Cada vez más personas tratan a sus perros como miembros plenos de la familia: comen gourmet, duermen en la cama, tienen seguro y hasta herencia.
COLABORACIÓN INVITADA/Enriqueta Burelo
Durante siglos, los perros han acompañado a la humanidad como guardianes, pastores, cazadores y compañeros fieles. Sin embargo, en las últimas décadas, su lugar en la vida cotidiana ha cambiado radicalmente. Hoy, para muchas personas, los perros ya no son simplemente mascotas: son parte de la familia, y en muchos casos, considerados como perrijos — una palabra que une “perro” e “hijo”, y que refleja la profundidad del vínculo emocional que ahora los une.
EL AFECTO VA MÁS ALLÁ DE LOS LADRIDOS
El cambio no es menor. Donde antes se hablaba de “el perro de la casa”, hoy se escucha con naturalidad “mi hijo de cuatro patas” o “mi bebé peludo”. En redes sociales abundan las cuentas dedicadas exclusivamente a perros, con fotos celebrando su “cumplemes”, disfraces en Halloween, fiestas de cumpleaños y hasta sesiones fotográficas navideñas. La cultura digital ha amplificado esta nueva forma de convivencia, volviéndola no solo visible sino socialmente aceptada e incluso celebrada.
DORMIR EN LA CAMA, COMER COMIDA ESPECIAL Y TENER SEGURO MÉDICO
Esta transformación se refleja también en aspectos prácticos. Muchos perros duermen en la cama de sus dueños, comen alimentos gourmet —libres de granos, con ingredientes orgánicos y preparados como si fueran platos humanos—, tienen acceso a atención veterinaria de alta especialidad, y hasta cuentan con seguros de gastos médicos. Se ha desarrollado una industria entera alrededor de sus necesidades emocionales: desde guarderías caninas y spas hasta terapias de comportamiento y funerarias para mascotas.
PERRIJOS CON HERENCIA
Un dato revelador de esta transformación es el hecho de que en varios países, incluida México, las personas pueden designar herencias a favor de sus perros. Aunque legalmente no pueden ser herederos directos — porque no son personas—, se pueden establecer fideicomisos o designar tutores para garantizar que vivan con todos los cuidados necesarios tras la muerte del dueño. Casos como el de la multimillonaria Leona Helmsley, quien dejó 12 millones de dólares a su perrita “Trouble”, ya no sorprenden tanto como antes. Más allá del dinero, lo que muestran estos gestos es que el vínculo afectivo ha alcanzado niveles de responsabilidad legal y emocional inéditos.
¿POR QUÉ ESTE CAMBIO?
Las razones detrás de este fenómeno son múltiples. En una época marcada por la urbanización, la soledad y el ritmo acelerado de vida, los perros se han convertido en una fuente de compañía constante, afecto incondicional y estabilidad emocional. Para muchas personas que no tienen hijos, o que viven lejos de su familia, los perros ocupan ese espacio de cercanía, cuidado mutuo y afecto que antes estaba reservado a vínculos humanos.
¿UNA EXAGERACIÓN?
Por supuesto, no faltan quienes consideran que tratar a un perro como un hijo es una exageración, una humanización excesiva de los animales. Pero lo cierto es que el amor no siempre sigue estructuras tradicionales, y que muchas personas encuentran en sus perros una forma de relación profunda, amorosa y significativa.
La figura del perro ha evolucionado de animal funcional a miembro emocional de la familia. Ya no solo protegen la casa: protegen el alma. Y en un mundo cada vez más incierto, donde los lazos humanos se fragmentan o se redefinen, los perrijos han llegado para recordarnos que el amor, a veces, tiene cuatro patas y mueve la cola.
enriquetaburelomelgar@gmail.com
