Hay gobernantes que dejan obras. Otros dejan estabilidad. Otros dejan programas que trascienden. Y hay quienes dejan un recuerdo que se activa cada vez que alguien menciona inseguridad, abandono o desorden.
SR. SMITH/ULTIMÁTUM
Hay recuerdos que uno no escoge. Llegan solos. Como el frío. Como la lluvia. Como los seis años que no regresan.
Julio Scherer Ibarra, en su libro Ni venganza ni perdón, vuelve a abrir una conversación que en Chiapas nunca terminó de cerrarse. Habla de Rutilio Escandón como candidato en 2018. Dice que Andrés Manuel decidió postularlo. Dice que tenía experiencia. Dice que había pasado por el Senado y por el Poder Judicial. Y remata con una frase que pesa más que cualquier adjetivo: fue un pésimo gobierno.
No es una crítica de sobremesa. No es una columna de oposición. Es el testimonio de alguien que estuvo en el círculo cercano del poder. Y cuando la crítica viene desde dentro, el eco es más fuerte.
Scherer matiza. Dice que no toda la responsabilidad puede recaer en quien lo designó. Que el presidente no podía prever el resultado de seis años. Pero también señala lo evidente: la responsabilidad final fue de quien gobernó.
Y ahí está la parte incómoda.
Porque en política uno puede fallar. Puede errar en decisiones, en estrategias, en nombramientos. Pero lo que no puede elegir es cómo será recordado.
Hay gobernantes que dejan obras. Otros dejan estabilidad. Otros dejan programas que trascienden. Y hay quienes dejan un recuerdo que se activa cada vez que alguien menciona inseguridad, abandono o desorden.
Qué feo que te recuerden así.
Qué feo que cuando alguien piense en tu nombre no evoque una transformación, sino una etapa difícil. Que tu legado no sea una reforma estructural ni una mejora visible, sino una advertencia.
A veces uno piensa en lo efímero del poder. Seis años parecen eternos cuando se ejercen. Pero pasan. Y lo único que queda es la memoria colectiva.
Sin haber sido nunca gobernante —ni aspirar necesariamente a serlo— uno entiende algo básico: ojalá siempre me recuerden por algo positivo. Ojalá por haber cambiado aunque sea un pequeño paradigma. Por haber mejorado un entorno laboral. Por haber construido algo que antes no existía. Por capacidad.
Sobre todo por capacidad.
Porque en el servicio público, la incompetencia no es un error privado. Es un daño público.
La historia política de México está llena de nombres que nadie quiere pronunciar en voz alta, no por respeto, sino por decepción. Gobernantes que llegaron por cercanía, por alianzas, por cálculos internos… y no por aptitud.
Y cuando eso ocurre, no hay narrativa que lo repare después.
El poder es caprichoso. Te eleva por afinidades. Te sostiene por estructuras. Pero te juzga por resultados. Y esos resultados se quedan.
Lo más duro de la frase de Scherer no es el calificativo. Es la confirmación. Es que el juicio ya no es percepción local, sino memoria escrita. Es libro. Es registro. Es historia.
Y en política, quedar en la historia por lo que no supiste hacer es una condena que no prescribe.
Porque al final, el clima cambia. Los gobiernos pasan. Las alianzas se rompen. Los grupos se reacomodan.
Pero el recuerdo permanece.
Y sí:
qué feo que te recuerden por lo peor que le puede pasar a un estado.
Mejor que te recuerden por algo que valió la pena.
Y si no, casi mejor que no te recuerden.
