Sr. Smith/Ultimátum
Hay nombres que se convierten en sinónimo de miedo.
Durante más de tres décadas, Rubén Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, fue uno de esos nombres. Desde los años noventa, cuando inició en el narcotráfico como integrante de “Los Valencia” o el llamado “Cártel del Milenio”, hasta su consolidación como líder del CJNG, su figura creció al ritmo de la violencia.
La línea del tiempo que presentó la Secretaría de la Defensa Nacional no es propaganda. Es historia documentada.
1990: narcotráfico.
2016: agregado a la lista de los más buscados por Estados Unidos.
2018: la FGR ofreció 30 millones de pesos por información para capturarlo.
2024: el gobierno de Estados Unidos elevó la recompensa a 15 millones de dólares.
2026: detención.
Treinta años.
No fue una captura casual. El propio informe detalla seguimiento de inteligencia militar, coordinación interinstitucional, información compartida con agencias estadounidenses y una operación especial que incluyó Ejército, Guardia Nacional y Fuerza Aérea.
Hubo enfrentamiento. Ocho delincuentes abatidos. Dos militares heridos. Bloqueos carreteros en varios estados. Reacciones violentas. Helicóptero dañado por impactos de arma de fuego.
No fue una escena cinematográfica. Fue un operativo real con consecuencias reales.
El mensaje político es claro.
La presidenta Claudia Sheinbaum fue puntual: coordinación absoluta entre niveles de gobierno, mantener la calma, actividades desarrollándose con normalidad en la mayor parte del país. Omar García Harfuch reconoció al Ejército y a las fuerzas especiales, subrayando que se debilitó significativamente a una organización criminal de alcance internacional.
Pero más allá del discurso oficial, hay una lectura estructural.
“El Mencho” no era un capo aislado. Era el jefe de una organización con presencia nacional e influencia en más de treinta países, designada incluso como organización terrorista extranjera por Estados Unidos. Su estructura operó durante años bajo distintos gobiernos, en distintas coyunturas, adaptándose a cambios políticos.
Su caída marca un parteaguas simbólico.
No significa el fin del narcotráfico. No significa el fin inmediato de la violencia. Las organizaciones criminales no funcionan como monarquías absolutas donde, al caer el rey, desaparece el reino. Pero sí representa un golpe estratégico y una señal de que la inteligencia acumulada terminó dando resultado.
Para Chiapas el mensaje es doble.
Primero, porque la frontera sur ha sido territorio estratégico para rutas ilícitas y movimientos criminales. Segundo, porque en los últimos meses se ha insistido en coordinación estrecha entre el gobierno estatal y la federación en materia de seguridad.
El propio Harfuch informó recientemente sobre operativos en Tapachula donde fueron detenidos generadores de violencia y aseguradas armas y vehículos. El gobernador Eduardo Ramírez ha reiterado que la prioridad es devolver tranquilidad al estado.
La detención de “El Mencho” ocurre en ese contexto: una narrativa nacional de reposicionamiento del Estado frente a organizaciones criminales.
El fondo político también importa.
Durante años, el discurso público debatió si la estrategia debía ser confrontación directa o contención social. Hoy la señal es distinta: inteligencia, coordinación y operaciones quirúrgicas.
Fin de la historia de “El Mencho”.
Pero no fin del reto.
La pregunta no es si el Estado puede capturar a un líder criminal. Quedó demostrado que sí puede. La pregunta es si puede sostener el control territorial, reconstruir tejido social y evitar que la violencia se reconfigure bajo nuevos liderazgos.
La captura cierra un capítulo. No el libro completo.
Las reacciones violentas posteriores —bloqueos, agresiones, intentos de escape— muestran que las estructuras siguen vivas. La diferencia ahora es que el símbolo máximo cayó.
En política de seguridad, los símbolos importan.
Porque durante años su nombre fue sinónimo de impunidad. Hoy es sinónimo de detención.
La historia de un capo termina. La responsabilidad del Estado apenas entra en su fase más compleja: consolidar la paz que se prometió.
Y eso, más que una operación, requiere permanencia.
