COLABORACIÓN INVITADA/Sr. Smith/Ultimátum
Palenque presume su magia.
La vende.
La presume en postales, en folletos, en discursos.
Pero hay cosas que no caben en la promoción turística.
Hay cosas que no se pueden esconder detrás de la selva, ni de las zonas arqueológicas, ni de la narrativa de orgullo.
Hay cosas que, simplemente, huelen a realidad.
Y esa realidad se llama feminicidio.
La muerte de Reyna Susana no es un hecho aislado. Nunca lo es. Cada nombre que se suma a la lista es parte de una historia más grande, más dolorosa, más incómoda: la de un estado que sigue fallando en proteger a sus mujeres.
Y lo más preocupante no es solo la violencia.
Es la reacción.
O mejor dicho, la falta de ella.
Porque mientras seis elementos de seguridad pueden aparecer en minutos para vigilar una protesta, una llamada de auxilio puede tardar horas en ser atendida.
Horas.
Las suficientes para que una vida se apague.
Y después vienen las palabras.
“Riña”.
“Conflicto”.
“Situación”.
Siempre hay una forma de suavizar lo que no debería suavizarse.
Siempre hay una manera de evitar nombrarlo como es.
Pero cuando una mujer muere en un contexto de violencia, no es un mal entendido.
Es feminicidio.
Y nombrarlo correctamente no es un capricho ideológico, es el primer paso para entender la gravedad del problema.
Lo que ocurrió en Palenque no solo expone la violencia, sino la negligencia.
La distancia entre el discurso institucional y la realidad cotidiana.
La facilidad con la que se reacciona ante lo visible… y la lentitud con la que se atiende lo urgente.
Pero hay algo aún más inquietante.
La normalización.
Ese hombre que se acerca a una protesta para decir que “todos los hombres odian a las mujeres”.
Ese ciudadano que se preocupa más por un partido de fútbol que por una manifestación contra la violencia.
Ese silencio social que, poco a poco, se vuelve cómplice.
Porque el problema no es solo de las autoridades.
Es de todos.
De una sociedad que ha aprendido a convivir con la violencia como si fuera parte del paisaje.
De una cultura que aún cuestiona más a la víctima que al agresor.
De un entorno donde denunciar sigue siendo un acto de valentía… y no una garantía de justicia.
Las activistas lo dijeron con una frase que debería doler más de lo que duele:
“Lo mágico de Palenque se pierde cuando hay feminicidios”.
Y tienen razón.
Porque no hay magia que resista la indiferencia.
No hay turismo que oculte la violencia.
No hay narrativa que maquille la impunidad.
La exigencia de justicia no es un exceso.
Es lo mínimo.
Que se investigue con perspectiva de género.
Que se respeten las lenguas, los contextos, las condiciones.
Que no haya privilegios para los agresores.
Que no haya omisiones disfrazadas de burocracia.
Pero sobre todo, que haya conciencia.
Porque mientras el feminicidio siga siendo visto como un tema más en la agenda…
seguirá siendo el cuento de nunca acabar.
Y ese es el verdadero problema.
No que no sepamos lo que está pasando.
Sino que, en el fondo…
ya nos estamos acostumbrando.
