Sr. Smith/Ultimátum
Hay quienes creen que el poder cambia a las personas.
No es cierto.
El poder no cambia a nadie.
El poder revela.
Los cargos públicos son como un espejo incómodo: cuando alguien llega a ellos, deja de esconder lo que realmente es. Algunos se vuelven más generosos, más prudentes, más responsables. Otros, en cambio, se olvidan de dónde vienen, de quiénes los impulsaron y de los equipos que los hicieron posibles.
Eso parece haber ocurrido con Karla Burguete Torrestiana.
Durante años fue la sombra política de Carlos Morales. A donde él iba, ella estaba. Su carrera no se entiende sin ese acompañamiento. Morales la impulsó, la respaldó, la integró a su proyecto político y, en un momento clave, la convirtió en presidenta municipal interina de Tuxtla cuando él buscaba su reelección y posteriormente aspiraba a convertirse en una de las corcholatas de Morena rumbo a la gubernatura de Chiapas.
No fue un gesto menor.
En política, entregar el mando aunque sea de manera interina es una señal de confianza. Significa abrir la puerta del poder y permitir que alguien más se siente en la silla. Pero a veces esa silla tiene efectos secundarios.
El poder nubla.
Dicen quienes estuvieron cerca de aquel proceso que algo cambió en Karla cuando llegó a la presidencia municipal interina. La cercanía con el poder, la atención pública y la sensación de mando comenzaron a transformar su actitud. Poco a poco dejó de verse como parte de un equipo y empezó a comportarse como si el proyecto fuera únicamente suyo.
Y ahí comenzaron las rupturas.
Porque en política las lealtades suelen durar lo que dura la conveniencia, pero hay códigos que todavía importan: la gratitud, el reconocimiento al equipo, la memoria de quién te abrió el camino.
No es de bien nacidos no ser agradecidos.
Karla no solo tomó distancia del grupo que la impulsó. Según cuentan quienes conocieron esa etapa, terminó confrontando al mismo equipo que la llevó hasta ahí. Se rompieron relaciones, se enfriaron amistades y se diluyó una cercanía que durante años parecía sólida.
El poder suele tener ese efecto: hace creer que el momento es eterno.
Pero en política nada es permanente.
Hoy Karla Burguete aparece públicamente en otra fotografía política. Ya posó con uno de los proyectos que buscan competir por la alcaldía de Tuxtla rumbo al 2027. Cambió de bando, cambió de narrativa y cambió de compañía.
Así de rápido.
En la política mexicana estos movimientos no sorprenden. Las alianzas se reacomodan, los proyectos se reciclan y las lealtades suelen ser tan frágiles como los calendarios electorales.
Lo que sí sorprende es la velocidad con la que algunos olvidan su propia historia.
Porque hace no tanto tiempo Karla caminaba colonias, buscaba votos y pedía confianza en nombre del proyecto que hoy parece haber dejado atrás. Aplaudía, vitoreaba y defendía una causa que ahora ya no menciona.
La política tiene memoria corta, pero no inexistente.
Al final, el poder no transforma a nadie.
Solo permite ver con claridad quién era cada quien desde el principio.
Y cuando el poder se va —porque siempre se va— lo único que queda es la reputación.
La amistad puede terminar.
La lealtad puede romperse.
Pero el recuerdo de cómo actuaste cuando tuviste poder… ese sí se queda.
