¿Podemos restarle valor a una obra por ser figurativa o conceptual?
PÁRAMO DE VIOLETAS/Liz Carreño Caballero
Hablar de arte contemporáneo el día de hoy es entrar en múltiples polémicas, estamos plagados de obras en museos de todo el mundo que además de no entender, nos hacen cuestionarnos sobre la calidad de la expresión artística y el objetivo de las piezas exhibidas. Continuamente se escuchan comentarios como “eso lo puede hacer cualquiera” o “hasta un niño de kínder dibuja mejor”; y ni mencionar los estratosféricos precios que alcanzan estas obras, lo cual las vuelve todavía más cuestionables.
¿Podemos restarle valor a una obra por ser figurativa o conceptual? ¿En qué aspectos estriban el valor de las piezas de arte contemporáneo el día de hoy? A menudo me indigna escuchar opiniones de rechazo hacia una pintura de Jackon Pollock o Willem de Kooning, si bien, estos juicios son realizados por personas ajenas al arte y podríamos detenernos a pensar si el problema radica fundamentalmente entonces en la ignorancia sobre el tema, en la falta de conocimiento sobre la evolución en los medios de producción artística, los cambios en las formas de pensamiento social actual o una retrógrada postura ante la contemplación de una obra que solo tiene cabida dentro de un canon clásico, arraigado en esa herencia condicionada por lo que nos hemos acostumbrado a ver desde nuestras tradiciones pasadas.
Bajo la premisa de Marcel Duchamp “El arte tiene la bonita costumbre de echar a perder todas las teorías artísticas”, nos veríamos supeditados a aceptar todo lo que surge en la actualidad, lo que tampoco es válido, ya que mucha producción es solo un arrastre de moda, tendencias o teorías efímeras sin fundamentos artísticos. Tal vez esto nos lleve a discutir sobre el fin del arte contemporáneo, el cual debería ser desde un diálogo social, hasta un grito de protesta, debe ser una crítica al pensamiento de la sociedad, un medio de transgresión, una muestra tangible de la transformación constante de la subjetividad humana y una alerta del cambio de paradigmas.
No es obligación del arte explicarnos los fenómenos sociales, ni convertirse en un medio pedagógico de adoctrinamiento, ni mucho menos adecuarse a nuestros modelos estéticos de belleza, si tuviera que cumplir estas premisas nunca habría existido un Andy Warhol o un Pablo Picasso.
El maravilloso momento histórico en el que nos encontramos y nos acerca múltiples expresiones artísticas mediante el uso de la tecnología y la proliferación de manifestaciones culturales, dejando a un lado las posturas intelectuales, nos brinda la oportunidad de encontrar el medio artístico en el que nos sentimos cómodos, aquel que nos hace reflexionar y conmovernos, el que nos saca una sonrisa y nos gustaría ver diario en nuestros espacios cotidianos.
El arte no tiene porque estar inmerso en el drama de las redes sociales donde todo el mundo opina en calidad de “experto” sin tener un ápice de información sobre el tema en cuestión. El arte debe estar fuera de las poses de los críticos restriccionistas; es simple: la obra debe llegarte al corazón, debe transmitirte la emoción que buscabas para ayudarte a enfrentar la realidad, debe ser un medio liberador de pensamientos y sentimientos, convertirse en el espejo de tu subconsciente aunque sea un instante. Te preguntabas con base a qué criterios le asignan el precio a una obra, pues es simple, cuando el arte logra esa simbiosis con el espectador, entonces es cuando el arte no tiene precio.
Bouquet de tulipanes, Petit Palais, París, Francia
Jeff Koons
Homenaje a las víctimas de los ataques terroristas que sucedieron en Francia en noviembre del 2015.
