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COLABORACIÓN INVITADA

2 de julio de 2025
en COLABORACION INVITADA, Opiniones
COLABORACIÓN INVITADA
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Las guerras mundiales que no fueron y la paz que debemos construir

Juan Carlos Gómez Aranda/Ultimátum

Los nacidos en la segunda mitad del siglo XX —la ge­neración del Baby Boom— crecimos bajo la sombra de ese miedo. Desde México fuimos testigos de conflictos internacionales que parecían lejanos, pero cuyas repercu­siones políticas, económicas y sociales se sentían en todo el planeta: la Guerra de Corea, la de Vietnam, la Crisis de los Misiles en Cuba, el asesinato de John F. Kennedy, los su­cesivos conflictos en Medio Oriente, las invasiones de Afganistán e Irak, la desinte­gración violenta de Yugosla­via, y más recientemente, la guerra entre Rusia y Ucrania, o la tensión de Israel en Gaza y con Líbano e Irán.

Alguno de esos episodios pudo haber detonado una guerra mundial, pero no lo hi­zo. La historia de las guerras que no sucedieron también merece contarse: es la historia del equilibrio, de los acuerdos forzados, de los silencios di­plomáticos, y a veces, simple­mente, de la suerte.

A pesar de todo, el mundo ha sobrevivido, pero no sin dolor: millones de víctimas civiles, familias desplazadas, crisis humanitarias y traumas que se extienden hasta hoy. La paz ha sido, en el mejor de los casos, una tregua vigilada. Y sin embargo, sigue siendo el único camino posible.

LA PAZ TAMBIÉN SE

CONSTRUYE DESDE LO LOCAL

Así como el mundo ha evitado guerras totales, las regiones subnacionales también enfrentan sus pro­pios conflictos. En México, y especialmente en estados fronterizos como Chiapas, la seguridad y la estabilidad son condiciones esenciales para que las comunidades vivan, trabajen y prosperen.

El entrañable estado su­reño tiene su propia historia de conflictos en 500 años: la conquista y resistencia; el motín zoque de Tuxtla en 1693; la rebelión tseltal de Cancuc en 1712; la lla­mada guerra de castas en Los Altos en 1869; la gue­rra de 1911 entre Tuxtla y San Cristóbal, con ambos bandos asumiéndose como revolucionarios; el levan­tamiento mapache de 1914, y la rebelión zapatista de 1994. Aparte la situación de violencia generada por la delincuencia, que recibió el actual Gobierno y que se está revirtiendo en amplias zonas de la entidad.

Ante este reto, el gober­nador de Chiapas, Eduardo Ramírez, ha reiterado una serie de acciones para forta­lecer la seguridad con visión de efectividad, moderna, humana y utilizando la tec­nología para la paz. Desta­ca la creación de la Guardia Estatal que cuenta con el mejor equipamiento como la unidad móvil Kanan, un vehículo blindado, diseñado para operar en zonas remo­tas que cuenta con comuni­cación satelital, drones, au­tonomía solar, cocina, dor­mitorio y sala de crisis. Esta innovación busca garantizar el control territorial sin per­der de vista el respeto a los derechos humanos, en una región compleja por su diná­mica migratoria y presencia del crimen organizado.

Además, presentó la Uni­versidad de Seguridad Pública del Sureste, una institución orientada a la formación y profesionalización de cuerpos policiales, con enfoque ético, legal y social.

UN LLAMADO A LA PAZ POSIBLE

Chiapas es un estado con un enorme potencial, pero también con desafíos apremiantes. La pobreza y la inseguridad no son su destino. Así como el mundo ha aprendido a evitar una guerra global, Chiapas es­tá construyendo su propia paz duradera: una paz que permita el desarrollo justo, sostenible e incluyente; una paz con rostro humano.

Si algo nos ha enseña­do la historia es que las confrontaciones comien­zan frecuentemente con la exclusión, la injusticia y la desigualdad. Por eso, la verdadera prevención se construye con políticas públicas inteligentes, con educación, con creación de oportunidades, con respeto. Pero también con valentía y determinación a la hora de combatir a la delincuencia.

La paz no es ausencia de conflicto. Es presencia de justicia.

Twitter: @JCGomezAranda

jcgomezaranda@hotmail.com

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