Lo que viene después de marcharse
Gregorio Camacho/Ultimátum
¿Cómo amaneceré al día siguiente de divorciarme?
¿Cómo serán mis días soltero, después de tantos años de pareja?
¿Qué haré cuando vea a mi ex pareja con su nueva relación?
Podría elaborar una lista infinita de suposiciones en forma de pregunta, que más que cuestionar responden desde la agonía, la incertidumbre y la frustración.
Para el ser humano parece que lo venidero representa, o todos los deseos en expectativas o todo el terror por lo que pueda resultar mal. Cada uno establece el inicio mental y coloca una serie de escenarios que le aterran que disfruta al volar su imaginación. Dentro de la gama de sueños que establecemos a partir de las demandas sociales, aparece la de vivir en pareja y conjugar una relación que se alimenta de, entre muchos procesos, el deseo de permanecer, de envejecer o explotar de amor.
Cuando estos sueños se truncan ante la bifurcación de los conflictos maritales, y no existen soluciones próximas, nos enfrentamos a la idea de marcharnos, la cual representa muchas veces el renunciar a toda la montaña de idealización que establecimos con relación a nuestro compañero de vida.
Si a esto agregamos la culpa por la responsabilidad de la ruptura, el camino se hace denso, agotante y con posibilidades de extravío. ¿Quién desea irse cuando luchó tanto por construir un hogar? pero hay procesos en la vida que van más allá de lo que se desea y sueña. La realidad entra por la ventana y el amor sale por la puerta, una realidad que puede ser atada por la resistencia de la pareja a identificar lo que les detiene a separarse, el miedo, el sistema de creencias, lo que viene después.
No existen remedios especiales para aliviar el sufrimiento, y el conflicto se compone de la tendencia a evitar sentir, en muchos casos, queremos evadir lo que viene después de la ruptura. Después de todo, nadie quiere pasar sus días sumergido en la melancolía, porque a pesar de estar romantizada, la tristeza amarga, amaga y acaba con quien la experimenta.
El temor que podamos sentir por lo que viene es tan real y puede ocurrir justo lo que pensamos, y es donde podemos detenernos a identificar lo que es mejor, si permanecer evadiendo o sufrir, pero enfrentando la realidad.
Todas las expectativas continuarán teniendo efecto los días posteriores a separarse, incluso se agudizan algunos pensamientos y deseos, la mente está libre para captar cada una de las ideas que puedan aparecer después del adiós.
No tiene caso engancharse al rencor para tratar de olvidar desde el enojo, más temprano que tarde, esas emociones también transitan y nos enfocamos en lo que se esconde detrás de nuestra expresión.
La ruptura, como cualquier duelo puede ocurrir por sorpresa, de manera tan repentina que la rutina cambia en un instante, incluso aunque “lo veíamos venir” no será menos doloroso, muy pocas veces estaremos preparados para soltar.
A pesar de lo sorprendente que pueda ser, la realidad estará frente a nosotros y es importante que tomemos las riendas de lo evidente.
Lo que viene después de marcharse puede ser un álbum mental de recuerdos, autocuestionamientos de lo que se debía hacer mejor, culpabilidad, impulsividad, ganas de usar el móvil y acercarse, buscar, asegurarse de la postura o estabilidad del otro, en el caso de los que tienen hijos, intentar verlos sin tener ánimo de contactar al padre o madre, según sea el caso.
Lo que viene después de marcharse no es agradable pero puede traer todo el crecimiento que durante la relación se mantuvo inmóvil, para algunos es una especie de renacimiento, que les permite volver a establecer sus conexiones familiares, vocaciones, amistades abandonadas, labores o rutinas que a causa del otro, dejó.
Lo que viene después podría convertirse en una oportunidad para percibir las cosas de manera más estable, lejos del rencor, apegado a la serenidad, para entender que no se trata de culpas, se trata de identificar responsabilidad y tratar de crecer a partir de ello.
Hay crecimientos que aparecen justo después de irse, no porque el otro lo provocara, sino porque las relaciones muertas pesan y provocan una especie de amargura, sobre todo cuando se intentó durante años, revivir algo que hacía mucho dejó de existir.
gregoriocamachomorales@gmail.com

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