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Del ZooMAT ya se fue hasta el espíritu de Don Miguel

31 de mayo de 2025
in Opiniones
Lo que fue un santuario de educación y conservación hoy luce deteriorado. A casi siete años del primer escándalo, persisten muertes de especies y señalamientos de negligencia.

Lo que fue un santuario de educación y conservación hoy luce deteriorado. A casi siete años del primer escándalo, persisten muertes de especies y señalamientos de negligencia.

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Lo que fue un santuario de educación y conservación hoy luce deteriorado. A casi siete años del primer escándalo, persisten muertes de especies y señalamientos de negligencia.

REALIDAD A SORBOS/Eric Ordóñez

Del ZooMAT ya se escapó hasta el espíritu de Don Miguel Álvarez del Toro. No lo digo como metáfora gratuita. Lo digo porque ya no se respira ni una brizna del propósito que él sembró: conservar la vida, educar al pueblo, enaltecer la biodiversidad de Chiapas. Lo que alguna vez fue un recinto único en su tipo, que mostraba con dignidad las especies endémicas de nuestro estado, hoy parece un predio abandonado a la negligencia y a la desmemoria.

Don Miguel no fundó un espacio recreativo, sino un santuario científico y pedagógico. Su nombre, que se mantiene en el portón de entrada, contrasta con lo que ocurre dentro. Como si él mismo hubiese decidido marcharse, decepcionado de lo que se ha hecho con su legado.

SIETE AÑOS DE DETERIORO

Han pasado casi siete años desde que se encendieron las primeras alertas. El inicio de esta etapa oscura se marcó con la masacre de nueve venados atacados por perros callejeros que ingresaron a la reserva del Zapotal. Le siguió la muerte de una nutria, atribuida a “negligencia”. Luego, el caso de Paquita, una tapir enviada sin permisos de Semarnat ni Profepa al zoológico de León, donde murió en circunstancias sospechosas.

Después vino lo más delicado: la admisión pública, por parte de directivos, de una red de tráfico de especies dentro del ZooMAT. Loros nuca amarilla, guacamayas rojas y otros ejemplares simplemente desaparecieron. Hasta ahora, no hay detenidos, ni reportes oficiales, ni seguimiento transparente. Solo silencio.

LA VIDA NO VALE

En 2024, otra señal de descomposición: los venados cola blanca murieron tras pelear por alimento. ¿Qué se les daba? Cáscaras de fruta. Nada más. En el mismo año, un quetzal macho fue atacado por un tlacuache que entró por una malla rota, reportada días antes por trabajadores. La respuesta institucional: “el quetzal se mató solo”. Un insulto a la inteligencia y a la ética.

¿Y el pavón, especie emblema del zoológico? De once ejemplares, hoy quedan dos hembras. Nadie sabe qué pasó con los demás. Nadie dice nada. Nadie rinde cuentas.

INVERSIÓN SIN CONCIENCIA AMBIENTAL

Mientras las especies mueren, se inauguró un nuevo recinto con una inversión cercana a los 10 millones de pesos. También se adquirió un águila arpía —especie incluida en el Apéndice I de la CITES— sin permisos oficiales, lo cual configura un presunto delito de tráfico internacional de fauna. Pero ahí sigue la misma administración. Se prometió “cero impunidad”, se habló de “humanismo”, pero en el ZooMAT impera la omisión.

¿Qué deuda tan grande se tiene con quienes por casi 30 años han estancado este zoológico? ¿Qué favor político justifica tanta permisividad? ¿Qué más debe morir para que se tomen decisiones?

ROBO EN PLENA VIGILANCIA

En julio de 2023 se denunció públicamente el robo de siete aves: una guacamaya roja, dos loros nuca amarilla, un loro cachete amarillo y tres pericos de frente blanca. Todas especies protegidas. A pesar del sistema de cámaras, revisiones diarias y protocolos internos, las aves desaparecieron.

El argumento fue que las dimensiones del terreno dificultan su vigilancia. Pero si ni el propio personal puede acceder a ciertas zonas, ¿cómo lo logró un ladrón? ¿Por qué no hay sanciones ni avances en la investigación?

LA VOZ DE ADENTRO

Trabajadores del zoológico han alzado la voz. Denuncian acoso laboral, represalias y un ambiente hostil para quien exige rendición de cuentas. Me han pedido, con nombre y apellido, que a través de esta columna se escuche su clamor. Señalan a Joe Miceli Hernández y Carlos Guichard Romero como responsables de omisiones graves que han costado vidas animales, recursos públicos y la credibilidad de una institución.

También hacen un llamado urgente al gobernador Eduardo Ramírez Aguilar y a la secretaria Malena Torres Abarca: les están ocultando información. Es momento de abrir los ojos. La Profepa y la Semarnat deben asumir también su responsabilidad, pues en sexenios anteriores su presencia fue meramente decorativa.

LO QUE AÚN SE PUEDE

El ZooMAT no tiene por qué ser un cementerio. Puede volver a ser un semillero de esperanza para especies como el jaguar, la guacamaya verde, el mono araña, que desaparecieron de muchas regiones del estado hace más de 80 años. Pero para eso hace falta una sacudida ética. Un remezón institucional.

La vida silvestre de Chiapas lo vale. Y el pueblo también.

DON MIGUEL YA SE FUE

Lo triste no es solo que mueran animales. Es que muera también el espíritu de quien lo dio todo para protegerlos. Don Miguel Álvarez del Toro fue más que un científico; fue un visionario que puso a Chiapas en el mapa mundial de la conservación. Y no lo hizo por fama, sino por convicción.

Hoy, ese espíritu —el suyo— ya no vive en el ZooMAT. Se fue, como se han ido muchas especies. Y no volverá mientras el recinto siga siendo un espacio de silencio, abandono y simulación.

Recuperarlo no es cuestión de recursos. Es cuestión de voluntad.

Cordial saludo.

Lo que fue un santuario de educación y conservación hoy luce deteriorado. A casi siete años del primer escándalo, persisten muertes de especies y señalamientos de negligencia.
Lo que fue un santuario de educación y conservación hoy luce deteriorado. A casi siete años del primer escándalo, persisten muertes de especies y señalamientos de negligencia.

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