DE LA PATADA/AMADO RÍOS VALDEZ
El fútbol, ese milagro que ocurre cada domingo para salvarnos de la grisura del mundo, nació como un lenguaje de los pies, una gramática del asombro que no pedía pasaporte ni cuenta bancaria. Durante un siglo, el estadio fue el único lugar donde el obrero y el magnate, más los obreros que los magnates, compartían el mismo oxígeno y la misma angustia, unidos por el hilo invisible de un gol que no entiende de clases sociales. Sin embargo, en esta modernidad que todo lo tasa y todo lo vende, el cemento de las gradas ha comenzado a enfriarse como la frialdad de la oficina. El aficionado, aquel que heredaba el asiento como quien hereda un apellido o una cicatriz, hoy mira el portón de la cancha con la misma melancolía con la que se mira una patria perdida. El fútbol está dejando de ser una pasión compartida para transformarse en un evento de etiqueta, un banquete de lujo donde el invitado de honor, el pueblo, ya no alcanza a pagar la entrada ni a reconocerse en los espejos de los palcos. El estadio ha dejado de ser el barrio para convertirse en una sucursal del aeropuerto, un limbo climatizado donde el grito se ha vuelto un artículo suntuario.
La liturgia del billete bajo el césped sagrado
Hubo un tiempo en que el fútbol era la religión que no exigía diezmos, sino devoción pura y pura garganta. Pero hoy, los mercaderes han tomado el templo y han cambiado los bancos de madera por butacas de terciopelo y piel. En las cinco grandes ligas europeas, el costo de los abonos ha escalado una montaña que el salario mínimo no puede subir sin asfixiarse en el intento. En Inglaterra, donde el fútbol es una cuestión de identidad nacional, un obrero debe empeñar semanas enteras de sudor y privaciones para comprar el derecho a sentarse en una butaca que antes pertenecía a su abuelo por derecho de sangre. La Premier League, esa joya de la corona televisiva, ha decidido que el silencio respetuoso de los palcos VIP es más rentable que el rugido telúrico de la clase trabajadora. El estadio ya no es el lugar del encuentro, sino el escenario de la exclusión, donde el precio del boleto funciona como una aduana invisible que separa a los verdaderos fieles de los consumidores de ocasión, los de moda, los de paso, dejando a la pasión en un estado de desamparo.
El abismo entre el salario y la ilusión de gol
Si cruzamos el océano, la tragedia mexicana no es menor, sino más silenciosa y punzante, como una herida que no deja de sangrar. En la última década, mientras el salario mínimo en México libraba una batalla contra la inflación, los precios de los abonos en la Liga MX emprendieron un vuelo de ícaro hacia el sol de las ganancias corporativas. Lo que antes era un domingo de familia y tacos en el estadio se ha convertido en una inversión de alto riesgo que requiere sacrificios domésticos inconfesables. En México el salario mínimo general vigente es de $315.04 MXN diarios ($9,582.47 MXN mensuales). Las entradas en el estadio azteca o el de Ciudad universitaria en la CDMX van de $450 a $1800 pesos (de 1.4 a 5.7 días de trabajo por persona); en Monterrey los boletos van de $650 a $3200 (de 2 a 10 días de salario mínimo) y en Guadalajara van de $400 a $2500 (1.3 a 8 días de salario mínimo). Si va la familia completa hay que dejar de una semana a un mes de salario mínimo).
Un aficionado promedio en México necesita hoy dedicar una proporción de sus ingresos mensuales mucho mayor que un alemán o un español para acceder a la misma dosis de ilusión. El fútbol mexicano, atrapado en su propia ambición de parecerse a las ligas del norte, ha olvidado que su verdadera fortaleza no estaba en los patrocinadores de neón, sino en los pies sucios que soñaban con el Estadio Azteca mientras pateaban una lata en un baldío. Se ha roto el contrato social del balón; se ha privatizado la alegría.
La metamorfosis del espectador en cliente de paso
Juan Villoro suele decir que el fútbol es la única religión que tiene dioses que cometen errores humanos. Pero hoy, esos dioses están protegidos por cristales blindados, algoritmos de seguridad y precios que funcionan como murallas. La gentrificación de las gradas ha modificado la genética misma del juego. El aficionado, ese personaje que llegaba temprano para calentar el cemento con su aliento y su fe, ha sido reemplazado por el cliente, un sujeto que asiste al partido como quien va a la ópera o a un estreno de cine en un centro comercial, con el celular en la mano y el corazón a media marcha. El estadio se ha vuelto un escaparate de marcas donde el césped es apenas un detalle decorativo y el fútbol un mero pretexto para la comercialización. La atmósfera, esa electricidad que antes ganaba partidos y asustaba al rival, se está evaporando en el aire acondicionado de las zonas preferentes. Cuando el precio de la entrada expulsa a los que gritan para dejar entrar a los que solo miran, el fútbol pierde su alma y se convierte en un simulacro, un producto de exportación que brilla por fuera pero suena hueco por dentro, como una moneda falsa que cae sobre el mostrador.
El espejismo del mundial en un año de ausencias
Este proceso de elitización encuentra su punto de máxima tensión ahora que habitamos el año 2026, el año en que el mundo pone sus ojos y sus cámaras en las canchas de Norteamérica. El Mundial de Fútbol 2026 se presenta como la gran fiesta de la globalización, un despliegue de modernidad con estadios que parecen naves espaciales aterrizadas en medio del asfalto. Sin embargo, detrás del brillo de las pantallas gigantes y la tecnología de última generación, surge la pregunta incómoda que nadie en las oficinas de la FIFA quiere responder: ¿quién podrá realmente habitar esas catedrales de cristal?
En México los boletos para el Mundial de 2026 fluctúan entre $5000 a $13000 pesos para los partidos de la fase de grupos y entre $19000 y $40000 pesos para el partido inaugural. Es decir, que, si un trabajador que gana el salario mínimo quiere asistir al partido inaugural, debe destinar entre 2 y 4.6 meses íntegros de su salario. ¿Quién puede pagar esos precios? El mundial se perfila como el clímax de esta gentrificación global, un evento diseñado para el turismo de lujo y las corporaciones multinacionales, donde el aficionado de a pie, el que alimenta la pasión del fútbol cada domingo, el que sostiene la mitología del juego durante los cuatro años de espera, será apenas un espectador remoto en una transmisión de alta definición. Las calles de las ciudades sedes se llenan de colores, pero las tribunas se vacían de pueblo, dejando un vacío que ninguna repetición en cámara lenta puede llenar. Es el mundial de los que pueden, no de los que sienten. Es la expulsión de los pobres del paraíso del fútbol. Es la expropiación del placer colectivo para el disfrute exclusivo de los poderosos.
La pelota no se mancha pero se vuelve de cristal
Eduardo Galeano nos recordaba con su voz de arena que, por mucha tecnología que haya, el fútbol sigue dependiendo de ese instante sagrado en que un futbolista se enfrenta a su sombra y a una pelota. Esa pureza es la que está en peligro de extinción bajo el peso de los dólares. Si el fútbol deja de pertenecer a los que no tienen nada más que su equipo, dejará de ser el espejo de la humanidad para convertirse en un simple ejercicio de contabilidad y marketing. La pelota no se mancha, decía Maradona con la autoridad de los que vienen del barro, pero hoy la pelota se está volviendo tan cara que solo unos pocos elegidos pueden acariciarla con la mirada. La verdadera crisis del fútbol no reside en el VAR ni en las caprichosas reglas del fuera de juego, sino en la distancia cada vez más insalvable entre la tribuna y el barrio que le dio vida. Al final del día, si el obrero no puede pagar la entrada para ver a su equipo, el fútbol se quedará sin testigos reales, y un gol que nadie celebra con el estómago vacío y el alma en un hilo es, en realidad, un gol que nunca sucedió, un eco perdido en un estadio lleno de gente, sí, pero absolutamente solo.
