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Mactumactzá: ¿Qué estamos exigiendo con sangre ajena?

20 de mayo de 2025
in Opiniones
Tras la muerte de un normalista de Mactumactzá, su padre pidió detener los bloqueos. No exige castigo, solo que no haya otro joven que muera en una protesta que tal vez no era suya.

Tras la muerte de un normalista de Mactumactzá, su padre pidió detener los bloqueos. No exige castigo, solo que no haya otro joven que muera en una protesta que tal vez no era suya.

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Tras la muerte de un normalista de Mactumactzá, su padre pidió detener los bloqueos. No exige castigo, solo que no haya otro joven que muera en una protesta que tal vez no era suya.

REALIDAD A SORBOS/ Eric Ordóñez

No sé qué es peor: si la muerte o la imposición. Hace unos días, un estudiante de la Normal Rural Mactumactzá perdió la vida. Cayó de la batea de una camioneta en movimiento mientras huía, junto a otros compañeros, de una persecución policiaca. Dicen que intentaban secuestrar un autobús. Que protestaban. Que era por el Día del Maestro. Pero yo me pregunto: ¿y si no era su lucha?

El padre del joven fallecido habló. Pidió algo sencillo, doloroso, lapidario: que paren los bloqueos. Que no haya otro muchacho “que pase lo que pasó mi hijo”. No hizo un llamado a la justicia, ni exigió cárcel para los responsables. Sólo pidió freno. Porque entendió que su hijo fue parte de una maquinaria de exigencias que lo sobrepasaban, de consignas que no necesariamente eran suyas, y de una batalla en la que, quizás, ni quería estar.

MARCHAR O NO MARCHAR

Conozco historias de estudiantes obligados a protestar. A sumarse a movilizaciones bajo amenaza. Historias de quienes fueron coaccionados, amedrentados o simplemente arrastrados por la inercia del grupo. En Chiapas, eso no es novedad.

Mientras los muchachos marchan y reciben gases, hay líderes comiendo plácidamente con políticos. Mientras ellos bloquean avenidas y exigen plazas, hay quienes, desde cómodos escritorios, gestionan cuotas de poder. ¿Cuántos de esos estudiantes que hoy arriesgan su vida y su futuro realmente eligieron ese camino?

¿QUÉ LES OFRECEN?

El 21 de abril, normalistas cerraron la Avenida Central de Tuxtla. Querían plazas. La respuesta de la Secretaría de Educación fue clara: no hay. No hay plazas, ni horas adicionales, ni promociones. Y además, no están obligados a dárselas a todos los aspirantes. Así, sin rodeos. ¿Entonces? ¿Qué alternativa les queda?

Lo mismo pasó el 28 de abril, cuando egresados de distintas normales protestaron frente al Palacio de Gobierno. Llevan más de cinco años intentando obtener una plaza. El sistema USICAMM los ha dejado fuera una y otra vez. Y, sin embargo, siguen allí, con la misma esperanza desgastada.

PROTESTAR, PERO ¿CÓMO?

Los métodos también cuentan. No se puede exigir justicia con actos que rayan en lo delictivo. El 26 de marzo se reportaron actos vandálicos: se incendió el edificio de la Subsecretaría de Educación Federalizada. En años anteriores, como en 2021 y 2027, se documentaron detenciones masivas de normalistas: 95 y 236, respectivamente. La causa: protestas que terminaron en enfrentamientos, destrozos o bloqueos.

Y no son hechos aislados. Apenas el 15 de mayo de este año, en Oaxaca, normalistas volvieron a robar mercancía de camiones repartidores. Como si el saqueo fuera parte del plan educativo. Como si el vandalismo mereciera una plaza. En Guerrero, el año pasado, normalistas interceptaron patrullas, secuestraron a elementos de la Guardia Nacional y quemaron las unidades. No era una película: pasó en la carretera Chilpancingo-Tixla.

LAS PREGUNTAS QUE NADIE CONTESTA

¿Quién paga los camiones en los que se trasladan?

¿Quién repone la mercancía robada?

¿Cuánto ha perdido la caseta Tuxtla – San Cristóbal por los botes?

¿En qué ha redituado esa «lucha» para los estudiantes?

Supongamos, en un acto de fe, que todo esto es una inversión. Una estrategia. Un sacrificio para lograr condiciones mejores. ¿Ha servido? ¿Son mejores maestros? ¿Salen mejor preparados? ¿O sólo aprenden que se gana más con presión que con mérito?

LA LUCHA SECUESTRADA

Hay una lucha legítima: la de las y los jóvenes que se preparan con esfuerzo y que merecen un lugar en el magisterio. Pero esa lucha ha sido secuestrada. Por líderes sindicales, por intereses políticos, por ideologías recicladas. El discurso de justicia social ya no emociona cuando se acompaña de quemas, robos o violencia. Pierde fuerza, se diluye en la contradicción.

No es que no deban protestar. Es que deben preguntarse si esa protesta es suya o ajena. Si están defendiendo su derecho o el privilegio de alguien más. Si marchan con convicción o con miedo.

LA HIPOCRESÍA BIEN SENTADA

Mientras tanto, los de arriba sonríen. El que era gobernador y uno de los líderes de la Sección 7 comían tranquilos mientras sus “bases” quemaban calles. Esa imagen lo dice todo: mientras unos se arriesgan, otros digieren acuerdos. No hay lucha más desigual que la que se cocina desde el confort y se ejecuta con carne ajena.

Y el joven que murió… tal vez sólo quería estudiar. Quizás soñaba con enseñar en una comunidad y transformar vidas desde el aula. Quizás ni siquiera estaba de acuerdo con tomar un camión. Pero estaba allí. Porque a veces el silencio es más seguro que la rebeldía. Porque a veces, en Chiapas, se sobrevive más que se elige.

¿QUÉ SIGUE?

Algo tiene que cambiar. El dolor de un padre no puede seguir siendo la moneda de cambio para abrir plazas. No podemos acostumbrarnos a ver camiones quemados como si fueran parte del paisaje educativo. No se puede normalizar la coacción, el adoctrinamiento, la simulación.

En el fondo, esta columna no busca linchar ni culpar. Busca cuestionar. ¿Quiénes se están beneficiando realmente? ¿Dónde están los resultados? ¿Vale la pena esta forma de lucha? ¿Y si la verdadera revolución empieza en el aula, no en la calle?

Al final, un maestro no se mide por cuántos bloqueos encabezó, sino por cuántas mentes transformó. Y si los normalistas no pueden ni elegir su propia lucha, entonces alguien más está escribiendo la historia. Y no, no es una historia que termine bien.

Cordial saludo.

Tras la muerte de un normalista de Mactumactzá, su padre pidió detener los bloqueos. No exige castigo, solo que no haya otro joven que muera en una protesta que tal vez no era suya.

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