La democracia no siempre acierta: A Sócrates lo condenaron democráticamente. A Jesús lo crucificaron democráticamente. Legitimar no es acertar.
REALIDAD A SORBOS/Eric Ordóñez
Una de las frases más esclarecedoras que he escuchado sobre la democracia no salió de un libro de teoría política ni de un académico europeo, sino de una entrevista reciente. Mi interlocutor, un ciudadano formado y reflexivo, me dijo:
“La democracia no es la panacea, pero es lo menos malo que existe. A Sócrates lo condenaron democráticamente. A Jesús lo crucificaron democráticamente. El Brexit fue una decisión democrática. Legitimar no es acertar”.
Me quedé en silencio. De esos silencios que hacen eco.
En un país como México, y particularmente en un estado como Chiapas, donde la palabra “democracia” se ha puesto de moda como eslogan más que como ejercicio reflexivo, esa frase me taladró la conciencia. Porque en nombre del “pueblo sabio” se ha validado todo: cancelar un aeropuerto en obra negra, avalar megaproyectos con consultas a modo y ahora, en un hecho inédito, elegir por voto popular a quienes impartirán justicia.
Sí. Este domingo uno de junio elegiremos, en las urnas, a quienes juzgarán desde los tribunales. Y eso suena fuerte, casi solemne. Pero más allá de la euforia democrática, vale la pena preguntarnos: ¿sabemos realmente lo que implica?
EL PUEBLO, ESE ESCUDO
Desde hace unos años, el discurso oficial ha convertido al “pueblo” en un escudo retórico. Todo lo que se decide —desde obras hasta reformas— se “consulta” con la gente. Pero la realidad es otra: las preguntas están cargadas, los tiempos amañados y el proceso más parece una inducción que una deliberación. Se trata, en el fondo, de repartir la culpa.
Como si la participación popular fuera suficiente para justificar cualquier cosa. Como si al darle voz al pueblo, el Estado pudiera lavarse las manos. Es una narrativa cómoda: si sale bien, fue el pueblo; si sale mal, también fue el pueblo. El gobernante, entonces, solo “acompaña”.
Y mientras tanto, se desdibuja lo esencial de una democracia: no solo se trata de votar, sino de votar con información, con condiciones equitativas, con garantías reales de elección. No basta con el acto. Se necesita sustancia.
JUECES EN LA BOLETA
Lo que ocurrirá este domingo es inédito. Por primera vez, el pueblo elegirá, entre decenas de nombres, a juezas y jueces. Y aunque la idea suena bien en el papel —porque legitimar con el voto suena noble—, en la práctica nos enfrenta a un dilema: ¿cómo tomar una decisión tan delicada con tan poca información?
Los candidatos y candidatas no pueden hacer campaña como tal. No hay debates. No hay propuestas claras. Para conocerlos, hay que ingresar a una plataforma del INE que, dicho sea de paso, no todos pueden consultar. En Chiapas, donde aún hay comunidades sin electricidad y el internet sigue siendo un privilegio, ¿cómo aspirar a una democracia inclusiva con esos baches?
¿Y qué decir del diseño de las boletas? Se clasifican por colores. ¿Alguien pensó en las personas daltónicas? ¿En los adultos mayores con problemas de visión? ¿En quienes no saben leer ni escribir? ¿A eso le llamamos democracia directa?
LA LEGITIMIDAD NO BASTA
Votar no es, por sí solo, garantía de nada. La historia está llena de decisiones legítimas pero erradas. Ahí está el Brexit. Ahí está la condena a Sócrates. Ahí está la cruz sobre Jesús. La mayoría puede equivocarse. Lo democrático no siempre es lo justo.
La diferencia está en la calidad de la decisión, no solo en la cantidad de votos. Y para que una decisión sea de calidad, se requiere algo más que urnas: se requiere educación, reflexión, discusión, contexto. Se requiere democracia con conciencia.
Porque de lo contrario, terminamos convirtiendo a las elecciones en actos simbólicos, en simulacros de poder ciudadano que solo refuerzan el dominio de quienes saben mover los hilos.
VOTO SIN PEDAGOGÍA
La pedagogía democrática está ausente. Y eso es peligroso. Se ha educado al pueblo para votar, pero no para discernir. Se ha invitado a participar, pero no se le ha dotado de herramientas para hacerlo. Y así, un derecho se vuelve una carga. Una responsabilidad se transforma en trampa.
Si de verdad queremos una democracia sólida, necesitamos más que casillas. Necesitamos una ciudadanía crítica, informada, consciente. Porque no se trata solo de contar votos, sino de saber por qué se vota, para qué se vota y a quién se elige.
¿ESTAMOS PREPARADOS?
¿Realmente estamos listos para asumir la responsabilidad de elegir a nuestros juzgadores?
Esa es la pregunta que deberíamos hacernos esta semana. Y no lo digo desde el esnobismo ilustrado, sino desde la urgencia de construir una democracia que no se limite a la fachada.
Una democracia real exige igualdad de condiciones, acceso a la información y, sobre todo, conciencia colectiva. No podemos delegar decisiones fundamentales en una ciudadanía que ha sido sistemáticamente desinformada, excluida, minimizada.
Porque entonces la democracia deja de ser un instrumento de transformación y se convierte en un pretexto para justificar errores con respaldo popular.
DESPUÉS DEL DOMINGO
El primero de junio marcará un precedente. Pero lo más importante vendrá después: cuando descubramos si lo que elegimos fue un avance o un retroceso. Cuando veamos si nuestras decisiones fortalecieron a la justicia o la sometieron. Cuando entendamos que el voto es solo el principio, no el fin.
Y ahí, cuando empiece el verdadero examen ciudadano, ojalá no tengamos que repetir esa amarga lección: que lo democrático no siempre es lo correcto, y que la legitimidad, sin conciencia, es apenas un espejismo.
Cordial saludo.


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