TAROT POLÍTICOAMET SAMAYOA ARCE/ ULTIMÁTUM
Sin el ánimo de salir a defender -porque no es nuestro propósito- al gabinete de seguridad del gobierno de Eduardo Ramírez Aguilar, sí es necesario poner sobre la mesa algo que en Tuxtla se está distorsionando peligrosamente: la diferencia entre los hechos y la percepción. Y es que en política, como en la calle, lo que parece muchas veces pesa más que lo que es. En días recientes, la capital chiapaneca volvió a colocarse en la conversación pública por una serie de desapariciones que, en automático, activaron la alarma colectiva. Se habló de inseguridad desbordada, de crimen organizado, de un supuesto deterioro acelerado. Pero, cuando se rasca tantito – como debe hacerse siempre- la historia resulta otra.
Ahí están los casos
Seis mujeres reportadas como desaparecidas, horas después, fueron localizadas. ¿La razón? Decisiones personales. Nada que ver con estructuras criminales, nada que ver con redes de trata como se llegó a insinuar. Un joven trabajador de plataformas digitales, presuntamente fue “levantado”. Otra vez, el eco mediático hizo lo suyo. Pero la realidad apunta, hasta ahora, a un asunto personal, también ajeno a los tentáculos del crimen organizado que algunos ya daban por hecho. Y el caso más reciente: una joven egresada de química de la UNACH. Desaparece y la narrativa se dispara incluso con movilizaciones y bloqueos de protesta en la capital chiapaneca. Sin embargo, los datos iniciales indican que llegó y salió en el vehículo de su novio, en un contexto que aún debe esclarecerse, pero que no necesariamente encaja en el molde del delito de alto impacto que muchos ya colocaban en titulares y redes.
Cada caso cuenta y duele
Aquí es donde viene la pregunta incómoda ¿qué tanto estamos informando y qué tanto estamos amplificando el miedo? Porque mientras la autoridad investiga -y hay que decirlo, tiene la obligación de hacerlo con seriedad y resultados- la percepción de violencia crece como bola de nieve. Y esa percepción, aunque no siempre corresponda a la realidad, termina golpeando igual o peor. No se trata de minimizar, porque sería irresponsable. Cada desaparición es grave, cada caso duele y cada persona cuenta. Pero tampoco se vale construir una narrativa de caos sin sustento sólido. Eso también es una forma de irresponsabilidad. Chiapas, hay que decirlo sin titubeos, vive otro momento, la pesadilla ya quedó atrás. Sin embargo, los hechos aislados van a seguir ocurriendo. Aquí, en Yucatán, en la Ciudad de México o en cualquier parte del mundo. La diferencia está en cómo se procesan, cómo se comunican y, sobre todo, cómo se resuelven. Porque al final del día, el problema no es solo la inseguridad real, sino el manejo de la percepción. Y ahí, tanto autoridades como medios y sociedad tenemos responsabilidad. La autoridad, por su parte, tiene un reto claro, no basta con investigar, hay que informar con oportunidad y claridad. El silencio institucional solo alimenta rumores. Y del otro lado, también hay que decirlo, hay quienes no desaprovechan cualquier hecho para montar su propia narrativa de crisis.
De Tarot y Adivinanza
La pregunta queda en el aire ¿estamos frente a un problema de seguridad… o frente a un problema de credibilidad?… Servidos.
