Es otra forma de morir, solo que más lenta. La ley todavía no entiende que ser madre, cuidadora y esposa no te convierte en dependiente, sino en sostén.
REALIDAD A SORBOS/Eric Ordóñez
Una mujer fue hallada sin vida el sábado pasado en un basurero clandestino de Tapachula. Llevamos cuatro feminicidios en lo que va de junio y suman ya 17 este año en Chiapas. La cifra golpea como un martillo, pero también hiere el silencio con el que se viven otras formas de violencia: las que no dejan moretones, pero que también matan.
Entre ellas, la violencia económica.
No es menor. Es esa que empieza con el control del dinero y termina siendo una forma cruel de sometimiento. Una cárcel sin barrotes para muchas mujeres que, tras décadas de matrimonio, maternidad y entrega, se quedan sin nada cuando deciden irse. Mujeres que criaron hijos, cuidaron enfermos, sostuvieron casas enteras, pero que ante la ley no existen. No cotizaron, no facturaron, no aparecen en actas de propiedad. Solo vivieron.
Una historia así no es ajena, ni nueva. Una mujer —como muchas en Chiapas— un día decidió separarse de su esposo, harta de infidelidades y denigraciones. No hubo golpes, pero sí ausencias, palabras hirientes, desprecios que se acumulan como polvo en los rincones del alma. Tras mucho pensarlo, se marchó. Y entonces empezó otro infierno.
El patrimonio de él está a su nombre por “herencia”. Nada le toca a ella “por derecho”. El sistema, frío como los expedientes judiciales, no considera trabajo cuidar, formar, alimentar, ni sostener. No hay recibos por cada noche sin dormir, por cada comida caliente servida, por cada tarea escolar revisada, por cada fiebre atendida sin enfermera.
Ella pidió justicia. Él mintió. Aseguró que le dejó todo, pero ella salió sin siquiera un colchón. Lo sigue hostigando. La busca. Le ofrece apoyo si “regresa”. La dignidad, sin embargo, ya eligió su camino. Vive escondida, con miedo, pero también con algo que no se puede embargar: libertad.
Cuántas historias como esta hay en Chiapas. Cuántas mujeres viven la violencia económica, disfrazada de legalidad, amparada por notarías, permitida por vacíos del sistema. ¿Dónde están los jueces que reconocen los cuidados como trabajo? ¿Dónde están los mecanismos reales para proteger a quienes dieron su vida entera a cambio de una familia?
La violencia no siempre deja sangre. A veces deja silencio, abandono, incertidumbre. A veces se llama “pensión no otorgada” o “acuerdo sin firma”. A veces, simplemente, no se ve. Pero pesa. Duele. Mata sueños y agota fuerzas.
Y, mientras tanto, el discurso oficial habla de equidad, de empoderamiento, de justicia con perspectiva de género. Pero en la vida real, las mujeres siguen pagando el precio más alto por haberse atrevido a decir “ya basta”. Por haberse ido sin nada, pero con todo el valor que otros no conocen.
Porque, en este país, ser mujer y separarse sigue siendo una batalla desigual. Porque, en este país, la ley todavía no entiende que ser madre, cuidadora y esposa no te convierte en dependiente, sino en sostén. Y el sistema se lo debe.
La historia de esta mujer podría ser la de muchas. Tal vez la de tu vecina, tu tía, tu madre o la mía. Tal vez la de alguien que hoy está leyendo esto.
Hoy no solo se exige justicia para las que ya no están. También para las que aún viven, resistiendo desde trincheras invisibles. Que se les reconozca, se les respalde y, sobre todo, se les crea.
Porque la violencia económica también mata. Solo que lo hace más lento.
Cordial saludo.


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