FILIPICAS/PACO RAMÍREZ/ULTIMÁTUM
Hay políticos que, al abandonar los cargos, se difuminan en el olvido junto con sus discursos. Y hay otros que, incluso desde las alturas del poder, conservan algo que ningún nombramiento otorga ni ningún decreto puede arrebatar: la capacidad de escribir con honestidad sobre el lugar que aman. Juan Carlos Gómez Aranda es de los pocos.
Su texto publicado recientemente en Ultimátum —ese recorrido lírico y documentado por las entrañas de Chiapas— no es el trabajo de un burócrata cumpliendo con una columna de opinión. Es la voz de alguien que conoce cada cañada y cada cifra, que ha visto la pobreza de los municipios más olvidados y también la majestuosidad de la Selva Lacandona, y que elige usar ese conocimiento no para impresionar, sino para recordarnos a todos por qué vale la pena seguir luchando por este estado.
Un comiteco en los escenarios más exigentes de la política nacional
La trayectoria de Juan Carlos Gómez Aranda es, en sí misma, una lección sobre cómo se construye una carrera política con vocación de servicio. Oriundo de Comitán —la ciudad que proclamó antes que nadie la independencia de Centroamérica respecto de España—, su vida pública arrancó desde los espacios más próximos al ejercicio del poder: fue secretario particular del gobernador Jorge de la Vega Domínguez, figura mayor de la política nacional, quien lo forjó en la cultura del trabajo discreto, riguroso y leal que distingue a los servidores públicos de largo aliento.
De ahí pasó a la Oficialía Mayor del gobierno estatal, y luego conquistó una diputación federal por su distrito natal, ganada con trabajo de campo y cercanía ciudadana. Pero sería en la Cámara de Diputados donde le esperaba uno de los momentos más difíciles y trascendentes de la historia reciente de Chiapas y del país: fue miembro fundador de la Comisión de Concordia y Pacificación —la COCOPA—, aquel puente legislativo que durante los años más tensos del conflicto zapatista intentó traducir la confrontación armada en diálogo político.
Sentarse frente al EZLN en San Andrés Larráinzar, con el peso de la historia sobre los hombros, exige más que temple político: exige escuchar con genuina humildad las demandas de quienes han sido históricamente invisibles. Gómez Aranda estuvo ahí. Y esa experiencia —la de haber mirado de frente a la injusticia estructural sin parpadear— marcó su visión del Chiapas posible.
De la Secretaría General de Gobierno a la Coordinación de Asesores
Con los años, Gómez Aranda acumuló responsabilidades que abarcan casi todos los vértices del gobierno chiapaneco: la Secretaría de Planeación, Gestión Pública y Programa de Gobierno; la Secretaría General de Gobierno bajo Manuel Velasco —el cargo político por excelencia, el que exige leer la temperatura de la calle y de las élites al mismo tiempo—; y actualmente la Coordinación de Asesores del Gobernador y de Proyectos Estratégicos en el gobierno de Eduardo Ramírez Aguilar, donde su experiencia acumulada en décadas de servicio se convierte en brújula para la conducción del estado.
No es un recorrido lineal ni exento de complejidades. La política chiapaneca rara vez lo es. Pero en cada estación de ese trayecto aparece la misma constante: un hombre que prefiere el diálogo a la confrontación, que apuesta por la serenidad como herramienta de gobierno, y que entiende que el poder que no construye paz y bienestar es poder desperdiciado.
La pluma como extensión del compromiso
Lo que hace singular a Juan Carlos Gómez Aranda dentro del paisaje político chiapaneco —y esto no es un elogio menor— es que escribe. No delega la palabra en un equipo de comunicación, no firma textos que otros redactan. Escribe él. Y lo hace con una sencillez que desnuda la profundidad de quien verdaderamente conoce su tema.
En Ultimátum y otros medios nacionales. su columna ha sido un espacio de reflexión genuina sobre Chiapas: sus recursos, su historia, sus contradicciones y sus posibilidades. El artículo que hoy nos convoca —ese retrato del estado como «fulgurante archipiélago de pueblos»— no es un texto de ocasión. Es la destilación de décadas de amor comprometido con una tierra que, como él mismo escribe, produce el 41% del café nacional, alberga el 25% de la diversidad biológica del país y, sin embargo, sigue esperando que su riqueza se traduzca en justicia para sus habitantes.
Esa tensión —entre lo que Chiapas es y lo que aún no ha podido ser para los suyos— es el hilo conductor de la mejor escritura política. Y Gómez Aranda la sostiene con dignidad, sin caer en el triunfalismo fácil ni en la desesperanza paralizante.
El servidor público que no olvida para qué sirve el poder
En una época en que el cinismo político tiende a presentarse como sofisticación, y en que el ejercicio del cargo a menudo se confunde con el fin en sí mismo, figuras como Juan Carlos Gómez Aranda recuerdan que la política puede ser también una forma de amor por lo público. Él lleva décadas sirviéndola así: desde la secretaría particular de un gobernador hasta las mesas de diálogo donde se negociaba la paz, desde el Congreso federal hasta los despachos del ejecutivo estatal.
Y entre todas esas responsabilidades, ha encontrado siempre tiempo para sentarse frente a una hoja en blanco y decir, con sus propias palabras, lo que piensa de Chiapas. Eso, en el México de hoy, no es un detalle. Es un acto de integridad.
Que siga escribiendo. Chiapas necesita voces que conozcan sus entrañas y tengan el valor de hablar de ellas con verdad.
