Docentes de secundarias técnicas siguen esperando derechos laborales prometidos desde 2017. La vocación choca con la burocracia y la simulación.
REALIDAD A SORBOS | Eric Ordóñez
En Chiapas, el Día del Maestro no llega con flores ni aplausos. Llega con horas recortadas, con pagos interinos que se vuelven limosnas y con listas de espera que, en lugar de ascensos, ofrecen decepciones. No lo digo desde el resentimiento, sino desde el hartazgo de ver cómo esta profesión, que tantos llevamos como vocación profunda, se ha convertido en un campo minado de simulaciones, candados administrativos y discursos que no resisten un cruce de datos.
Hoy, mientras escribo esto, pienso en mis colegas del subsistema de secundarias técnicas y generales. En quienes desde 2017 deberían haber recibido una tercera hora lectiva por grupo como parte de su base laboral, y aún no la tienen. O peor: la tienen, pero como interinato, como favor condicional, como apuesta incierta en la ruleta de un sistema que nos pide ser eternos concursantes por lo que ya nos corresponde por derecho.
UNA REFORMA SIN FINANCIAMIENTO ES PURO MAQUILLAJE
Los maestros de artes en Chiapas trabajan con dos horas frente a grupo, cuando la ley les reconoce tres. La tercera hora, ganada con la reforma educativa, sigue “en validación financiera”, según repiten los funcionarios, como si ocho años de espera fueran poca cosa. O como si los docentes pudieran vivir del entusiasmo.
Y no es un caso aislado. A muchos los obligan a entrar al “proceso de horas adicionales”, una especie de juego burocrático que les exige concursar por incrementos mínimos que se reparten como caridad. La última convocatoria ofreció apenas 12 horas en Palenque. ¿Y los demás? A seguir esperando. O a desdoblarse en tres centros de trabajo, como lo hacen algunos, viajando entre comunidades, sirviendo a dos directores, asistiendo a reuniones múltiples, repartiendo su energía sin que nadie les pague el desgaste emocional, físico y mental.
Un maestro que conozco, por ejemplo, cubría 17 grupos con 35 estudiantes cada uno. Más de 500 alumnos, una carga que no se reduce con discursos de “excelencia educativa”. Y aunque en el papel parece que todo se regularizó, en la práctica ese incremento es una deuda moral y económica. No basta con adecuar estructuras: hay que financiarlas, sostenerlas y reconocerlas.
LA NUEVA ESCUELA MEXICANA: CABALLO AMARRADO
Con bombo y platillo, la Secretaría de Educación lanzó la Nueva Escuela Mexicana como una revolución pedagógica. Pero lo que en el norte se aterriza, en Chiapas se diluye. El plan de estudios cambió, sí. Se diversificó, dicen. En la práctica, los docentes de artes fueron despedazados en cuatro énfasis: música, teatro, danza y artes visuales. Sin fundamentos legales claros, les asignaron un enfoque a cada escuela, cerrando las posibilidades de movilidad y cambio de centro de trabajo.
Una maestra con perfil en artes visuales no puede postularse a una escuela donde el énfasis es música, aunque domine ambas disciplinas. ¿Y la transversalidad? ¿Y la vocación artística que traspasa etiquetas? En lugar de fomentar la creatividad, se institucionalizó la segmentación.
Lo paradójico es que esta misma reforma proclama dar autonomía docente. Pero como decía el sabio Andrés Aubry: “El caballo no corre porque está amarrado”. Aquí, ese caballo se llama magisterio y está atado a trámites sin sentido, a candados que ni los propios funcionarios entienden. En el proceso de cadena de cambios del año pasado, se armó tal caos que el evento duró una semana entera. Y lo peor: ninguno de los presentes —de trámite, control, USICAMM o planeación— supo cómo resolver los criterios que ellos mismos impusieron.
EL SILENCIO NO PROTEGE Y LA RABIA EDUCA
Esta es una herida abierta, una búsqueda de justicia y dignidad. Imagínate una maestra que se desvive por su alumnado, que canta, baila, actúa y pinta con ellos, pero a quien el sistema sigue reduciendo a una ficha sin nombre. Y como ella, muchas más: mujeres que han decidido organizarse, alzar la voz, nombrarse maestras negadas, silenciadas, subordinadas.
Yo también soy maestro. Aunque trabajo en otro nivel educativo, no me es ajeno ese sabor amargo que deja la indiferencia institucional. Nos duele a quienes de verdad amamos esta profesión; a quienes nos formamos, nos entregamos y buscamos ser mejores no para figurar, sino para servir. Qué ironía: en un país que presume que “el maestro deja huella”, las huellas que nos quedan son las del cansancio, la incertidumbre y la precariedad.
Decía Paulo Freire que enseñar es también un acto de militancia. Y sí: en Chiapas, enseñar se ha vuelto un acto de resistencia. Resistimos al olvido, a los pagos tardíos, a las reformas improvisadas, a los discursos que nos celebran un día y nos niegan todo el año.
NO HOMENAJES: SÍ JUSTICIA
Este texto no es una queja, es una exigencia. No es contra un gobierno en particular, sino contra la estructura que normaliza la explotación y la improvisación en nombre de la “excelencia educativa”. Es momento de hablar por quienes no tienen micrófono. Por las maestras que caminan horas entre comunidades. Por quienes enseñan sin recursos pero con alma. Por los que hacen que la educación suceda a pesar del sistema, no gracias a él.
¿De qué sirve hablar de autonomía docente si no se garantiza estabilidad laboral? ¿Cómo exigir profesionalización si se ignora lo que implica estar frente a grupo con 500 adolescentes y solo dos horas para dejar algo significativo? ¿Qué sentido tiene formar parte de una “revolución educativa” si esta excluye a los mismos de siempre?
No queremos flores este 15 de mayo. Queremos justicia. Queremos que se regularicen esas horas negadas desde 2017. Que se eliminen los candados absurdos. Que se escuche a quienes sí saben de educación porque la viven todos los días en un aula, no en una oficina.
Como escribió Audre Lorde: “Ni mi silencio me protegió, ni tu silencio te protegerá.”
Cordial saludo.


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