Carta por la dignidad: “Soy amor, soy respeto, soy lo que mi madre me enseñó a ser”. El respeto no se pide: se ejerce, se habita y se hereda.
REALIDAD A SORBOS/Eric Ordóñez
Queridos padres, madres y quienes crían con amor:
Una vez escuché a mi papá preguntarle a mi mamá: «¿Qué prefieres, un hijo homosexual o un hijo drogadicto?» Él respondió sin pensarlo: “Drogadicto.” Mi mamá, con firmeza, eligió al homosexual.
Nunca lo olvidé.
No me interesa que me abracen por lo que soy, ni que me comprendan desde una mirada compasiva. Mucho menos que me presenten como “el amigo gay”, “el hijo gay”, “el periodista gay”. Solo soy una persona. Y con eso basta.
Tampoco quiero convertir esta carta en una trinchera. No soy de los que marcha ni grita. Soy de los que camina con paso firme, en silencio si es necesario, pero con la convicción de vivir en paz consigo mismo. Mi bandera no es un color. Es una certeza: el respeto se exige viviendo, no justificándose.
Escuché con atención los argumentos de quien se opuso a penalizar las llamadas terapias de conversión en Chiapas. Me dolieron. Porque no se trata solo de política. Se trata de lo que significa crecer con miedo. De lo que implica escuchar que alguien cree que tu orientación puede —o debe— ser corregida. Que eres un error que se puede pulir.
EL MIEDO NO ES GUÍA
Las terapias de conversión no son amor. No son orientación. Son reflejo del miedo de un padre o una madre a lo que su hijo o hija pueda ser. Miedo al qué dirán. Miedo a que se note. Miedo a que no encaje en lo que soñaron. Pero ese miedo es suyo, no de quien están criando.
¿Quieren hacer algo real por sus hijas e hijos? Busquen acompañamiento, no “tratamiento”. Edúquenlos con libertad, no con vergüenza. Formen personas que no tengan que esconderse jamás en un armario oscuro, de esos donde uno se siente enfermo sin estarlo, sucio sin serlo, culpable sin deber nada.
Si tan solo supieran el miedo con el que se puede vivir.
Si tan solo supieran lo valiente que se debe ser para aceptarse.
Si tan solo supieran lo que se sufre cuando no puedes hablar.
Si tan solo supieran cuánta culpa se arrastra antes de poder soltarla.
Si tan solo un día se asomaran al silencio de quien no puede ser.
No concibo que haya todavía quienes nos piensen como producto de una violación, como desviaciones por ser “consentidos de mamá”, o como aberraciones del alma. A mi padre no tuve que explicárselo: le demostré quién soy. No soy una idea torcida. Soy amor. Soy respeto. Soy lo que mi madre me enseñó a ser.
¿Y SI PRIMERO EDUCAMOS?
Escuché en el Congreso frases bien vestidas, con tono maternal. Decían estar del lado de la niñez. Que nadie nace sabiendo ser padre —es cierto—, ni madre —también es cierto—, ni homosexual —menos se aprende a serlo, porque no se aprende: se es—.
No. No hay confusión que justifique una “conversión”. No hay amor que pretenda corregir lo que no es un error. ¿Vamos a meter a papá o mamá a la cárcel por preocuparse? No. Pero sí debemos impedir que ese amor mal guiado se convierta en violencia disfrazada de terapia.
Si de verdad quieren proteger la niñez, protéjanla de sentirse rota antes de crecer. No se preocupen porque su hijo o hija sea homosexual. Preocúpense por formar personas con criterio, capaces de pensar, de amar sin miedo, de respetar sin prejuicios.
¿O qué? ¿Cómo nos prefieren? ¿Reprimidos, callados, obedientes en silencio? ¿Prefieren que vivamos de forma “convencional” a costa de nuestra propia libertad? No chinguen. No me digan que prefieren la comodidad que regalan las mentiras.
¿De verdad alguien piensa que una orientación sexual se elige como quien cambia de canal? ¿Que se puede curar como quien toma un jarabe para la tos?
La ley aprobada en Chiapas no es perfecta. Pero es un paso. Y como todo paso, tiene que incomodar un poco para movernos.
Y por cierto: la diversidad no es un estandarte político. No es una estrategia para sumar adeptos ni un disfraz de campaña. No es una moda para colgarse en junio, ni un trending topic para quedar bien. La diversidad es carne. Es historia. Es vida. Es respeto.
Que no les importe con quién duerme la gente. Que les importe lo que esa persona aporta al mundo. Lo que piensa, lo que construye, lo que transforma. Porque en la intimidad no hay nada que legislar, pero en el respeto sí hay mucho que garantizar.
NOTA DE AUTOR:
Esto no es un reproche y menos una confesión. Escribo desde la serenidad de quien ya no se esconde, de quien ha hecho las paces con su historia. Esta no es una declaración, es un manifiesto íntimo. Hablo por mí, pero sé que en estas palabras cabemos muchos: quienes hemos tenido que explicarnos más de lo necesario, quienes hemos sentido que no bastaba con ser, quienes aprendimos que a veces el rechazo es solo el miedo mal disfrazado.
Como dijo el Divo de Juárez: “Lo que se vé, no se pregunta”. Y en eso también hay verdad. A veces, el gesto, el silencio que ya no hiere, la mirada que por fin reconoce, valen más que cualquier explicación. No necesito que me comprendan ni que me celebren. Me basta con que no me intenten corregir, porque no hay nada roto.
Vivo en paz. Soy pleno. Y soy feliz.
Y si algo deseo profundamente, es que quienes vienen detrás no crezcan sintiendo que deben pedir perdón por ser quienes son. Que no tengan que callar para ser amados. Que crezcan con verdad, con libertad, y rodeados de amor que no condicione ni castigue.
Con respeto, sin permiso y sin miedo,
Eric Ordóñez
Cordial saludo.


Discussion about this post