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) en el marco del proyecto Chapultepec, Naturaleza y Cultura, nos recuerda la importancia de conservar su memoria en un país que sigue dando batalla contra las desigualdades que ella tan magistralmente plasmó.
Así, la obra de Rosario Castellanos sigue viva en las palabras de aquellos que, como Poniatowska, Castro, Pacheco y tantos otros, reconocen su valor incalculable. Ella abrió caminos, rompió barreras y dio voz a quienes aún luchan por hacerse escuchar. En el siglo XXI, su literatura sigue siendo un faro que ilumina el camino para muchas escritoras y lectores que buscan comprender los dilemas eternos de la humanidad. Y, en sus textos, sigue resonando la pregunta fundamental que ella misma se hacía al escribir: “¿Por qué vivimos? ¿Por qué vivimos de determinada manera? ¿Cómo podemos realizarnos?”
La voz de Rosario Castellanos siempre vive porque, a través de su obra, consiguió plasmar de manera profunda y reveladora las realidades más complejas y dolorosas de su tiempo. La fuerza de su escritura radica en su capacidad para combinar una mirada aguda y sensible hacia la injusticia, con un lenguaje poderoso que continúa siendo relevante hoy en día. En su prosa y en su poesía, aborda temas universales como la opresión, la identidad, la lucha por la dignidad y la búsqueda de la realización personal. Estos temas, que eran ignorados o tratados de manera superficial en su tiempo, son ahora más cruciales que nunca, lo que hace que su voz resuene con la misma vigencia.
Además, su habilidad para tocar temas como el feminismo y el indigenismo desde una perspectiva crítica y sin caer en idealismos, le otorga una vigencia permanente. Rosario Castellanos no solo escribió para su tiempo, sino para todos los tiempos. Ella fue una visionaria que, al cuestionar las normas establecidas y al poner en el centro de su narrativa a aquellos que históricamente habían sido silenciados, construyó una obra literaria inmortal.
El hecho de que su nombre haya sido inscrito en monumentos, parques y calles, que su obra siga siendo estudiada y reeditada, y que continúe siendo fuente de inspiración para nuevas generaciones de escritoras y lectores, es testimonio de que la voz de Rosario Castellanos nunca dejó de hablar, ni de influir en la realidad. Su legado sigue vivo, porque su escritura no solo fue un reflejo de su tiempo, sino un eco que se extiende a lo largo de las décadas, impulsando cambios y abriendo nuevos horizontes en la literatura y la sociedad.
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