El MamPride evidenció a quienes usan la bandera arcoíris solo cuando conviene. Quienes presumen representar a la comunidad LGBTQ+ brillaron por su ausencia.
REALIDAD A SORBOS/Eric Ordóñez
Hay ausencias que no sorprenden. Hay silencios que no duelen. Pero hay sillas vacías que sí incomodan, porque exhiben la hipocresía con la que algunos se cuelgan la bandera arcoíris solo cuando conviene.
Este MamPride demostró muchas cosas: que Chiapas puede brillar con dignidad, que la visibilidad es también resistencia, que cuando la gente quiere celebrar y protestar a la vez, lo hace con el corazón abierto y sin pedir permiso. Y, sobre todo, que el orgullo real no necesita fuero ni curul.
Quien presume representar a toda una comunidad que históricamente ha sido insultada, golpeada, violada, desaparecida y burlada, debió estar ahí. Debería haber marchado hombro a hombro con quienes sí entienden lo que significa mirarse al espejo sin miedo. Pero no. Esta vez no hubo foto. No hubo discurso. No hubo siquiera un mensaje hueco de esos que se escriben al vuelo para subir likes.
Quien presume hablar por la diversidad se desvaneció cuando tocaba alzar la voz junto a ella. Porque no basta autodefinirse. No basta encajar en un párrafo de una acción afirmativa. No basta ondear una bandera solo para firmar lista y sentarse en una curul. Representar no es posar. Representar es incomodarse, es sudar la camiseta, es escuchar a quienes de verdad necesitan ser escuchados.
No seré yo quien cuestione un acta de matrimonio —que cada quien ame a quien quiera, en la intimidad de sus convicciones— pero sí soy de los que exigen coherencia. La orientación sexual, la identidad de género, la identidad política y la honestidad no se certifican con papel sellado, pero sí se demuestran con actos. Y cuando toca, se sostienen con la presencia.
La acción afirmativa no es un boleto de premio. Es una deuda histórica con un gremio vejado, herido y desangrado por siglos de doble moral. Usarla como moneda de cambio para inflar carreras políticas que nada comprenden de ser señalado como “mampo”, “invertido” o “desviado”, es traicionar la memoria de quienes pelearon para que hoy exista un MamPride que se llena de vida, de risas, de abanicos convertidos en machetes y de Alejandra Bogue dándonos lección de dignidad.
No me vengan con tecnicismos. No me reciten párrafos de jurisprudencia para justificar la incoherencia. La representación auténtica se huele, se reconoce y se aplaude. La impostura también se nota. Esta vez, se notó desde la primera pancarta hasta el último confeti.
Y mientras miles marchaban, bailaban y gritaban que ser visibles es resistir, quien debía estar ahí brilló por su ausencia. Como siempre: a la primera oportunidad, el armario se vuelve cómodo. Total, para la siguiente votación, ahí estará de nuevo la bandera, doblada, lista para cubrir la falta de convicción.
Qué ingrato tomar una lucha como adorno, usar la causa como pretexto para sentarse en un escaño que no se honra. Qué ofensivo dejar la trinchera vacía mientras otros dan la cara por todos. Qué doloroso para quienes sí sangraron para que hoy alguien juegue a ser su “voz”.
Quien quiera entender, que entienda: el orgullo se carga con dignidad. No cabe en una curul, ni se justifica con discursos legales. O se vive, o se miente. Y en Chiapas, después de este MamPride, ya todos vimos quién camina y quién se esconde.
Cordial saludo.


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