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Machismo viral, la política del linchamiento

26 de enero de 2026
in Opiniones
Machismo viral, la política del linchamiento
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Algunas plataformas pudieron haber aprovechado la coyuntura para abrir una discusión seria sobre ética pública, conflictos de interés, responsabilidades institucionales o incluso sobre el impacto de la vida privada en la esfera pública. Sin embargo, eligieron el camino fácil: la agresión, la violencia verbal y, particularmente, la violencia política en razón de género.

LO QUE NO SE NOMBRA, NO EXISTE/GELY PACHECO

Hace unos escasos días, en las redes sociales y distintos portales informativos colocaron como tendencia una relación sentimental hecha pública entre una diputada y un actor político local. Las imágenes circularon con velocidad, acompañadas de titulares que apelaban al morbo, al escándalo y a la burla pero más que informar, construyeron una narrativa de linchamiento simbólico que no busca comprender ni contextualizar, sino señalar, ridiculizar y juzgar. No fue información, no fue periodismo: fue linchamiento. No fue análisis político: fue morbo. Titulares diseñados para provocar clics, visitas o links compartidos se redujeron a una narrativa de burla. El problema, una vez más, no es que se hable de política o de figuras públicas o de algún tema en cuestión; el problema es cómo se habla y desde dónde se habla.

Y no es un error editorial. Es una práctica sistemática. Algunas plataformas pudieron haber aprovechado la coyuntura para abrir una discusión seria sobre ética pública, conflictos de interés, responsabilidades institucionales o incluso sobre el impacto de la vida privada en la esfera pública. Sin embargo, eligieron el camino fácil: la agresión, la violencia verbal y, particularmente, la violencia política en razón de género. Cuando una mujer ocupa un cargo público, su cuerpo, su intimidad y su vida afectiva parecen convertirse en territorio disponible para el escrutinio y la condena social.

En las relaciones amorosas, socialmente el hombre casi nunca pierde. A menos que exista violencia física visible, su reputación suele salir ilesa. En cambio, las mujeres cargamos con el peso de la pulcritud moral, de los prejuicios y el señalamiento permanente. Los comentarios de odio, machismo y misoginia solo esperan que alguien les abra un poco la puerta para desbordarse con toda su fuerza y ver entonces que así de frágiles siguen siendo los avances para decir “ya basta” a la violencia contra las mujeres.

Otro ejemplo reciente exhibe cómo también se vulnera la vida privada de otras legisladoras, normalizando el señalamiento y la especulación como si fueran parte del juego político. Pero no lo son. Son expresiones de una cultura machista y patriarcal, que sigue colocando a las mujeres en un campo desigual, donde cualquier decisión personal puede convertirse en arma pública letal. Lo más grave no es solo el contenido, sino la normalización del ataque pues compartimos, reímos, comentamos y replicamos. Nos volvemos parte de la maquinaria que erosiona derechos mientras creemos que solo estamos ‘’consumiendo redes’’ o ‘’scrolleando’’.

Hoy, además, emerge un nuevo actor que no podemos ignorar: la inteligencia artificial. Imágenes alteradas, montajes, caricaturizaciones y diseños manipulados amplifican el daño, multiplican la viralidad y diluyen la responsabilidad. Ya no hablamos solo de violencia simbólica; hablamos de tecnologías que pueden reforzar estigmas, fabricar narrativas falsas y profundizar agresiones que impactan en la vida real, en la seguridad, en la reputación y en el ejercicio pleno de los derechos políticos. Legislativamente, este escenario exige respuestas urgentes: regulación, sanciones claras y alfabetización digital con perspectiva de género.

Paradójicamente, existen leyes que protegen a las mujeres de la violencia política y digital, muchas de ellas impulsadas desde los mismos espacios legislativos en coordinación con sociedad civil. Usarlas, exigir su cumplimiento y convertirlas en ejemplo público no es solo un derecho, sino una responsabilidad ética. No se trata únicamente de una defensa individual, sino de una causa colectiva: proteger a todas las mujeres que hoy y mañana ocuparán espacios de decisión.

Nombrar la violencia es el primer paso para combatirla. Invisibilizarla, minimizarla o romantizarla solo perpetuara el daño y por lo tanto, lo que no se nombra no se ve, y lo que no se ve, no se transforma. Aún nos falta mucho por aprender, por legislar y, sobre todo, por desaprender como sociedad. Contacto: vocesfeministas@gmail.com

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