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Cuando las reglas del juego cambian otra vez

6 de abril de 2026
in Opiniones
Cuando las reglas del juego cambian otra vez
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COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM

A principios de siglo, en unas bodegas de McAllen, muchos empresarios mexicanos tomaron una decisión: apostar todo al comercio con Estados Unidos. Durante años funcionó.

Hoy el mundo vuelve a cambiar las reglas.

Había algo revelador en aquellas bodegas de la frontera con Reynosa a principios de siglo. Galpones amplios, techados con lámina, donde el olor a cilantro fresco y a tierra húmeda de Chiapas competía con el aire acondicionado industrial. Los exportadores medianos —los que habían sobrevivido el 94 con las uñas— llegaban con sus cuentas en orden, sus contratos en inglés y una convicción que la crisis anterior había templado como el acero: México había entendido la lección. Disciplina fiscal. Apertura comercial. Credibilidad ante los mercados. Esos tres pilares no eran solo política económica; eran el nuevo catecismo de una clase empresarial que había visto desaparecer fortunas en una sola semana de diciembre.

En esas bodegas se tomaban decisiones que reflejaban una lectura clara del mundo: el mercado americano era la oportunidad de una generación, el TLCAN era el seguro de vida, y México —finalmente— estaba del lado correcto de la historia económica global. No era ingenuidad. Era una apuesta racional, construida sobre los escombros de una crisis que había enseñado, de manera brutal, el precio de la irresponsabilidad macroeconómica.

Veinticinco años después, las reglas del juego vuelven a moverse.

Y lo hacen con una particularidad que debería incomodar a cualquier analista serio: se mueven en varias direcciones al mismo tiempo.

Hace pocas semanas, Banamex publicó un reporte que difícilmente pasará a la historia como un documento optimista. Su advertencia es técnica en la forma, pero estratégica en el fondo: si las tendencias actuales de gasto público y financiamiento se mantienen, la deuda pública mexicana podría aproximarse al 60% del PIB en un horizonte no tan lejano.

Para quienes seguimos los ciclos económicos de este país desde adentro, el número por sí mismo no es apocalíptico. Hay economías desarrolladas que operan con índices considerablemente más altos. El problema no es el número: es el contexto en el que ese número aparece.

Al mismo tiempo, el andamiaje comercial que aquellos exportadores de McAllen daban por sentado enfrenta su propio momento de incertidumbre.

El T-MEC —ese tratado que fue presentado como la modernización del TLCAN y la garantía de continuidad del modelo de integración norteamericana— navega hacia su revisión programada para este año en un ambiente que dista de ser favorable. Las presiones industriales en Estados Unidos, donde el discurso proteccionista ya no distingue entre partidos, generan un ruido de fondo que los inversionistas escuchan aunque los diplomáticos prefieran ignorarlo.

El riesgo de tensiones arancelarias ya no es una hipótesis académica; es una variable que los consejos de administración de las empresas con exposición binacional comienzan a incorporar en sus modelos.

Tomadas por separado, cada una de estas tensiones sería manejable. México ha navegado presiones fiscales antes. Ha sobrevivido rondas de renegociación comercial. Lo que hace distinto el momento actual es la simultaneidad: mayor dependencia del financiamiento público en un entorno donde el costo global del dinero ha vuelto a subir, y mayor vulnerabilidad comercial en un mundo donde el comercio dejó de ser solo economía para convertirse en geopolítica.

Ese es el núcleo del problema. No el tamaño de la deuda, sino el entorno en que esa deuda debe financiarse.

Cuando las tasas de interés globales eran extraordinariamente bajas, un gobierno podía acumular pasivos con una lógica que tenía cierta coherencia interna. Hoy, el dinero tiene precio real nuevamente. Los mercados de deuda soberana son más exigentes, más volátiles y más sensibles a cualquier señal de fragilidad institucional.

En ese contexto, llegar al mercado con una trayectoria fiscal deteriorada no es solo un problema de costo financiero. Es un problema de credibilidad.

Y la credibilidad, como México aprendió en los noventa, tarda décadas en construirse y puede evaporarse en cuestión de semanas.

La lectura geopolítica agrega otra capa de complejidad.

Vivimos en una etapa histórica donde la estabilidad económica global ha dejado de ser el punto de partida del análisis para convertirse, ella misma, en una variable en disputa —lo mencioné en mi último análisis. Las crisis ya no se resuelven y desaparecen; se superponen. La pandemia no terminó antes de que comenzara la guerra en Ucrania. La guerra no terminó antes de que se reordenaran las cadenas de suministro globales. El reordenamiento no terminó antes de que el conflicto en Medio Oriente volviera a tensar los mercados energéticos.

Y sobre todo eso, las grandes potencias han decidido usar el comercio internacional no como un mecanismo de cooperación, sino como un instrumento de presión estratégica.

En ese tablero, México ocupa una posición que es simultáneamente privilegiada y vulnerable.

Privilegiada porque la relocalización de cadenas productivas —el llamado nearshoring— le ofrece una oportunidad real de expandir su base industrial.

Vulnerable porque esa oportunidad depende, en buena medida, de mantener la confianza de un socio comercial que ha convertido la revisión de sus acuerdos económicos en una práctica política habitual, independientemente del partido en el poder.

La economía mexicana se encuentra nuevamente en un momento de redefinición estratégica. No idéntico al de principios de siglo —las circunstancias son distintas, los instrumentos son distintos, los actores son distintos— pero análogo en lo esencial: un momento en que las decisiones que se tomen en los próximos dos o tres años tendrán consecuencias que se extenderán por una generación.

La pregunta que deberían hacerse los CEOs, los funcionarios, los inversionistas y los líderes empresariales que lean este análisis no es únicamente si México puede sostener una deuda cercana al 60% del PIB.

Países con instituciones sólidas, mercados profundos y narrativas de crecimiento creíbles han sostenido más que eso.

La pregunta real es otra, y es más incómoda: si México está preparado para navegar un mundo donde las reglas económicas, comerciales y financieras vuelven a moverse al mismo tiempo.

Los exportadores de aquellas bodegas de McAllen apostaron por un mundo ordenado y lo hicieron bien.

El mundo que viene exige algo distinto: la capacidad de navegar el desorden sin olvidar hacia dónde va.

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