AUSTRAL/Ricardo Del Muro
Los legisladores plurinominales son, en buena medida, el experimento más exitoso – y más incómodo – del sistema político mexicano: una criatura diseñada para resolver un problema de “democracia” en tiempos de la hegemonía priísta y que, con los años, aprendió a vivir por cuenta propia. A semejanza del Frankenstein de Mary Shelley – que terminó rebelándose contra su creador -, los Pluristein hoy parecen capaces de rebelarse, chantajear y amenazar con tal de defender su existencia.
Una historia que comenzó con un accidente que reveló la simulación y fragilidad de la llamada “dictadura perfecta”. En la campaña presidencial de 1976 sólo apareció un candidato: José López Portillo, del PRI. Sin enemigo al frente, obtuvo 17 millones de votos, equivalentes al 93.5% del total.
Años después, entrevistado por Enrique Krauze en la serie televisiva Sexenios (Clío, 2000), el propio López Portillo ironizaría sobre este episodio al afirmar: “Con que hubiera votado mi mamá por su hijito Pepito, hubiera yo salido”.
En términos logísticos, aquella campaña fue la expresión más acabada del aparato electoral priísta. Bajo el lema “La solución somos todos” – que la voz popular tradujo sin rodeos como “la corrupción somos todos”-, se desarrolló como una gira nacional con actos multitudinarios y reuniones temáticas con empresarios y líderes de grupos de productores, animada, por cierto, por un jingle (¿Dónde estás, José), grabado por la reina de la salsa, Celia Cruz?
El saldo de esas elecciones federales – dónde la única voz disidente fue la de Valentín Campa, candidato presidencial sin registro del Partido Comunista Mexicano (PCM) – también se reflejó en el Congreso. En la Cámara de Diputados, el PRI se llevó todos los distritos de mayoría (196), mientras que la oposición apenas consiguió 41 curules por la vía de los llamados “diputados de partido”: 20 del PAN, 12 del PPS y 9 del PA.
En el Senado, el control priísta fue prácticamente absoluto, al ocupar 63 de los 64 escaños, con la única excepción del senador Jorge Cruickshank, quien llegó gracias a una alianza electoral PRI – PPS en Oaxaca.
Al llegar la Presidencia, López Portillo encontró un país golpeado por la devaluación y la desconfianza económica, todavía marcado por las secuelas de la “guerra sucia” del gobierno de Luis Echeverría contra los grupos guerrilleros. En ese contexto, como señaló Jorge Carpizo, tuvo la sensibilidad suficiente para comprender que se necesitaban una serie de reformas si se deseaba conservar la estabilidad política. Esta tarea se la encomendó a su secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles.
El primer anuncio de la reforma política, lo hizo Reyes Heroles en un discurso en Chilpancingo, Guerrero, el primero de abril de 1977. Pocos días después, a través de la Comisión Federal Electoral, se convocó a audiencias públicas. En ellas participaron, tanto los partidos con registro – PRI, PAN, PPS y PARM – como las organizaciones que aún eran ilegales, entre ellas el Partido Comunista Mexicano (PCM) y el Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT).
La pregunta principal a resolver – según la reseña de Julián Andrade sobre los debates (La Jornada 13-08- 2025) – era: ¿cómo integrar a las fuerzas minoritarias? La respuesta surgió del planteamiento de Rafael Segovia, quien se pronunció por un sistema proporcional de carácter mixto, pero sobre todo de la visión de Reyes Heroles, convencido de que el modelo alemán ofrecía una salida: mantener un sistema mayoritario dominante, pero con las correcciones de la representación proporcional.
El primero de septiembre de 1977, López Portillo rindió su primer informe presidencial, en el que anunció que enviaría al Congreso la iniciativa de la Reforma Política. En 1979 fue elegida la 51 Legislatura, en la que el PRI conservó la mayoría con 276 diputados de mayoría relativa; sin embargo, la composición de la Cámara se volvió más plural gracias a la incorporación de la representación proporcional. El PAN, por ejemplo, obtuvo cuatro diputaciones de mayoría y 39 de representación proporcional, mientras que otros partidos alcanzaron presencia legislativa: 18 del PCM, 12 del PARM, 11 del PPS, 10 del PDM y 10 del PST. Entre los nuevos legisladores destacaron figuras como Valentín Campa, Arnoldo Martínez Verdugo, Pablo Gómez, Othón Salazar y Evaristo Pérez Arreola.
En los años posteriores a la Reforma Política de 1977, el régimen priísta amplió la representación partidista como respuesta a crisis específicas. En 1986 se añadieron 100 diputaciones plurinominales tras la crisis económica de 1982 y el sismo de 1985. Más adelante, las reformas de 1993 y 1996 introdujeron la figura de los senadores de primera minoría y consolidaron un Senado de 128 integrantes: dos por mayoría, uno por primera minoría y 32 por representación proporcional.
Uno de los principales beneficiarios y defensores del sistema de plurinominales es el Partido Verde Ecologista de México (PVEM). Su estrategia ha sido establecer alianzas ventajosas y negociar posiciones. En las elecciones del año 2000, formó junto con el PAN la Alianza por el Cambio, encabezada por Vicente Fox, cual consiguió la primera derrota presidencial del PRI.
A partir de 2003, mantuvo una estrategia constante de coaliciones, principalmente con el PRI, con el propósito de consolidar su presencia en el Congreso. En 2012 obtuvo el gobierno de Chiapas en alianza con el Panal y el PRI, después de negociar la candidatura a gobernador para Manuel Velasco.
Más adelante, en 2019 se integró a la coalición con Morena y el Partido del Trabajo (PT), conformando “Juntos Haremos Historia”. En 2021 logró su segunda gibernatura, en San Luis Potosí, y actualmente, en la LXVI Legislatura, cuenta con 62 diputados y 14 senadores que – junto con los legisladores del PT – respaldan el voto morenista en el Congreso.
En sentido estricto, los ciudadanos nunca hemos elegido directamente a los legisladores plurinominales. Desde su creación, estas curules se asignan mediante listas definidas por las dirigencias partidistas. Con el paso del tiempo, este mecanismo se convirtió en un recurso para repartir cuotas, premiar lealtades y proteger liderazgos. Por ello, los plurinominales hoy suelen percibirse como “curules sin voto directo” y, más que representar a las minorías, aparecen como símbolos de privilegio y simulación política: una especie de “pluristeins”, piezas incómodas del sistema que sobreviven por conveniencia y alimentan el descrédito del Congreso que no representa a los ciudadanos.
