La estadística bajó, pero no basta. Porque una mujer asesinada por el hecho de ser mujer sigue siendo una tragedia que nos recuerda que la transformación no será real si ellas siguen siendo silenciadas.
REALIDAD A SORBOS/Eric Ordóñez
El sexenio pasado terminó con una cifra helada: 30 mujeres asesinadas por razones de género entre enero y noviembre de 2024, de acuerdo con los informes oficiales. Treinta nombres que ya no aparecen en las boletas electorales ni en los discursos de cambio, pero que pesan como piedra en la conciencia colectiva. Sus cuerpos fueron encontrados en municipios como San Cristóbal, Tapachula, Palenque, Ángel Albino Corzo, Huixtla, Venustiano Carranza, entre otros.
Fueron asesinadas mientras gobernaba Rutilio Escandón, cuando se presumía que la cuarta transformación ya había llegado a Chiapas. Pero ¿cómo hablar de transformación si no se tocó la raíz del odio hacia las mujeres? ¿Cómo hablar de paz si ellas seguían muriendo, muchas veces sin justicia, sin seguimiento y sin voz?
El sexenio terminó con una deuda impagable. Y el problema, aunque viejo, no fue prioridad. Esa administración dejó que la violencia feminicida siguiera corriendo como río desbordado mientras se enfilaban a la recta final del poder. La cifra fue su despedida.
FEBRERO TIENE MEMORIA
Hoy, a más de 100 días del nuevo gobierno, hay un dato que podría parecer alentador: en febrero de 2025, registró un feminicidio en Chiapas, en el municipio de Huitiupán. En contraste, en el mismo mes del año anterior se contaron seis. ¿Es esto una señal de esperanza? Quizá. Pero también es una señal de que el feminicidio no ha desaparecido.
Hace unos días, en entrevista con el Fiscal General Jorge Luis Llaven Abarca, me habló con firmeza de este tema. Me dijo que la pacificación del estado se consolidó en estos primeros 100 días y que ahora toca “ajustar las tuercas” en temas como el feminicidio. Habló de la necesidad de reformas, coordinación entre el Congreso, el Poder Judicial y el Ejecutivo, y un nuevo enfoque para prevenir y sancionar este crimen que no se erradica solo con voluntad.
La estadística bajó, pero no basta. Porque una mujer asesinada por el hecho de ser mujer sigue siendo una tragedia que nos recuerda que la transformación no será real si ellas siguen siendo silenciadas.
LA OTRA GUERRA QUE TAMBIÉN MATA
En Chiapas hablamos de una guerra. La del crimen organizado, la que disputa territorios en la frontera y siembra terror en comunidades enteras. Pero hay otra guerra, más antigua, más silenciosa y más normalizada: la guerra contra las mujeres. La guerra de los feminicidios.
Esa guerra no se libra con balas, sino con cuerpos abandonados, con investigaciones truncas, con jueces indiferentes, con ministerios públicos omisos y con una cultura patriarcal que protege a los agresores. Es la guerra que nunca ha parado. La que no se televisa. La que no ocupa las mañaneras.
Chiapas necesita reconocer que esta también es una emergencia. Que no se trata solo de reducir cifras, sino de construir condiciones donde ninguna mujer tenga que mirar sobre el hombro para llegar a casa.
Porque la paz que se presume no será completa si ellas siguen siendo asesinadas. Y esta nueva era no puede permitirse repetir los errores del pasado. Ni una más tiene que ser más que una consigna. Tiene que ser una promesa cumplida.
NOTA DEL AUTOR
