Sr. Smith/Ultimátum
Durante mucho tiempo, en Chiapas se instaló una sensación peligrosa: la de que los mañosos podían más. Más que la ley, más que la autoridad y, a veces, más que el miedo de la gente a denunciar. Por eso, cuando comienzan a verse detenciones, cateos, aprehensiones y operativos en distintas regiones del estado, el mensaje no pasa desapercibido: les están dando con todo a los mañosos.
No se trata solo de un discurso de mano firme. Se trata de acciones visibles, constantes y distribuidas en varios frentes. Ahí está el operativo en Motozintla, donde 19 personas fueron detenidas por ecocidio y asociación delictuosa tras invadir el cauce del río Xelajú. No es un detalle menor. Durante años, muchos grupos aprendieron a disfrazar de lucha social lo que en el fondo eran actos ilegales, presión organizada o simple abuso del espacio público. Y cuando la Fiscalía documenta, investiga, perita y actúa con más de 500 elementos, lo que está diciendo es que también ahí se acabó la fiesta.
El dato es relevante porque rompe una vieja costumbre chiapaneca: la de dejar crecer los problemas hasta que se vuelven ingobernables. Si además hay ocho líderes identificados y con orden de aprehensión en curso, entonces la señal es todavía más clara: ya no se trata de contener el escándalo, sino de desmontar estructuras.
Lo mismo ocurre con los delitos que más lastiman el tejido social. El caso de Ángel Albino Corzo, donde fueron asesinados una adolescente y un niño, sacudió por su crueldad. La detención del presunto responsable, tío de las víctimas, envía otro mensaje: que la Fiscalía está obligada a responder con rapidez cuando la violencia toca a niñas, niños y adolescentes. Ahí no puede haber titubeos ni discursos vacíos. Y lo mismo con la pederastia agravada en Soyaló o el feminicidio en Jiquipilas: no basta con lamentar; hay que detener, integrar carpetas y llevar a los responsables ante un juez.
El fiscal Jorge Luis Llaven Abarca ha insistido en esa narrativa: mano firme, cero impunidad, contundencia. La frase puede sonar repetida, pero empieza a tener peso cuando se acompaña de operativos como el Hostigamiento, que en solo 72 horas dejó 46 detenidos en municipios clave como Tapachula, Huixtla, San Cristóbal, Villaflores, Ixhuatán, Ocozocoautla y Tonalá. Ahí ya no hablamos de una acción aislada, sino de una estrategia de presión territorial.
Y cuando en un rancho de Cintalapa aparecen AK-47, granadas de fragmentación, cargadores calibre .50, radios y equipo táctico, la dimensión cambia. No es delincuencia improvisada. Es capacidad de fuego. Es organización. Es intención de disputar terreno. Y frente a eso, el Estado no puede responder con comunicados bonitos.
Otro ángulo importante es el de las detenciones de personas originarias de Guadalajara, Aguascalientes, Zacatecas y Michoacán, señaladas de llegar a Chiapas para delinquir y decir pertenecer al CJNG. Eso confirma algo que ya se intuía: el estado no solo enfrenta violencia local, sino intentos de penetración de estructuras criminales de otras regiones. Y si esas células están siendo detectadas y desarticuladas, entonces algo se está moviendo en serio.
Ahora bien, tampoco conviene caer en triunfalismos. Un descenso del 21 por ciento en carpetas en Tuxtla o reducciones en ciertos delitos de alto impacto son datos alentadores, sí, pero no definitivos. Más aún cuando la violencia familiar sube y sigue golpeando dentro de los hogares. La seguridad no puede medirse solo por armas decomisadas o por operativos espectaculares; también se mide por la capacidad de proteger a quienes viven la violencia en silencio.
Aun así, sería mezquino no decir lo evidente: hay una ofensiva en marcha. Y en un estado que venía de años de permisividad, simulación y miedo, eso ya es noticia. La autoridad parece haber entendido que la paz no se decreta; se construye con presencia, investigación, inteligencia y consecuencias.
La gente lo percibe. Quizá por eso empieza a cambiar el ánimo social. No porque Chiapas ya esté del otro lado, sino porque por primera vez en mucho tiempo los malos no parecen tan cómodos. Se les nota inquietos. Se mueven. Se esconden. Caen.
Y cuando eso pasa, hay que decirlo con todas sus letras: en Chiapas, al menos por ahora, les están dando con todo a los mañosos.
