Lo vivido en Tapilula y los municipios de la zona es una cicatriz en la historia reciente de Chiapas.
TAROT POLÍTICO/Amet Samayoa Arce
El norte de Chiapas ha sido testigo de su propio calvario. Calles en las que antes se escuchaban risas y el bullicio del comercio, se convirtieron en escenarios de recorridos armados. Solosuchiapa, Ixtacomitán, Ixhuatán, Tapilula, Rayón y Pueblo Nuevo Solistahuacán vieron desfilar la violencia en caravanas que no llevaban esperanza, sino advertencias.
Fueron tiempos en los que la incertidumbre se volvió parte de la cotidianidad. Comerciantes y transportistas se acostumbraron a mirar por encima del hombro, esperando el próximo cobro de piso, la siguiente amenaza. La población, atrapada en medio de disputas que nunca eligió, vivió bajo el peso de una guerra sin banderas visibles, pero con estragos palpables.
CUANDO LA VIOLENCIA TOCÓ LAS PUERTAS
El miedo dejó de ser abstracto cuando llegó hasta las casas. En diciembre de 2022, en Tapilula, una lluvia de balas impactó la vivienda y los vehículos de un alcalde en funciones. Nadie salió herido, pero el mensaje fue claro: nadie estaba a salvo.
Así ocurrió con comerciantes que vieron sus horarios restringidos, con bancos que ajustaron su operatividad, con ciudadanos que tuvieron que modificar sus rutinas. De pronto, la violencia dictaba las reglas de la vida diaria. La normalidad se convirtió en un concepto lejano, y cada noche se dormía con la incertidumbre de lo que amanecería al día siguiente.
ENTRE JUSTICIEROS Y LOBOS DISFRAZADOS
En agosto de 2024, las calles volvieron a llenarse de hombres armados. Pero esta vez, sus consignas prometían lo que tantos anhelaban: “No queremos cobro de piso”, “Venimos a cuidar”. Sin embargo, en un escenario donde el miedo se camufla, la línea entre la autodefensa y la intimidación se volvió difusa.
Las intenciones pueden ser proclamadas con voz firme, pero en estas tierras, la historia ha enseñado que no todos los que se presentan como salvadores están exentos de sombras. No hay certezas sobre quiénes recorrieron las calles ese día. La posibilidad de que fueran otros lobos disfrazados de guardianes es tan real como el deseo legítimo de justicia de un pueblo harto del sometimiento.
Porque si algo ha quedado claro en estos años es que la violencia no siempre llega con el rostro cubierto. Se infiltra en esquinas impensadas, en sectores donde el control se vuelve poder, en figuras que hablan de lucha pero que, en la oscuridad, sostienen las mismas prácticas que dicen combatir. El tráfico de migrantes, los cobros ilegales y las decisiones políticas amarradas por intereses privados han convertido a ciertas estructuras en organismos que, en lugar de servir a la gente, la exprimen.
UN NUEVO CHIAPAS CON LA MIRADA PUESTA EN LOS FARSANTES
El pasado no se borra con discursos ni con decretos. Lo vivido en Tapilula y los municipios de la zona es una cicatriz en la historia reciente de Chiapas. Pero incluso las heridas más profundas pueden sanar.
Hoy, los ecos de ese miedo aún resuenan, pero también se siente un cambio en el aire. Una nueva era ha comenzado, y con ella, una promesa que por mucho tiempo pareció imposible: la paz.
No se trata de palabras al viento. La diferencia entre el ayer y el hoy no está en la ausencia de problemas, sino en la voluntad de enfrentarlos sin concesiones. La gente de esta región, vejada y lastimada, ha aprendido a identificar el abandono y también a reconocer cuando la esperanza empieza a materializarse en acciones.
Y es que hoy, en este nuevo Chiapas, los falsos redentores ya no tienen un pase libre. Quienes se dicen líderes pero han lucrado con el sufrimiento ajeno han dejado demasiadas huellas, y las miradas están puestas sobre ellos. La ingenuidad ya no tiene cabida. Se ha aprendido que el enemigo no siempre grita ni apunta con un arma, a veces opera con el disfraz de benefactor, con la careta del empresario, del dirigente social, del intermediario del transporte, del protector del pueblo. Pero el pueblo ya no compra espejismos.
VOLVER A CAMINAR SIN MIEDO
Chiapas aún carga con el peso de su propio pasado, pero en medio de las ruinas de la violencia, la gente ha comenzado a reconstruir su tranquilidad. Tapilula y los municipios cercanos no olvidan, pero tampoco se resignan.
La esperanza, esa que tantos intentaron silenciar con disparos y amenazas, vuelve a caminar por sus calles. Y esta vez, no lo hace con el miedo de ser reprimida, sino con la certeza de que el camino de la paz, aunque largo y accidentado, es el único que vale la pena recorrer.
Porque en esta nueva era, la paz no es una dádiva, es un derecho. Y quien pretenda jugar con la fe del pueblo, tarde o temprano, tendrá que rendir cuentas.
Cordial saludo.


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