Hoy lo aplauden, pero antes se resistieron. El tiempo —como diría Maquiavelo— revela lo que el discurso calla. La lealtad, como la memoria, no se improvisa.
REALIDAD A SORBOS/Eric Ordóñez
Todavía me acuerdo… Y qué coraje ha de dar a quienes no pueden olvidarse de lo que en realidad pensaban, decían, o peor aún, deseaban. Qué feo ha de ser tragarse lo que uno dijo con fuerza en voz alta, lo que firmó con el cuerpo en ausencia y lo que, en el fondo, siempre quiso que no ocurriera.
Pero el tiempo —ese mismo del que hablaba Maquiavelo— es más astuto que la estrategia. “Hay que esperarlo todo del tiempo”, escribió el florentino. Y sí, el tiempo revela lo que el discurso oculta, lo que la pancarta niega, lo que la selfie disfraza.
Yo sí me acuerdo, porque no olvido. Todavía está fresco aquel final de septiembre de 2023 cuando los consejeros estatales de Morena en Chiapas se alinearon como buenos cuadros del sistema… pero no con Eduardo Ramírez. Ninguno. Ni uno solo de esos cien valientes de escritorio le dio el voto. Le negaron la confianza, lo descalificaron con su indiferencia, lo borraron de su lista como si el tiempo no les fuera a cobrar factura.
Y EL TIEMPO, YA SABEMOS, NO OLVIDA.
Todavía me acuerdo —porque estaba ahí— aquel sábado de enero de 2024, cuando Eduardo Ramírez, como Coordinador de Defensa de la Cuarta Transformación en Chiapas, encabezó la toma de protesta del comité estatal de “Que Siga la Democracia”. Un evento grande, con aliados bien sentados y un ausente evidente: el presidente estatal de Morena, Carlos Molina. Esa silla vacía hablaba más fuerte que cualquier discurso.
Pero hay silencios que el poder convierte en aplausos con el paso del tiempo.
Porque ahora, en pleno julio de 2025, Carlos Molina se desvive en loas. Comparte fotos sonrientes desde la Octava Sesión Extraordinaria del Consejo Nacional de Morena, y se dice comprometido con la presidenta Sheinbaum y con “nuestro gobernador Eduardo Ramírez”. Palabras dulces… aunque antes haya tragado amargo.
¿Será que uno se acostumbra a esos cambios de guion? ¿A tener que enterrar el archivo muerto de las propias convicciones para posar bien en la foto? ¿A empacar la dignidad para sobrevivir en el ecosistema de la política?
En Chiapas, el tiempo tiene memoria, aunque muchos finjan Alzheimer selectivo. El problema no es que hoy todos estén con Ramírez Aguilar. El problema es que antes no lo estuvieron por convicción, sino por cálculo. Y ahora que les falló la suma, se disfrazan de devotos con el fervor de los conversos tardíos.
Así es la política, dirán algunos. Pero no. Así no debería ser. La política debería ser una extensión del pensamiento, no una serie de malabares sin alma. Hoy sobran las manos alzadas, los comunicados alineados, los aplausos de pie. Pero también sobran los recuerdos de cuando esas mismas manos estaban cruzadas, de cuando el respaldo se lo guardaban para otro padrino, para otra jugada, para otro nombre.
El poder no exige amor eterno, pero al menos debería exigir coherencia. Porque el aplauso que viene de quien antes te negó hasta el saludo, más que sumar, devalúa. Lo saben todos. Lo saben ellos. Y lo sabe, sobre todo, el tiempo.
Y mientras tanto, aquí estamos algunos. Los que todavía nos acordamos. Los que no comulgamos con la hipocresía con tal de estar cerca del fuego. Los que sabemos que tragarse el discurso tiene un sabor peor que el de la derrota: el sabor de haber traicionado lo que alguna vez se creyó.
Y eso, créanme, ha de saber feo.
Cordial saludo.


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