Porque mientras se presumen rankings, Tuxtla sigue arrastrando problemas estructurales: servicios irregulares, obras cuestionadas, adjudicaciones poco claras y una administración multiseñalada por arbitrariedad y opacidad.
Sr. Smith/Ultimátum
Hay una línea delgada entre el respaldo ciudadano y la tentación del aplauso. Cuando un gobernante la cruza, deja de escuchar y empieza a creerse. Eso parece estar ocurriendo en Tuxtla Gutiérrez.
El pasado viernes 6 de febrero, en la explanada del Ayuntamiento capitalino, se llevó a cabo el llamado Viernes de Calles Felices, una estrategia impulsada por el presidente municipal Ángel Torres Culebro. Música, convivencia, selfies, sonrisas y un ambiente festivo que —al menos en el discurso— busca acercar al gobierno con la gente.
Hasta ahí, nada fuera de lo común.
Lo que sí llamó la atención fue el tono. Entre vítores y porras comenzó a escucharse una palabra que todavía no debería estar en la agenda: reelección. No como posibilidad futura, sino como consigna celebrada. Y ahí es donde la política deja de ser proyecto y se convierte en ambición prematura.
Como si el momento fuera propicio, este lunes apareció una encuesta de dudosa procedencia, atribuida a la casa Arias Consultores, que coloca a Ángel Torres en la sexta posición nacional de alcaldes con mayor aprobación. Un dato que, más que convencer, genera preguntas. No por la metodología —que no se explica— sino por el oportunismo con el que se difunde.
Porque mientras se presumen rankings, Tuxtla sigue arrastrando problemas estructurales: servicios irregulares, obras cuestionadas, adjudicaciones poco claras y una administración multiseñalada por arbitrariedad y opacidad. Temas que no se resuelven con eventos ni con encuestas, sino con resultados verificables.
Quizá el nerviosismo tenga otra explicación. En los pasillos políticos vuelve a resonar un nombre que no es menor: Carlos Morales Vázquez. El mismo que entregó una ciudad en orden y que hoy aparece, otra vez, en el radar. La ironía es evidente: el alcalde que hoy presume reelección podría terminar entregando la presidencia municipal a quien hoy se menciona como posible regreso. Tal vez por eso la prisa. Tal vez por eso el ruido. Tal vez por eso la necesidad de blindarse con aplausos anticipados.
En política, querer reelegirse no es pecado. Pretenderlo sin haber rendido cuentas sí lo es. La reelección no se pide, se gana. Y se gana pasando auditorías, aclarando observaciones, transparentando contratos y demostrando que el gobierno funciona más allá del escenario.
Por eso sorprende —o quizá no— el entusiasmo con el que el alcalde recibió los gritos de “reelección” en un acto público. Como si el futuro estuviera asegurado. Como si el camino estuviera despejado. Como si las auditorías no existieran.
Conviene recordarlo: la aprobación mediática no sustituye la fiscalización. Ninguna encuesta blinda de la revisión de cuentas. Ningún aplauso cancela los expedientes. Y ningún evento festivo tapa los pendientes administrativos.
La avaricia política comienza cuando el cargo deja de verse como una responsabilidad temporal y se asume como patrimonio personal. Cuando el gobernante ya no piensa en cerrar bien su gestión, sino en prolongarla a cualquier costo.
Cálmese, presidente. Todavía no es tiempo de campañas ni de consignas. Primero hay que librarla en las auditorías. Luego, si los números cuadran y la ciudad responde, que sea la ciudadanía —no el aplauso organizado— la que decida.
Como dice el dicho, quien se adelanta a cobrar… suele quedarse sin sueldo.
