Nos cuesta comprender que las tradiciones no son museos: están vivas porque las vive la gente, la comunidad y los cuerpos diversos que año con año salen a celebrar. Los tiempos cambian y las realidades también porque cambian las personas, cambian los contextos y cambian las formas de habitar el espacio público, aunque a algunas generaciones les cueste aceptarlo.
LO QUE NO SE NOMBRA, NO EXISTE/GELY PACHECO
Al iniciar este año, creo que muchas personas pensábamos que vendría con la calma esperada tras el descanso de las fiestas, pero pronto se hizo evidente que el ruido y la intensidad de las noticias seguirían marcando la vida colectiva en múltiples maneras, y nos pondría en alerta. A nivel internacional, la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, con la captura del presidente Nicolás Maduro, un acontecimiento que ha polarizado opiniones y generado, protestas y debates sobre soberanía, geopolítica y derechos humanos en el mundo. Disputas geopolíticas en otras regiones del mundo; a nivel nacional y local, casos que nos acuden el estómago, como el de una niña que da a luz en San Cristóbal de Las Casas, siendo muy joven e incluso el primer feminicidio del año, la violencia que se cuela en diferentes contextos.
Y hasta el propio clima que parece recordarnos que algo no anda bien. Todo ocurre al mismo tiempo: la vida, como la fiesta, como la tragedia, como la injusticia, y en medio de ese ruido social, también estallan las discusiones sobre los cuerpos, las costumbres, las tradiciones y quien puede o no puede habitar las tradiciones.
En muchísimas festividades tradicionales hay borrachera, coqueteos, desmadre y mil excesos. Eso ocurre año con año y casi nunca se pone en duda la “dignidad” de la fiesta cuando quienes protagonizan esos excesos son personas heterosexuales. Pero cuando aparecen besos entre personas LGBT+ o expresiones de género disidentes, de pronto se activan voces al unísono trayendo al centro palabras como “el respeto”, “la tradición” y “los valores”. Entonces el ruido ya no es solo por la fiesta, sino por quiénes son los cuerpos que se besan.
Nos cuesta comprender que las tradiciones no son museos: están vivas porque las vive la gente, la comunidad y los cuerpos diversos que año con año salen a celebrar. Los tiempos cambian y las realidades también porque cambian las personas, cambian los contextos y cambian las formas de habitar el espacio público, aunque a algunas generaciones les cueste aceptarlo.
He leído con mucha claridad a una amiga (no vamos a exhibir a nadie) en señalar que las chuntaes no son reinas ni divas, y que no es momento de andar de inventadas. Representan el trabajo del hogar y de los cuidados, lo que conlleva una evidente sátira social con una carga histórica de combate, organización y resistencia de los pueblos soctones frente a la colonización y la esclavitud. Defender el sentido cultural del personaje es legítimo y necesario, porque cuidar la tradición es un acto comunitario, no un gesto de conservadurismo.
El problema aparece cuando ese argumento se pierde y entra en escena el lenguaje machista, clasista, racista y LGBTfóbico. Cuando el debate se llena de burlas e insultos, ya no estamos hablando de cultura, estamos hablando de discriminación. Porque seamos honestas y honestos: si los besos fueran heterosexuales, difícilmente habría el mismo escándalo.
Y ojo con la palabra que se repite tanto: “denigrar”. Como si nuestras fiestas fueran frágiles o vergonzosas dependiendo del cuerpo que las habite. Ese lenguaje no defiende la cultura, coloca a ciertas personas en un lugar de inferioridad y reproduce miradas racistas y clasistas disfrazadas de “defensa cultural”.
Hay razón en defender el sentido del personaje y de la tradición, pero también hay razón en señalar que el escándalo está atravesado por la LGBTfobia. Se puede respetar la tradición sin reproducir machismo, y se puede visibilizar diversidad sin convertirla en espectáculo que borre el sentido comunitario porque sin comunidad no hay fiesta, y sin respeto a los derechos humanos no hay tradiciones, usos ni costumbres que preservar.
Entonces, que suene la marimba y que se escuche fuerte: ¡arrecha la que no grite! Contacto: vocesfeministas@gmail.com
