En el corazón de la Sierra Madre vivía un brujo muy viejo y feo que tenía a tres hermosas doncellas como esclavas.
PÁRAMO DE VIOLETAS/Liz Carreño
Hace mucho tiempo, cuando en la tierra existían seres mágicos y poderosos hechiceros, en el corazón de la Sierra Madre vivía un brujo muy viejo y feo que tenía a tres hermosas doncellas como esclavas. Soque (que en tarahumara significa “maguey”) era el nombre del hechicero. Era tan malo que diariamente obligaba a las desamparadas doncellas a ir al río a lavar ropa, moler el maíz, buscar hierbas para sus pociones y hacer todas las tareas pesadas.
Uno de sus trabajos favoritos era tallar cabezas de flechas, a las que ponía veneno. Para comer, obligaba a las jóvenes a cazar zorros y marmotas. Y eso no era todo: por cualquier descuido las jóvenes eran castigadas con mucha crueldad. Sucedió que un día, las muchachas regresaron con las manos vacías, pues no habían tenido suerte en la caza. Al caminar temblaban de miedo, pues pensaban en lo que les haría el brujo a su llegada.
Nos va a azotar con alguna planta espinosa – decía una de ellas.
O algo peor, nos va a quemar la piel con una antorcha encendida – dijo la segunda.
Tal vez use a las abejas y avispas amaestradas que tiene para que nos piquen la piel – decía la tercera.
¡Cómo lloraban de miedo y pena las tres jóvenes! ¿Qué podrían hacer?
Ya sé – dijo la más pequeña – Podemos mezclar el maíz que le damos con cocimiento de chicote, que es un poderoso veneno… así se morirá y no nos molestará más.
No me parece – dijo la otra – Si se llega a dar cuenta, ya nos podemos ir despidiendo de la vida. No se les olvide que él todo lo adivina.
Desesperadas por no encontrar solución alguna que las librara del castigo, continuaron su camino por la Sierra Madre. De pronto, escucharon una voz grave y profunda que parecía venir de lo más alto:
¡Huyan camino de la montaña! ¡Huyan de aquí! – les decía.
Las tres muchachas, sin pensarlo, le hicieron caso. Se echaron a correr para alejarse lo más posible de la choza de Soque, el hechicero. Durante varios días vagaron por la sierra, dichosas de su libertad. Su alimento consistía en zarzamoras y bayas, además de jugosas tunas dulces como la miel. Tanta era su felicidad que corrían alegremente, tomadas de la mano y coronadas de flores. Las águilas, los tordos, los cuervos y los tigrillos las miraban pasar intrigados. Pero tanta felicidad pronto se acabaría. Cuando se estaban bañando en un ojo de agua, un gigantesco pájaro carpintero se posó en una rama cercana y gritó:
El malvado hechicero viene por ustedes, ¡huyan de aquí! Les ha venido siguiendo el rastro ¡y ya está cerca!
Asustadas, las tres niñas salieron del agua y comenzaron a correr. El brujo Soque, al descubrirlas, les lanzó sus flechas envenenadas que afortunadamente no dieron en el blanco. Enloquecidas de terror, las tres corrían sin rumbo fijo en su intento por huir. El miedo de caer en las manos del malvado hechicero las hacía correr veloces, como si sus piernas tuvieran alas. Pero Soque también era veloz y ya casi les daba alcance. Cuando las tres jóvenes se sentían irremediablemente perdidas, volvieron a escuchar la misma voz de las garras del hechicero. Esta vez les decía:
-Tómense de las manos. Yo haré que suban hasta el cielo – Quién les hablaba no era otro que Jícuri, el dios de los tarahumaras.
Las tres muchachas le hicieron caso: se tomaron de las manos y en ese momento sus pies se despegaron de la tierra. Comenzaron a subir y cuando se dieron cuenta, ya estaban por encima de las copas de los árboles y continuaban ascendiendo en dirección al cielo.
Soque, el hechicero, furioso porque las jóvenes se le escapaban, volvió a lanzar sobre ellas sus flechas mágicas envenenadas. Esta vez dieron en el blanco y clavaron a las doncellas contra el cielo. Pero el dios Jícuri fue benévolo y las convirtió en estrellas, las tres brillantes estrellas de Mamalhuztli, en la Constelación de Orión.
Y el hechicero… ¿qué castigo tuvo? También el dios Jícuri tenía algo preparado para él como castigo por todas sus maldades. Los habitantes del cielo, que saben premiar a los buenos y castigar a los malos, convirtieron a Soque en un coyote, condenado para siempre a que noche tras noche, debe mirar el cielo y aullar con acento lastimero, solo y sin nadie que le haga caso.
Fue así como Soque el hechicero terminó sus días aullando en la soledad nocturna.
