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EL TRABAJO

22 de julio de 2025
in Opiniones
En esta columna, el autor reflexiona sobre la visión histórica del trabajo: desde ser símbolo de deshonra en la Edad Media, hasta convertirse en virtud clave del desarrollo moderno. ¿Cómo se dio este giro? La filosofía —dice Burckhardt— tiene parte de la respuesta.

En esta columna, el autor reflexiona sobre la visión histórica del trabajo: desde ser símbolo de deshonra en la Edad Media, hasta convertirse en virtud clave del desarrollo moderno. ¿Cómo se dio este giro? La filosofía —dice Burckhardt— tiene parte de la respuesta.

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En esta columna, el autor reflexiona sobre la visión histórica del trabajo: desde ser símbolo de deshonra en la Edad Media, hasta convertirse en virtud clave del desarrollo moderno. ¿Cómo se dio este giro? La filosofía —dice Burckhardt— tiene parte de la respuesta.

José Antonio Molina Farro/Ultimátum

Valga como prólogo. Hace años leí algo sobre la estructura valorativa de los mexicanos; nuestra forma de interrelacionarnos, la desconfianza, el ver intenciones ocultas donde no las hay, nuestro desprecio a la norma y, puntualmente, la relación trabajo-religión, decisiva para el desarrollo o estancamiento de las sociedades. Ello me provocó el escribir esta columna. 

Se sabe que aún en la Edad media el trabajo era algo deshonroso, por tanto, la traducción más precisa de arebeit, del alto alemán medio es “las fatigas de los desheredados”. Esto vale también para la Antigüedad, que entendía la democracia referida a los propietarios, no así para la clase trabajadora. Pero, ¿cómo pudo el trabajo convertirse en un valor, incluso en la virtud cardinal de una sociedad? La respuesta nos la da Martin Burckhardt en Cómo la filosofía inventó nuestro mundo. 

El camino pasa, en este caso, como tantas veces por la religión. No se trata sólo de que el cristianismo haya hecho permeables las barreras sociales; además, con los ejercicios y técnicas de mortificación de los monjes del desierto da lugar a las virtudes que hoy tiene uno en la punta de la lengua cuando se habla del trabajo. Autosacrificio, disciplina y todo eso. Pero, al igual que una golondrina no hace verano, el deseo de mortificación que uno siente en su ermita no necesariamente es productivo; en cualquier caso, no se puede condensar en una ética del trabajo. Esta no se enuncia hasta el siglo VI de nuestra era cuando Benito de Nursia fundó la primera Orden monacal. Prescribir una ley común a una comunidad de ermitaños no es en modo alguno sencillo. Así, Benito tuvo que sufrir que sus compañeros monjes intentaran asesinarlo valiéndose de vino envenenado. En este sentido, el trabajo y la oración en común son provechosos para la comunidad, es decir, se formula el lema ora et labora (que como recompensa promete que Dios corre al instante en nuestra ayuda: Deus adest sine mora. Si bien el lema de los benedictinos equipara directamente el trabajo a la oración, lo cierto es que el trabajo monástico tuvo en principio una función simbólica. 

Bernardo de Claraval. Esto no cambiará hasta el siglo XII, época en que se hizo sentir en Europa una primera revolución industrial. El hambre desaparece, las catedrales se elevan al cielo, y los mercados que prosperan a su sombra traen a las ciudades una riqueza nunca antes conocida. A mediados de ese siglo, un clérigo de mente sutil, Bernardo de Claraval, decide retirarse en soledad con sus monjes a los umbríos bosques de Borgoña. Apartados de la sociedad y de sus tentaciones, los monjes se proponen restablecer la primitiva sociedad ideal, y hacerlo con sus propias manos. Por esta razón, Bernardo de Claraval radicaliza la antigua praxis benedictina. En lo sucesivo el lema de su Orden circense será: “El trabajo es oración”. Eso quiere decir que la conducta espiritual de un fraile se puede medir por su capacidad de trabajo y por su eficacia. 

Esto supuso una ruptura con la jerarquía anterior. Mientras que hasta entonces era válida la noción de que a cada persona le corresponde por nacimiento este o cada quien su lugar en la sociedad (el orden de la nobleza), la Orden del Císter, basada en el trabajo, dice que cada cual tiene que ganarse esa posición según su trabajo. Lo decisivo no es el privilegio nobiliario sino los resultados reales y demostrables del individuo. Pero con ello, la Orden cisterciense se superpone al esquema fijo que dividía la sociedad medieval en sacerdotes, caballeros y campesinos, e instaura en su lugar un orden social dinámico y mudable, que aspira al aumento de los conocimientos. Y este experimento monacal tuvo tanto éxito que la Orden cisterciense, al cabo de un siglo, no sólo llega a ser la corriente espiritual dominante, sino que crece hasta convertirse en un conglomerado económico que se extiende por toda Europa con más de trescientas fundaciones filiales. 

No es casual que sean los Templarios, un vástago de la Orden cisterciense quienes crean la primera red europea de bancos. Surge aquí lo que después se denominará la ética protestante del trabajo. Ahora bien, esa capitalización del espíritu, su transformación en plusvalía mundana, no era seguramente la intención de Claraval al que hay que ver más bien como un místico con experiencia del mundo. Sin embargo, la historia de la Orden cisterciense, que empezó como una proeza espiritual para acabar siendo una institución mundana que actúa de manera realmente capitalista, es del todo característica de la interpretación del trabajo. Si se interpreta el trabajo como oración, es evidente que juntamos la inversión espiritual con los productos que genera. La fe se materializa. Y al materializarse deviene mercancía intercambiable. Es exactamente esto lo que en ocasiones se entiende como mentalidad “calvinista” o “protestante”. En el calvinismo llega a su culminación lo que en los cistercienses se puede entender como viaje interior. Porque el ser humano está corrompido y lo único que puede purificarlo de su corrupción total es el trabajo. En consecuencia, todo lo que se opone al sacramento del trabajo (dormir mucho, perder el tiempo, divertirse, es pecado). El trabajo, dijo en cierta ocasión un filósofo moderno, es deseo reprimido. Ya en el siglo XIV ya el trabajo desarrolla una singular vida propia. Por ejemplo a una persona que reflexiona sobre su pecaminosa vida se le ocurre la piadosa idea de participar en la construcción de la Jerusalén celestial (en este caso la catedral de Estrasburgo). Y evidentemente – ¿cómo iba a ser de otro modo con un pecador arrepentido? – no quiere remuneración alguna por ello. Entretanto, la construcción de catedrales en esta época se ha profesionalizado claramente. Así pues, todos los trabajadores se han organizado en algún gremio o logia de canteros (cuyos grandilocuentes estatutos remiten a su vez a la Orden del Temple y de este modo a los cistercienses. No es casual que estos protosindicatos negocien la tarifas; también se cuidan eficazmente de que todos los no autorizados queden excluidos del mercado de trabajo. ¿Qué hacer entonces con este espontáneo que perturba la paz del trabajo? La respuesta es breve y dolorosa, pues cuando el intruso, para salvar su alma, se sube a un andamio, un empujoncito lo manda… al paro. 

orozco_zuarth@hotmail.com 

En esta columna, el autor reflexiona sobre la visión histórica del trabajo: desde ser símbolo de deshonra en la Edad Media, hasta convertirse en virtud clave del desarrollo moderno. ¿Cómo se dio este giro? La filosofía —dice Burckhardt— tiene parte de la respuesta.

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