La cancelación de Cuauhtémoc Blanco en el partido de leyendas en Chiapas abrió un debate necesario: el exfutbolista está en el Registro de Sancionados por violencia política de género. Su ausencia no es irrelevante.
LO QUE NO SE NOMBRA, NO EXISTE/Gely Pacheco
La reciente noticia de que Cuauhtémoc Blanco no participará en el partido de leyendas América vs Guadalajara en Chiapas generó reacciones encontradas. Para algunas personas fue irrelevante. Para otras, un respiro. Para nosotras, una oportunidad de conversación pública necesaria.
Y es que seguimos viviendo en un país donde la violencia contra las mujeres parece solo existir cuando hay un cuerpo sin vida o una denuncia mediática. Pero lo cierto es que esa violencia está en todos lados: en las instituciones, en las redes, en el deporte, en los discursos y también en las omisiones. En todo aquello que no se nombra.
Cuauhtémoc Blanco no es solo un exfutbolista. No es solo un político más. Es una figura pública sancionada formalmente por ejercer violencia política contra una mujer. Su nombre figura en el Registro Nacional de Personas Sancionadas en materia de Violencia Política contra las Mujeres en Razón de Género, además de haber vivido un proceso de desafuero por violencia sexual.
Esa primera sanción debería ser suficiente para que no aparezca en espacios públicos donde se espera promover valores como el respeto, el compañerismo y la sana convivencia. Porque cuando se le invita a “convivir con las familias chiapanecas” sin tomar en cuenta sus antecedentes, se manda el mensaje de que lo que hizo no importa. Y sí importa.
Importa porque vivimos en un país donde, según datos oficiales, más de 70% de las mujeres ha sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Importa porque ser mujer en la política sigue siendo una sentencia de desgaste, hostigamiento y silencio forzado. Importa porque normalizar este tipo de invitaciones públicas es también una forma de complicidad y seguirle brindando impunidad.
Lo no visible
Lo grave es que muchas veces estas acciones no se ven como violencia. Se presentan como entretenimiento, como neutralidad, como “no te lo tomes tan en serio”. Pero la cultura de la impunidad no se construye con crímenes, sino con justificaciones cotidianas: “eso fue en otro contexto”, “todos cometen errores”, “hay que separar la persona de su carrera”.
No, no se separan. Porque no existen dos entes. Hay una sola trayectoria, una sola responsabilidad ética. Lo privado es político, porque ahí también se reproducen las desigualdades, los abusos, las jerarquías que luego se filtran en lo público.
Y sí, esto también aplica para el fútbol, la música, el arte, los medios. No podemos seguir eligiendo el silencio por miedo a arruinar la fiesta. Porque si para celebrar hay que ignorar violencias, entonces esa fiesta nunca fue para todas.
En un estado como Chiapas, donde los feminicidios, las desapariciones y las agresiones contra mujeres no cesan, es urgente que la conversación cambie de nivel. No basta con indignarse cuando una mujer aparece asesinada. Hay que identificar las estructuras que permiten que eso ocurra: desde los comentarios hasta los pactos, desde los nombramientos hasta las invitaciones a eventos. La violencia no es un accidente. Es un sistema. Y cada vez que se minimiza o se oculta, ese sistema se fortalece.
Por eso, aunque no sepamos exactamente por qué Cuauhtémoc Blanco no vendrá a Chiapas, celebramos su ausencia. Porque en este contexto, su silencio fue más digno que su presencia. Porque al menos por esta vez, el mensaje no fue ignorado del todo. Porque esto nos permite recordar que las figuras públicas no están por encima de las consecuencias. Porque nombrar es resistir.
Las pequeñas acciones importan. Levantar la voz importa. Nombrar lo que incomoda es el primer paso para cambiarlo. Y eso, en Chiapas y en cualquier cancha, también se llama justicia.


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