El problema no es morder. Hay causas que merecen dientes. El problema es hacerlo desde la ingratitud, desde el ego, desde la traición.
REALIDAD A SORBOS/Eric Ordóñez
Circuló en redes una imagen que, a primera vista, parecía sacada de un periódico sensacionalista: un mono mordiendo a un funcionario chiapaneco. La escena, aunque claramente creada con inteligencia artificial, despertó risas, comentarios y, por supuesto, comparaciones. Porque a veces, los chismes digitales retratan mejor que una crónica política lo que pasa entre pasillos y oficinas.
Yo también me reí. Pero luego pensé en otro tipo de mordidas, más sutiles y menos graciosas. Pensé en aquellas que ocurren en la política local, cuando alguien muerde no por instinto ni por hambre, sino por conveniencia. Pensé en Alfredo Ramírez Guzmán.
Y es que dicen que es de bien nacidos ser agradecidos. Pero en la política chiapaneca hay quienes nacen con prisa, no con valores. Gente que se olvida rápido del camino, de quién los impulsó, de los espacios que les fueron cedidos sin haberlos ganado del todo. Hay quienes se trepan a las estructuras como si hubieran nacido en ellas, y después, como si de una epifanía se tratara, muerden a quienes los pusieron ahí.
La política tiene memoria, aunque a veces se haga la distraída. Y algunos recordamos perfectamente cómo fue que cierto personaje —entusiasta, disponible, prometedor— llegó a ocupar un lugar desde el cual ahora se cree con derecho de vigilar, sancionar, eliminar. A Alfredo lo colocaron donde está. Pero él decidió actuar como si hubiera llegado por generación espontánea.
Peor aún: hoy dedica tiempo y energías a cazar, hostigar y hasta eliminar a quienes, en algún momento, lo vieron crecer. Lo hace sin pudor, como quien no tiene historia, ni testigos. Pero los hay. Porque hay memorias que no se archivan y hay silencios que, llegado el momento, se rompen.
No está mal aspirar. Lo legítimo sería construir, sumar, agradecer. Pero Alfredo prefirió la ruta corta: escalar a costa de traicionar. Ni siquiera cuidó las formas. En el proceso electoral pasado, se le acusó de vender candidaturas. Y mientras otros trabajaban en equipo, él operaba por su cuenta. Apareció donde no debía, prometió lo que no era suyo, y luego se esfumó sin dar la cara.
Por eso, cuando vi la imagen del mono araña mordiendo, no pensé en zoológicos ni en fauna exótica. Pensé en oficinas públicas. En esas donde se acomodan los nuevos aprendices de político que muerden por deporte. Porque si algo tienen algunos es que no saben retribuir: muerden la mano que les dio de comer, la que los guió, la que les abrió la puerta. Y eso, en cualquier contexto, se llama deslealtad.
El problema no es morder. Hay causas que merecen dientes. El problema es hacerlo desde la ingratitud, desde el ego, desde la traición. ¿Qué necesidad hay de perseguir a quienes fueron parte del propio crecimiento? ¿Qué urgencia lleva a borrar la historia reciente con actos de soberbia?
A veces la vida es generosa, y nos presta reflectores. Pero también es justa, y nos cobra las malas decisiones. Por eso, no hay que perder de vista que todo acto de poder conlleva responsabilidad, y que cada mordida deja huella. Tarde o temprano, alguien las sigue.
Hoy, Alfredo Ramírez Guzmán muerde como si nadie lo viera. Pero algunos sí ven. Sí seacuerdan. Sí toman nota. Y no por rencor, sino por principios. Porque la gratitud también es política. Y porque hay líneas que, cuando se cruzan, no tienen retorno.
En fin, como dicen… el que es perico, donde quiera muerde.
Cordial saludo.
