¿Se justifica la violencia?
Enriqueta Burelo/Ultimátum
En el 2021, la antropóloga Marta Lamas, saco a la luz el texto Dolor y Política, con un subtítulo muy sugerente: Sentir, pensar y hablar desde el feminismo, ya que los ejes del libro son esos tres verbos. Sentir, la expresión de los sentimientos y su posición central en los nuevos activismos, pensar, la necesidad de no dejar a un lado el trabajo reflexivo, y hablar, el imperativo de crear y sostener espacios para el dialogo.
En Dolor, rabia y violencia, la antropóloga y feminista Marta Lamas abre un debate complejo, incómodo y profundamente necesario sobre la violencia, sus raíces emocionales y su expresión política. Lejos de ofrecer una condena tajante o una aprobación simplista, Lamas invita a pensar críticamente en torno a las condiciones que hacen posible, entendible y, para algunas personas, incluso justificable la violencia, especialmente la violencia política. En esta reflexión nos detendremos en uno de los ejes centrales del libro: la cuestión de si la violencia se puede justificar y bajo qué circunstancias.
Lamas ha sido una feminista polémica, en octubre de 2017, la UNAM organizó un evento para darle un homenaje a la académica y activista feminista Marta Lamas por sus 70 años de vida. El coloquio llamado “Marta Lamas en diálogo con XY”, causó controversia porque la totalidad de los oradores eran hombres y Lamas no tendría participación. Durante la marcha por el feminicidio de Mara, la académica declaró que no asistió porque consideró que se trataba de una reacción desproporcionada. Durante el auge del Metoo en México, Marta participó en un debate en televisión abierta, donde dijo estar de acuerdo con las feministas francesas. “No es lo mismo una víctima de una violación, que una víctima de acoso, que la víctima de un piropo que va por la calle, no le gusta que le digan guapa y arma un escándalo al respecto” aseguró. En aquel momento, Lamas se convirtió en tendencia y recibió críticas por su postura.
En el tercer capítulo del libro Dolor y Política, Lamas retoma los actos violentos de algunos grupos feministas, pero no para desacreditarlos, sino para verlos como síntoma de la época. Registrar el auge del activismo, tomar las calles, mostrar que las vidas de las personas, de las mujeres en particular, valen más que los monumentos, la propiedad de un Estado que no actúa para eliminar, o disminuir, la violencia estructural. Lamas se cuestiona seriamente: ¿es necesaria la violencia?
Considera la autora que la violencia no es solo un acto individual, sino la consecuencia de procesos sociales, económicos y emocionales profundamente estructurados. En ese sentido, una de sus principales aportaciones es poner en el centro las emociones como motores políticos: el dolor y la rabia no son meros sentimientos, sino reacciones legítimas ante la injusticia, la exclusión o la represión.
Es aquí donde surge la pregunta clave: ¿la violencia puede justificarse cuando es fruto de un dolor no escuchado, de una rabia acumulada? Lamas no da una respuesta definitiva, pero problematiza el juicio moral. Argumenta que hay contextos en los que la violencia surge como la única respuesta posible para quienes no tienen voz, ni acceso a la justicia, ni esperanza en las instituciones y considera que estos actos son expresiones de una rabia legítima que ha sido desoída por años. La violencia en estos casos, dice, tiene un mensaje político: denuncia la impunidad, la indiferencia estatal, y la perpetuación de un sistema patriarcal que violenta a las mujeres cotidianamente. Por otra parte, considera, que la violencia se desliga de un proyecto ético y político, corre el riesgo de reproducir lo mismo que denuncia, Lamas insiste en la necesidad de un pensamiento crítico que no absolutice ni demonice la violencia, sino que la analice en su contexto, con sus causas y consecuencias.
A lo largo de la lectura, del tercer capítulo, siempre surgen dudas, sobre la posición de la autora sobre la violencia, y como ya hemos comprobado a lo largo de su trayectoria, a Marta Lamas, le gusta iniciar el debate, nos reta a preguntarnos: ¿por qué unas violencias son condenadas y otras son normalizadas o invisibilidades? ¿Por qué se considera “violento” rayar un monumento, pero no dejar en libertad a feminicidas? ¿Por qué se exige a las víctimas que sean pacíficas, racionales, educadas, mientras el Estado actúa con violencia estructural y simbólica todos los días?
En síntesis, Dolor, rabia y violencia no ofrece una defensa de la violencia, sino una invitación a pensar más allá del prejuicio. Lamas no justifica la violencia como principio, pero sí reconoce que en determinadas condiciones puede ser entendida, explicada y, desde ciertas ópticas, hasta justificada. La clave está en no perder de vista el horizonte ético: una transformación social que erradique las causas del dolor y la rabia. Solo entonces la violencia dejará de ser vista como necesaria.
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