Sr. Smith/Ultimátum
En política hay algo inevitable: el pasado siempre regresa. Y cuando regresa… no llega en silencio. Llega con datos, con declaraciones… y con memoria.
La crisis de agua en Tuxtla Gutiérrez abrió la llave, pero no precisamente del servicio. Abrió la confrontación. Porque lo que empezó como un problema técnico terminó convertido en un cruce de responsabilidades.
Y ahí apareció el pasado.
El exalcalde, Carlos Morales Vázquez, salió a responder. No con evasivas, sino con una narrativa clara: el sistema ya arrastraba rezagos, sí… pero también había operación, mantenimiento y resultados.
Del otro lado, la administración actual, encabezada por Ángel Torres, ha puesto sobre la mesa fallas estructurales, desgaste del sistema y la herencia de un modelo que, según su lectura, ya venía agotado.
¿Quién tiene la razón?
Probablemente ambos… y ninguno completamente.
Porque el problema del agua en Tuxtla no nació ayer. Tampoco hace un año. Es un sistema que, como bien se reconoce, fue diseñado para una ciudad que ya no existe. Hoy la capital creció, se expandió, se saturó… y el sistema quedó corto.
Pero hay algo que sí cambia con cada administración: la forma de enfrentar la crisis.
Morales acusa falta de mantenimiento y supervisión.
Torres señala un sistema rebasado y con vida útil vencida.
Mientras tanto, la ciudad cumple semanas —en algunos casos hasta un mes— sin agua en colonias enteras.
Y ahí es donde la discusión deja de ser política… y se vuelve cotidiana.
Porque el ciudadano no quiere saber quién tiene la culpa.
Quiere agua.
Quiere soluciones.
Quiere resultados.
Pero en lugar de eso, lo que empieza a asomarse es otra cosa: el 2027.
Porque cuando las declaraciones suben de tono, cuando aparecen las comparaciones, cuando se habla de “no permitir que nos usen de escalera”… el mensaje es claro.
Esto ya no es solo gestión.
Es posicionamiento.
Es narrativa.
Es terreno electoral.
Y en ese escenario, el pasado deja de ser historia… para convertirse en herramienta.
Cada dato, cada cifra, cada obra, cada omisión… se convierte en argumento.
Porque en política, nadie quiere cargar con el costo.
Pero todos quieren capitalizar el resultado.
El problema es que mientras unos se defienden y otros señalan, la ciudad sigue esperando.
Y el riesgo es claro: que el debate se quede en quién lo hizo peor… en lugar de quién lo va a resolver mejor.
Porque al final, la política tiene una regla simple: puedes culpar al pasado… pero gobiernas en el presente.
Y cuando el presente falla, el pasado deja de ser excusa… y se convierte en espejo.
Uno incómodo.
Uno inevitable.
Uno que, como dicen en la calle, siempre te termina alcanzando.
