Sr. Smith/Ultimátum
En instituciones grandes, viejas y acostumbradas a operar por inercia, poner orden nunca es un acto simpático. Es incómodo. Genera ruido. Provoca resistencias. Y en el Colegio de Bachilleres de Chiapas, el primer gran reto de Viridiana Figueroa García no fue inaugurar obras ni tomarse la foto correcta: fue meter bisturí donde por años nadie quiso tocar.
El diagnóstico inicial fue brutal. Más de 50 plazas de aviadores. Gente que no se presentaba, que no trabajaba, que estaba ahí por compromisos políticos del pasado, incluso —dicen al interior— hasta familiares de quienes operaron apoyos en internas partidistas. El Cobach convertido en botín. La nómina como pago de favores. Usos y costumbres que hicieron paquidérmica a la institución.
Y cuando se toca eso, duele.
El Cobach arrastra un problema estructural: la confusión entre derechos laborales y privilegios. Sindicatos que anteponen intereses propios antes que la educación de miles de jóvenes. Jerarquías que nadie respeta. Áreas que funcionan como feudos. Directivos que creen que el puesto es hereditario o eterno. Ahí es donde comenzó el verdadero trabajo.
Por eso, la reingeniería administrativa no cayó bien en todos lados. Pero tampoco nació del capricho. La propia directora general ha sido clara: los cambios en áreas directivas obedecen a la necesidad del servicio, están sustentados en la Ley del Cobach y se toman desde un cuerpo colegiado. No son ocurrencias, ni venganzas, ni decisiones unilaterales.
Lo que sí son, es una sacudida.
En los hechos, Figueroa García ha enviado un mensaje que incomoda: primero la institución, luego las personas; primero los estudiantes, después los intereses. Evaluación del desempeño académico, administrativo y de liderazgo. Ratificación, reubicación o remoción de puestos de confianza conforme a derecho. Así de simple. Así de complicado.
Mientras tanto, la agenda no se detiene. Viajes de trabajo para diagnosticar el estado real de los planteles y gestionar obras. Representar al Ejecutivo en actos públicos, como la inauguración de las celebraciones del Día del Amor y la Amistad en Tapachula. Resolver temas de comunicación institucional, como el uso de pantallas. Todo sin parafernalia.
Un dato que no es menor: Viridiana no se mueve con comitivas. Tiene un solo chofer, que además paga. Cuando viaja, no arrastra séquitos. Prefiere que su equipo atienda la oficina. Va sola, con lo indispensable. En tiempos donde el poder se exhibe con camionetas, escoltas y comitivas, ese estilo también manda mensaje.
El fondo de todo esto es claro: ordenar una institución no es un acto político; es un acto administrativo con consecuencias políticas. Porque toca intereses. Porque rompe inercias. Porque desmonta redes que llevaban años incrustadas.
El Cobach no necesita discursos heroicos ni simulaciones. Necesita reglas claras, perfiles idóneos y respeto a la normatividad. Y eso, inevitablemente, provoca inconformidad entre quienes se beneficiaban del desorden.
Al final, la pregunta no es si los cambios incomodan. La pregunta es si eran necesarios. Y todo indica que sí.
Como dice el dicho, cuando el orden llega, los que vivían del desorden son los primeros en gritar.
