Las estrategias para debilitar a la prensa no siempre son directas, y quizá por eso son aún más peligrosas.
REALIDAD A SORBOS/Eric Ordóñez
Las redes sociales han cambiado la forma en que nos informamos. Son ágoras digitales donde la conversación pública se construye, se confronta y, en ocasiones, se sofoca. No hay duda de su impacto. Pero también, paradójicamente, se han convertido en el campo de batalla donde la censura se disfraza de accidente, el silenciamiento de error técnico y el hostigamiento de coincidencia.
Porque en tiempos donde la verdad incomoda, no basta con desmentir al periodista, es necesario deshabilitar su voz. Un mensaje que no se publica, una cuenta que deja de estar disponible, un intento de acceso no autorizado. Pequeños indicios que, por sí solos, podrían parecer incidentes aislados, pero que en conjunto generan una sensación que va más allá de la sospecha. ¿Casualidad? ¿Error del sistema? ¿O una mano invisible que decide quién puede y quién no puede ser escuchado?
Las estrategias para debilitar a la prensa no siempre son directas, y quizá por eso son aún más peligrosas. Antes, bastaba con un telefonazo para frenar una publicación. Hoy, la censura se diluye en un sinfín de mecanismos que, lejos de prohibir abiertamente, logran el mismo efecto por vías más sutiles. La invisibilización de ciertas narrativas, la reducción del alcance, la persecución digital y el escarnio público forman parte de esta nueva guerra silenciosa.
Si el periodismo alguna vez fue el cuarto poder, hoy parece estar en jaque ante un sistema que ha aprendido a manipular las reglas del juego. La pregunta es si nos quedaremos inmóviles mientras esto sucede.
LOS NUEVOS MECANISMOS DE CENSURA
El discurso oficial desde las épocas de Andrés Manuel López Obrador repite con insistencia que en este país no hay represión. Que aquí cualquiera puede decir lo que piensa, que la libertad de expresión está garantizada. Y sin embargo, nunca antes habíamos sentido con tanta fuerza el peso de la autocensura, la presión del señalamiento y el riesgo de ser silenciados.
Nunca antes un presidente había hecho de la descalificación un ejercicio cotidiano. Desde el inicio del sexenio de López Obrador, la prensa ha sido un blanco recurrente de ataques. No importa si el medio es grande o pequeño, si la crítica es fundada o superficial. Para el poder, el problema no es la calidad del periodismo, sino su existencia misma cuando no está alineado a sus intereses.
El llamado “Quién es quién en las mentiras” fue el pináculo de esta estrategia. Más que un ejercicio de transparencia, se convirtió en un espacio de linchamiento desde la tribuna presidencial, un mecanismo de desgaste donde cualquier periodista incómodo podía ser exhibido ante el país entero, con nombre, apellido y una sentencia pública: no es confiable.
Y si desde la máxima autoridad del país se envía un mensaje de descalificación contra la prensa, el resto de la estructura lo replica. Los ataques no se quedan en las mañaneras. Se trasladan a redes sociales, a campañas de desprestigio orquestadas, a la siembra de dudas que erosionan la credibilidad de los comunicadores. Porque si la gente deja de confiar en el periodismo, ¿quién cuestionará el discurso oficial?
Los ataques a la prensa ya no necesitan balas cuando basta con cortar el acceso a la audiencia. La censura del siglo XXI no se ordena con un decreto, se ejecuta con un algoritmo. Y lo más perverso es que el mensaje siempre se acompaña de una coartada perfecta: fue un error, un problema técnico, una desafortunada coincidencia.
Pero los periodistas aprendemos a leer entre líneas. A reconocer los patrones. A entender que la casualidad no es tan casual cuando se repite con insistencia, cuando el blanco siempre es el mismo, cuando la presión siempre apunta hacia quienes hacen preguntas incómodas.
¿QUIÉN TEME A LA VERDAD?
Un gobierno que se dice democrático no necesita desmentir periodistas en público, necesita debatir con ellos. No necesita etiquetar a los medios como enemigos, sino demostrar con hechos lo que dice en palabras. Pero en estos tiempos, la prensa ya no es vista como un contrapeso legítimo, sino como un obstáculo a vencer.
México es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo, y Chiapas no es la excepción. Aquí, donde la violencia avanza mientras el gobierno la niega, ejercer la labor periodística es cada vez más difícil. Las preguntas incómodas no solo generan rechazo, sino consecuencias. Y no es coincidencia.
Mis estudiantes, los futuros comunicadores o comunicólgos, me lo preguntan seguido: ¿cómo seguir ejerciendo con dignidad en un contexto donde la libertad de expresión se asfixia poco a poco? Y yo les respondo con la única verdad que conozco: ejerciendo. Con ética, con rigor, con valentía. Sabiendo que el periodismo es más que un oficio, es una responsabilidad social.
El poder teme la información porque sabe que la verdad es una herramienta poderosa. Sabe que cuando una sociedad está informada, es capaz de exigir cuentas, de exigir justicia, de exigir un mejor presente. Por eso intentan desviar la atención, sembrar desconfianza y poner en duda lo evidente.
No hay casualidades cuando el blanco siempre es el mismo. No hay fallos técnicos cuando los errores solo afectan a quienes cuestionan al poder. No hay libertad de expresión cuando se condiciona el acceso a la información.
No son épocas de casualidades. Ni de cochinas coincidencias. Es momento de recordar que el periodismo no es un favor, es un derecho. Y como todo derecho, hay que defenderlo.
Cordial saludo.


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