Este miércoles, el Congreso de Chiapas discutirá reformas penales para proteger a animales de compañía.
PANORAMA CHIAPAS/Javier Guízar Ovando
En el marco de la reciente aprobación de una legislación histórica en Chiapas contra el maltrato animal, es fundamental abrir un espacio de reflexión crítica y humanista sobre los verdaderos pilares sociales que han sostenido esta causa desde mucho antes de que llegara al Congreso del Estado. Nos referimos a las y los activistas, rescatistas y ciudadanos comprometidos que, sin más recurso que su vocación ética, han dedicado sus vidas a la protección de animales en situación de abandono y violencia. Este evento será realizado en el Congreso local este miércoles 25 a las 17 horas, para discutir diversas disposiciones del código penal en materia de protección y cuidado de animales de compañía, todo ello para su votación y aprobación por los legisladores locales.
El debate público y político en torno a los derechos de los animales no es nuevo. Sin embargo, la narrativa institucional que muchas veces acompaña la promulgación de leyes tiende a invisibilizar a quienes han sido protagonistas silenciosos de esta transformación social. Mientras diputados y diputadas hacen públicas sus posturas a favor del bienestar animal —en ocasiones con fines legítimos y en otras tantas como herramienta de capital político—, hay personas que, desde hace años, vienen librando una lucha mucho más concreta y sacrificada: la de rescatar, alimentar, curar y dar refugio a perros y gatos víctimas del maltrato humano.
Estos rescatistas no cuentan con subsidios ni estructuras gubernamentales. En muchos casos, tienen en sus hogares más de 15 animales rescatados, muchos de ellos salvados al borde de la muerte tras haber sido atropellados, quemados, envenenados o abandonados en condiciones infrahumanas. Estas personas compran alimento con su propio dinero, financian tratamientos veterinarios, improvisan refugios, y lo más importante: entregan amor, tiempo y cuidado a seres vivos que han sido rechazados por una sociedad que aún lucha por reconocer su dignidad.
Resulta especialmente significativo que estos ciudadanos y ciudadanas no buscan aplausos ni menciones en los medios. No aparecen en conferencias de prensa ni se adjudican logros legislativos. No lo necesitan, porque su compromiso no responde al interés público sino a una convicción profundamente ética: la de que toda vida merece respeto. Bajo el sol del mediodía o en la madrugada, arriesgan su seguridad al detenerse en plena vía para socorrer a un animal herido. Renuncian a comodidades personales para dar refugio a seres que han sido dañados por otros humanos.
El concepto de ciudadanía moral, entendido como la capacidad de actuar en función del bien común más allá de las obligaciones legales, encuentra en estas personas su máxima expresión. En un Estado donde la justicia animal ha sido históricamente postergada, estos rescatistas han hecho justicia desde abajo, sin juzgados ni leyes, pero con humanidad. La nueva ley de protección animal en Chiapas, por tanto, es también un logro suyo, aunque no figuren en los decretos ni en los discursos oficiales. Es el resultado indirecto de su presión ética, de su denuncia constante, de su ejemplo cotidiano.
La historia dirá que fue el Congreso quien votó la ley. Pero la verdad más profunda es que fueron ellos quienes la inspiraron. La legitimidad de una ley no sólo radica en su redacción jurídica, sino en las vidas que transforma y en las historias que la preceden.
Por ello, este análisis tiene como propósito rendir homenaje a quienes actúan sin buscar protagonismo, pero que han transformado realidades con sus propias manos. A esos hombres y mujeres que cuidan sin ser cuidados, que curan sin ser médicos, que rescatan sin tener uniforme. Que han hecho de la compasión una práctica política y de la protección animal una ética de vida.
A todas y todos ellos, nuestro más profundo reconocimiento. Porque, en efecto, para ustedes esta ley no es un acto político. Es una victoria moral. Es justicia para los que no tienen voz. Es un respaldo, al fin, para seguir haciendo lo correcto en un mundo desumanizado.
Hasta aquí mi comentario, nos leemos en la próxima. ¡Salud Vale!
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