El bombardeo ordenado por Donald Trump a instalaciones nucleares iraníes encendió alarmas geopolíticas y disparó precios del petróleo y gas.
MÁS ALLÁ DEL DISCURSO/Carlos Serrano
El ataque militar ordenado por Donald Trump contra las instalaciones nucleares de Irán no solo ha encendido las alarmas en Medio Oriente, sino que ha puesto en jaque a la economía global y ha reconfigurado, de manera abrupta, las rutas del poder geopolítico. Lo que para Estados Unidos parece ser una ofensiva quirúrgica que utilizó como bandera de la “seguridad internacional”, para la mayor parte del mundo representó una acción temeraria que amenaza con desencadenar una crisis energética de proporciones históricas.
En las primeras horas del sábado 22 de junio, fuerzas estadounidenses, en coordinación con Israel, lanzaron bombardeos sobre las plantas nucleares de Fordow, Natanz e Isfahán. El ataque, aunque limitado por su alcance físico, tuvo un profundo impacto estratégico, sin embargo, Irán no tardó en responder con contundencia y su parlamento aprobó el cierre del estrecho de Ormuz por donde transita aproximadamente el 20 % del petróleo y gas licuado que abastece a gran parte del planeta.
Aunque el bloqueo aún no se ha ejecutado formalmente -porque la decisión final recae en el líder supremo Alí Jameneí-, los mercados globales reaccionaron con la rapidez y este fin de semana, los precios internacionales del petróleo se dispararon más de 18%, mientras que el gas natural registró alzas significativas. La tendencia apunta a que el barril de crudo podría superar los 120 USD e incluso podría alcanzar hasta los 150 dólares.
En este tablero internacional de alto riesgo, México ocupa un lugar complejo y delicado. Por su vecindad con Estados Unidos y su alta dependencia del gas natural importado (alrededor del 72%), nuestro país enfrentará presiones inflacionarias derivadas del encarecimiento de los energéticos. Pero, a diferencia de otros episodios de crisis, nuestro país aparece también entre las nuevas configuraciones geopolíticas.
Por ejemplo, Rusia ofreció a México gas natural licuado y tecnología para la explotación de crudo en condiciones complejas. Esto no es obra de la casualidad, ya que Moscú busca nuevos socios comerciales ante las sanciones reforzadas por Estados Unidos y la Unión Europea. A la par, China observa con interés la posibilidad de fortalecer su presencia en América Latina a través de acuerdos energéticos que le permitan sortear las restricciones del mercado occidental.
Para México, aceptar este tipo de alianzas no sería sencillo, porque por un lado representa la oportunidad de diversificar fuentes de suministro energético y reducir la dependencia de Estados Unidos, sobre todo porque el presidente Trump mantiene sobre la mesa el cobro de aranceles del 25% a las exportaciones mexicanas. Por otra parte, profundizar la relación energética con Rusia y China podría tensar las relaciones diplomáticas con Estados Unidos y generar incertidumbre sobre el futuro del T-MEC, que es por donde el magnate norteamericano busca ejercer presión a nuestro país.
Sumado a ello, el costo interno de esta crisis será inevitable, ya que el aumento en los precios internacionales del petróleo impactará directamente en los costos de producción, transporte y bienes básicos, lo que a su vez obligará a México a evaluar si mantiene la política monetaria actual o incrementa las tasas de interés para contener presiones inflacionarias, lo que frenaría la economía nacional y el daño sería a los bolsillos de la población.
Por ello, México necesita actuar con inteligencia estratégica, ¿qué quiere decir?, que es tiempo de avanzar en proyectos propios, como la construcción de infraestructura para exportar gas natural licuado a otros mercados, como el asiático, donde el proyecto Saguaro, que consiste en una terminal de exportación en Puerto Libertad, Sonora, podría convertirse en un punto clave de distribución hacia el Pacífico.
La pregunta no es solo cómo podemos responder a la crisis inmediata que se avecina, sino cómo construir autonomía energética y diplomática a largo plazo, en un mundo cada vez más incierto, donde la narrativa de Trump sobre sus acciones de “pacificación” en Medio Oriente no encuentra eco en la mayor parte de la comunidad internacional.
México debe leer entrelíneas el nuevo orden multipolar. Las oportunidades que hoy se presentan —como el acceso a nuevos proveedores y tecnologías— debe entenderse como mecanismo de supervivencia, ya que lo que está en juego no es únicamente el precio del barril de petróleo o la tasa de inflación, sino la capacidad de nuestro país para navegar, con autonomía y equilibrio, en un mundo que ha cambiado de golpe en menos de 48 horas.


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