La lección es sencilla y no va contra el Jaguar: el Jaguar puede rugir bonito, pero el invitado debe llegar preparado. No se trata de verse relajado; se trata de verse competente. Porque cuando el servidor público confunde cercanía con ocurrencia y transparencia con confesión, se mete el pie él solo… y de paso arrastra la seriedad del encargo.
Sr. Smith/Ultimátum
“Platicando con el Jaguar” es un ejercicio válido y necesario: si el gobernador decide hablarle al estado sin intermediarios, con preguntas directas y en un formato accesible, eso se reconoce. No es espectáculo: es comunicación pública. Y en un estado como Chiapas, la claridad también gobierna.
Dicho eso, el formato no es el que queda a prueba. Quien queda a prueba es el invitado. Y en la primera emisión, Mauricio Cordero se metió solito en un callejón sin salida desde una frase que no debió pronunciar en voz alta: cuando le preguntaron qué hace Protección Civil, respondió que era una pregunta que él mismo se hacía cuando lo designaron. Esa línea no suena a humildad: suena a entrada tardía al cargo. Y un secretario no puede arrancar narrando su curva de aprendizaje como si el estado estuviera para “ver cómo le agarra la batuta”.
El gobernador insistió —como corresponde— en que “la gente no entiende de eso” y pidió la explicación “la verdad”. Cordero intentó acomodarse: “organizamos y gestionamos el riesgo”. Bien. Pero en un programa pensado para que la ciudadanía entienda, el servidor público tiene que traducir, no recitar. La entrevista lo fue empujando a definirse, y en ese empuje se le salieron dos cosas: primero, que la honestidad no alcanza si no viene acompañada de oficio; segundo, que la espontaneidad mal manejada se convierte en material para la risa pública.
El tramo del estoicismo terminó de exhibir la fragilidad del personaje: “¿qué sabes del estoicismo?”… “poco, lo que tú me has comentado”. Y luego, el propio gobernador: “ponte a leer un poquito… porque aquí el público es muy severo”. Es decir: el formato no lo ridiculizó; el invitado llegó sin herramientas para sostener una conversación que mezcla gobierno y persona. Y cuando un secretario no domina ni su función con soltura ni su narrativa personal con prudencia, el resultado es ese: un funcionario a merced del micrófono.
El segundo episodio, con Ana Karen Gómez Zuarth, no fue mejor: fue distinto. No porque el formato cambiara, sino porque la invitada eligió una zona cómoda. El diálogo transitó entre la biografía personal, la historia de superación, la anécdota gremial y una larga enumeración de obras presentes y futuras, dichas con soltura, pero sin el rigor que exige un ejercicio público de comunicación. Hubo discurso, hubo intención, hubo narrativa… pero faltó precisión.
Cuando el tema tocó la corrupción, la respuesta fue la conocida: “se necesitan dos partes”. Una frase cierta, sí, pero tan usada que ya no explica nada por sí sola. Se habló de denuncias, de inhabilitaciones, de supervisores retirados “sin hacer ruido”, pero sin datos concretos, sin contexto verificable y sin una explicación clara de los mecanismos que evitan que el problema se repita. Más que rendición de cuentas, sonó a control de daños.
Dicho sin vueltas: “el cargo no se aprende en vivo”.
