Ella se mostraba sin pudor, como si estuviera desnuda, con escenas que no eran solo provocación, sino una forma de libertad.
PALABRA DE DUQUE/El Duque de Santo Ton
Mercedes Carreño Nava, mejor conocida como Meche Carreño, nació el 14 de abril de 1947 en Minatitlán, Veracruz. A los doce años ya participaba en bailables escolares, enmudeciendo a los hombres y haciendo que las mujeres se mordieran los labios con pudor.
A los dieciocho años se trasladó a la Ciudad de México para estudiar en la Escuela de Arte Teatral del INBA, y ahí conoció al fotógrafo José Lorenzo Zakany, un productor que se enamoró de su frescura y la contrató para su primer proyecto protagónico en cine: “Damiana y los hombres”, de 1967, dirigida por Julio Bracho. Ese mismo año nació su primer hijo, Juan Pablo Zakany Carreño, fruto de su breve matrimonio con José Lorenzo Zakany. La película fue un éxito artístico, aunque con rendimiento taquillero moderado
Sin embargo, Meche, a los veintidós años, se convirtió de pronto en una promesa del cine nacional. Juan Pablo, criado en el torbellino de sets y ensayos, sería su ancla en los años de gloria y duelo que vendrían. Su primogénito fue un niño curioso que la acompañaba a locaciones, fascinado por el caos creativo, y que ella describía en raras entrevistas como “mi ancla, mi razón para volver a casa”, un lazo que la salvó de los excesos de la farándula.
Después de participar en otras películas y en teatro experimental, guiada por Carlos Ancira y Alejandro Jodorowsky, el verdadero despegue cinematográfico de Meche llegaría en 1971 con “La choca”, un drama de acción y sexo, producido y dirigido por Emilio “El Indio” Fernández. Meche interpreta a Flor, una joven que vive en la selva tabasqueña, papel que le sirvió para mostrarse completamente desnuda en varias escenas, escandalizando, pero a la vez encantando por su audacia que era al mismo tiempo elegante. La película, filmada en locaciones reales y con un elenco estelar –Gregorio Casal, Armando Silvestre, Pilar Pellicer–, se convirtió en un clásico del género social y valió a Meche su primera nominación al Ariel. Su actuación fue elogiada por su fuerza y vulnerabilidad, y la prensa la bautizó como “la nueva reina del cine mexicano”.
Para entonces, Juan Pablo, su hijo de apenas cuatro años, ya acompañaba a su madre a los rodajes, convirtiéndose en su sombra protectora en un mundo de flashes y tentaciones.
En 1974 Mercedes conoció a Juan Manuel Torres Sáenz, también nacido en Minatitlán, pero en 1938, formado en la escuela de cine experimental, quien había estudiado en Polonia y era amigo de Andrzej Wajda y Roman Polanzky, entre otros.
Él vio en Meche no solo a una estrella con tipo muy mexicano, sino a una musa. Juntos crearon “La otra virginidad”, una tragicomedia erótica donde Meche hace de una joven mesera. La película, dirigida por Torres mismo, rompió récords de audiencia y los consolidó como dupla creativa. Torres se divorció de su mujer y abandonó a sus hijas para volverse pareja de Meche.
En 1976 se casaron en una ceremonia íntima en Acapulco. Meche fue protagonista de sus siguientes tres largometrajes: “La vida cambia” (estrenada en 1976), “El mar” (estrenada en 1977) y “La mujer perfecta” (estrenada en 1978). En 1977 nació Juan María Torres Carreño, el único hijo que tuvo la pareja antes de terminar su relación en 1979.
Al divorciarse de Torres, quien falleció en 1980 en un accidente automovilístico, Meche tuvo otras apariciones magistrales, entre las que destaca la película “El Noa Noa”, de 1981, una autobiografía del cantautor Juan Gabriel, dirigida por Gonzalo Martínez Ortega. En ella, Meche baila en un cabaret fronterizo de Ciudad Juárez con una sensualidad capaz de desarmar a cualquiera. La escena en la que Meche baila la canción “He venido a pedirte perdón”, fue duramente censurada porque ella se movía de tal forma que llegaba a parecer que estaba teniendo un orgasmo sin quitarse una sola prenda.
Ella se mostraba sin pudor, como si estuviera desnuda, con escenas que no eran solo provocación, sino una forma de libertad. Ella comentaba a la prensa que “el cuerpo es arte, no pecado”. Eso le ganó fanáticos y respeto, pero también críticas.
Desde que nació el único hijo que tuvo con Torres, Juan María, Meche lo adoró con una devoción casi mística, viéndolo como un “regalo del cielo” en medio del vértigo de su carrera. Juan Pablo, entonces un adolescente, asumió un rol de hermano mayor protector, ayudando a Meche a equilibrar la maternidad con los rodajes, en una familia improvisada. Al igual que había sucedido con su medio hermano mayor, Juan María creció en ese ambiente de glamour y escándalos protagonizados por su madre.
Juan Pablo, su primogénito, entendía el peso de ser el mayor en una familia marcada por pérdidas inminentes. Jamás se separó de su madre, y fue su confidente en las noches de duda, un vínculo que se fortaleció cuando Meche, divorciada en 1979, se mudó a Estados Unidos con Juan María, dejando a Juan Pablo como puente entre su vida en México y el exilio voluntario.
Después de la muerte de Torres en 1980 y la de su hijo menor Juan María –quien falleció trágicamente a los doce años en un accidente automovilístico en Nueva York en 1988–, Meche se hundió en un duelo que la alejó temporalmente del cine y la llevó a establecerse en Los Ángeles. Allí se dedicó a su familia y a producir proyectos independientes, pero el alcoholismo y los problemas con adicciones la llevaron a un largo período de retiro. Juan Pablo, ya adulto y trabajando en áreas técnicas del entretenimiento en Hollywood, se convirtió en su pilar: la cuidó durante los momentos más oscuros, la animó a sobrellevar la pérdida de su ex esposo y de su hijo menor, el que le había regalado Dios.
Meche siempre llamó a su primogénito “mi salvavidas silencioso”. La actriz falleció el 21 de julio de 2022 en Los Ángeles, a los 74 años, víctima de un cáncer de hígado que padecía desde hace tiempo. Su legado es vasto y variado, gracias a su profundidad interpretativa. Juan Pablo, su único descendiente vivo, manejó los arreglos discretos tras su muerte, manteniendo la memoria de su madre, una auténtica diva que, a pesar de los golpes recibidos, siempre supo bailar con la tragedia.

