El gobernador ha entendido que gobernar ya no es imponer, sino comunicar, socializar y construir con la gente. Una lección que el presidente municipal Ángel Torres Culebro haría bien en aprender: gobernar sin diálogo ya no es opción.
Realidad a sorbos/Eric Ordóñez
Si algo debo reconocerle al gobernador Eduardo Ramírez Aguilar es que ha sabido leer los nuevos tiempos: consulta, socializa, ejecuta. No se lanza a la ligera. Primero, hace sentir al pueblo parte del proceso, le comunica lo que hará, cómo le beneficiará, y ya con eso hasta el más crítico guarda silencio porque se siente tomado en cuenta. Así, cuando la obra empieza, nadie se siente traicionado. La estrategia es clara: transversal, horizontal, vertical y hasta multimedial.
Esa metodología, presidente Ángel Torres Culebro, le urge adoptarla. Porque ya no estamos en tiempos de voluntarismos autoritarios ni del cinismo que caracterizó a la administración anterior, -a la que perteneció- la del gobernador Rutilio Escandón Cadenas, donde callar era lo conveniente y hacerle al ‘tío Lolo’ la táctica de casa.
Hoy la ciudad exige otra lógica. El paso a desnivel en la Torre Chiapas, igual que la obra en la zona de hospitales, son monumentos al desatino técnico y al desprecio por la opinión ciudadana. Prometieron fluidez, trajeron embotellamiento. Prometieron eficiencia, dejaron incertidumbre. ¿El error? Nadie preguntó si hacía falta, si era viable, si era el momento. No hubo filigrana, no hubo pedagogía pública. Y cuando eso falta, la obra se vuelve imposición, no solución.
Presidente, no es que le falte carisma. Eso lo tiene. No es que no se la rife. Se nota que le entra. Pero comunicar no es informar: es convencer, empatizar, explicar. Le falta estrategia, no voluntad. Le sobra impulso, pero le falta rumbo.
Soy tonalteco de nacimiento y tuxtleco por adopción. Más de la mitad de mi vida la he vivido aquí, y no me da lo mismo lo que pase con Tuxtla. Lo digo con la honestidad un tanto engorrosa que traigo de Tonalá, mezclada con esa pizca de cinismo elegante que uno aprende en la vida pública. No busco agradar, busco decir lo que muchos piensan.
Lo he visto en sesiones de Cabildo. Sé que las críticas no le resbalan. Sé que pesan. Pero si usted ejerciera mayor transparencia, si respondiera con claridad y no con evasivas, otra sería la narrativa. No es el periodista el que le inventa los domos caídos ni los pasos a desnivel torcidos. Es la realidad la que los muestra.
Y si todavía duda que el problema es la comunicación, recuerde lo que dijo el Fiscal General del Estado: “Hemos trabajado de manera coordinada con los presidentes municipales, pero en el caso de Tuxtla nos falta reforzar esa sinergia. La figura política más importante de un municipio es el alcalde, y es fundamental su compromiso con la seguridad (…) parece que no todos han entendido la prioridad del gobernador en este tema”. O lo que declaró la secretaria de Infraestructura sobre el cierre en Patria Nueva: “fue una decisión del Ayuntamiento”.
Y ahí no acaba. Los contenedores de basura desbordados no son invento de nadie. Son síntoma de una ciudad sin estrategia. Somos muchos los que ya no sabemos si el camión pasa lunes o martes, si toca tocar o esperar.
Presidente, no es por intrigar, pero hasta el tema del Viagra hubiera sido menor si hubiera transparencia. Nadie pensaría mal si todo estuviera claro. Pero cuando no se explica, el vacío lo llena la sospecha.
No es tarde, pero sí urgente. Gobernar Tuxtla requiere algo más que carisma y carácter. Requiere método, escucha, y humildad para corregir. Disculpe las molestias, presidente, pero esto también es parte del servicio público: saber recibir el reclamo con la misma cortesía con la que se agradece el aplauso.
Cordial saludo.


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