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La caída de Maduro

4 de enero de 2026
in Opiniones
La caída de Maduro
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La madrugada del 3 de enero de 2026 marcó un punto de inflexión en la his­toria política de Venezuela y en el tablero internacional. La detención de Nicolás Ma­duro Moros y de su esposa Cilia Flores, confirmada pú­blicamente por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tras una operación militar en territorio vene­zolano, puso fin de manera abrupta a un régimen que du­rante más de una década re­sistió sanciones, aislamiento diplomático y una profunda crisis interna.

La imagen difundida durante la conferencia de prensa desde Washington — Maduro bajo custodia— no solo tiene un valor simbólico, ya que confirma que Estados Unidos decidió abandonar el terreno de la presión indirec­ta para actuar de forma direc­ta con una acción militar. El mensaje es claro y, al mismo tiempo, inquietante. Se cierra un ciclo político en Venezue­la y se abre un debate mayor sobre los límites del poder, la soberanía y el uso de la fuerza en el sistema internacional.

Para una parte importan­te del pueblo venezolano, lo ocurrido representa el fin de una larga etapa de autorita­rismo, deterioro institucional y empobrecimiento generali­zado. Durante más de una dé­cada, el país vivió elecciones cuestionadas, persecución a los líderes de la oposición, colapso económico y un éxo­do de millones de personas. En ese contexto, la caída del régimen puede interpre­tarse como una liberación. Sin embargo, la experiencia histórica obliga a actuar con cautela, porque la salida de un gobernante no garantiza, por sí sola, la reconstrucción de un Estado.

Las reacciones interna­cionales reflejan la compleji­dad del momento. Un ejem­plo claro son Rusia, Irán y Cuba, quienes condenaron inmediatamente la opera­ción; António Guterres, se­cretario general de la ONU expresó su preocupación por la escalada militar y llamó al respeto del derecho interna­cional. En América Latina, las posturas han sido ambiva­lentes, por un lado, el rechazo al autoritarismo de Maduro y por otro, muestras de in­quietud frente al precedente que implica una intervención armada unilateral.

Aquí se encuentra el ver­dadero debate. ¿Estamos an­te el colapso de una dictadura o frente a la normalización de la fuerza como herramienta de corrección política?, ¿Se abre una ruta hacia la demo­cracia o se inaugura una etapa de inestabilidad prolongada? Más allá de las narrativas in­mediatas, el hecho es que las reglas del juego internacional han sido tensionadas.

LA VOZ DE LA TRANSICIÓN

En medio de este escena­rio, es importante escuchar a los actores políticos venezo­lanos. Uno de ellos es María Corina Machado, principal figura opositora, premio No­bel de la Paz y referente de la lucha democrática, quien difundió un mensaje dirigido al pueblo venezolano tras la detención de Maduro. En él, llamó a la ciudadanía a man­tenerse vigilante, organizada y movilizada, subrayando que este momento no pertenece a actores externos, sino a quie­nes arriesgaron todo por la democracia.

Machado fue clara al se­ñalar que la transición debe concretarse mediante el re­conocimiento de Edmundo González Urrutia como presi­dente legítimo y comandante en jefe de la Fuerza Armada Nacional, apelando a la res­ponsabilidad de los mandos militares para evitar una es­piral de violencia. Su mensaje introduce un elemento por demás interesante, que sin conducción política interna y sin respaldo ciudadano, cual­quier cambio corre el riesgo de diluirse o imponerse sin legitimidad.

LO QUE VIENE

El primer desafío para Venezuela es de índole polí­tico. La ausencia de Maduro y la pérdida de legitimidad de su estructura de poder generan un vacío que debe­rá resolverse con rapidez. El reconocimiento de González Urrutia aparece como una salida institucional posible, siempre que logre respaldo interno y acompañamiento internacional efectivo.

El segundo reto es la se­guridad. Las declaraciones del alto mando militar y de figuras centrales del chavis­mo confirman que existen sectores dispuestos a resis­tir. Evitar una confrontación interna dependerá, en buena medida, de la capacidad para desactivar lealtades armadas y garantizar un proceso de transición ordenado.

El tercer desafío es estruc­tural. Reconstruir Venezuela será una tarea de largo plazo, porque reactivar la econo­mía, desmontar el aparato represivo, restablecer ser­vicios básicos y recuperar la confianza social tomará años y es que el fin del régimen de maduro no equivale al inicio automático de la normalidad democrática.

MÉXICO Y LA COHERENCIA DIPLOMÁTICA

La postura de México, expresada por la Secretaría de Relaciones Exteriores, es consistente con su tradición histórica de rechazo al uso unilateral de la fuerza, de­fensa del principio de no in­tervención y el llamado a una solución pacífica y negociada. México no legitima dictadu­ras, pero tampoco avala in­tervenciones militares como mecanismo de resolución política.

Esta posición refleja una tensión real del orden inter­nacional actual sobre cómo defender la democracia y los derechos humanos sin erosionar los principios que sostienen la convivencia en­tre los países. En ese terreno complejo, México optó por el multilateralismo y la lega­lidad internacional y eso hay que reconocerlo.

MÁS ALLÁ DE CARACAS

La detención de Madu­ro desde luego que no es un hecho aislado. Su impacto se extiende a países como Nica­ragua y Cuba, y envía una se­ñal clara al resto del mundo, de que entramos en una etapa donde el equilibrio entre de­recho internacional y poder geopolítico es cada vez más frágil.

En este sentido, la caída de Nicolás Maduro no cierra una historia, sino que abre otra cargada de incertidum­bre. La pregunta que debe­mos hacernos ya no solo es qué ocurrió la madrugada del sábado, sino si Venezuela podrá convertir este punto de quiebre en una transición de­mocrática legítima y propia, más allá de la fuerza y más allá del discurso.

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