JOSÉ NATARÉN
Primera parte
En la obra de Efraín Bartolomé (1950), principal poeta lírico de nuestra época -lo digo, lírico, en el sentido de Trakl- se revela, desde su ópera prima, Ojo de jaguar (1982), no sólo la profundidad, sino la indisolubilidad del lazo poético entre el yo y el sitio de origen, del vínculo entre el sujeto y su entorno. Entre el poeta y Natura, entre la voz y el espacio vuelto casa, geografía habitada, el mundo edificado, el mundo y su doble, tejido de constelaciones de palabras, la selva primero y luego, la ciudad, realidad sacralizada mediante conjuros y canciones, solares y lunares, contra el ángel del tedio. El nudo entre el yo y la realidad. La Palabra, contra el goce del ángel apolíneo, a la sazón heraldo de Plutón. El espacio, natural, intacto, visto por vez primera por el ojo que nombra -la lengua que funda- se recubre con la luz de la conciencia del poeta sobre los entes que pueblan el mundo, que le habitan, en tanto se proclama la ecuación entre él sus circunstancias.
Circunstancias que se desdoblan en sentido contrario, flores minerales que se abren hacia adentro, hacia el origen mismo del ser que es y somos, la verdad que nos fundamenta en tanto humanos, en tanto existimos (autor y lector), en tanto universo interior que vibra en resonancia con las pulsaciones de la lira de Orfeo, la lira de Apolo y las Musas, de las ninfas tomadas por centauros y bacantes oficiantes de Dionisos. Otro de los signos de la gran poesía. Y la poesía del vate, Efraín Bartolomé, oficiante de la Diosa, lo es. La frase poética como puente entre el hombre y la naturaleza, un medio en el que ambos extremos se disuelven. Y el mundo emergiendo de esta dinámica en la que se pone en juego la propia esencia, esa esencia que elegimos a través de actos y hacemos nuestra con significantes: hablar, decir, nombrar: actuar en lo real y ser en la Palabra. Y con ello, insertar la muerte y morir, dar límite a lo informe, como reflejo de la ígnea consumación del universo y del fenecimiento de los organismos, del propio cuerpo. Como paradoja, la palabra poética ensancha el inventario de los seres y las cosas: hay más nombres a partir del decir del poeta, al menos en nuestra dimensión, humana, verbal.
Sin afán retórico, sino con inquietud genuina, inquiero: ¿Es inevitable nombrar lo que existe, lo que se percibe, la realidad o, más bien, la imagen de la realidad que es en sí otra realidad? ¿Cuáles son las condiciones de posibilidad de la imagen poética? ¿Más allá de la mímesis, la simbiosis? Pregunto a partir de la lectura de “Casa de los monos”, poema inicial de su ópera prima:
Para qué hablar
del guayacán que guarda la fatiga
o del tambor de cedro donde el hachero toca
A qué nombrar la espuma
en la boca del río Lacanjá
Espejo de las hojas Cuna de los lagartos
Fuente de macabiles con ojos asombrados
Quizá si transformara en orquídea esta lengua
La voz en canto de perdiz
El aliento en resoplar de puma
Mi mano habría de ser una negra tarántula escribiendo
Mil monos en manada sería mi pecho alegre
Un ojo de jaguar daría de pronto certero con la imagen
Pero no pasa nada Sólo el verde silencio
Para qué hablar entonces
Que se caiga este amor de la ceiba más alta
Que vuele y llore y se arrepienta
Que se ahogue este asombro hasta volverse tierra
Aroma de los jobos
Perro de aguaHojarasca.
Lo antepretérito como la pura futuridad se proyectan a la vista. De golpe. Un presente perpetuo y pleno que es todos los tiempos discurriendo en un Aleph de eternidad, ya no de espacios incesantes. Memoria e intuición, la antigua fatiga y la música que aún no ha sido, el tam tam del tambor que ha de ser. Todo es presente. Sensitiva modulación del Verbo, logos visual: flora y fauna en la mirada, pero también experiencia olfativa y táctil. Aromas, texturas, temperaturas, se matizan; y se descubren relaciones entre ellos, cromatismo de la imagen sonora. Como los otros órganos de los sentidos, la piel, primera y última frontera, se reconoce en el tacto, como en el oído, la oreja; en el gusto, la lengua; en la mirada, cada ojo.
Énfasis de la percepción por la carnalidad. Sensual y concreta, la palabra, plástica, pero contundente. En correspondencia, en al acto de nombrar esta la intervención del poeta en la realidad. Esto se aprecia en ‘‘Intermedio con cocodrilos’’ de Ojo de Jaguar:
Digo lagarto y un bloque de la roca se desprende
Digo caimán y en un instante se pasa de piedra a un tronco viejo,
a un joven tronco verde.
Y en un vivo relámpago, antes de que yo diga cocodrilo, sus patitas grotescas se mueven por la lajay lo llevan a hundirse en la espesura de estas aguas terribles
Y así, con ojo de jaguar, desde el tiempo mítico, el poeta, observa.
Sin embargo, en Ojo de Jaguar, los seres emergen por primera vez en una realidad recién parida, exuberancia del pensamiento poético, la imagen rebosa, aunque la forma, en cada verso, ciñe, contiene: cada palabra es necesaria y aparece en el sitio idóneo en la maravilla de la experiencia poética, el milagro de dar a luz un gran poema.
Nupcias entre la magnanimidad y la contención. Se resuelve la tensión entre pensamiento y emoción en la inteligencia del decir poético. Dialéctica de la palabra en llamas. A decir del investigador Jesús Morales Bermúdez, “el mundo, Chiapas, encuentra su canto en (Bartolomé)” quien “vuelca su pasión con maestría”.
