No se trata solo de protestar: se trata de existir. De exigir que el amor no sea tratado como delito, que la memoria no se castigue, que la justicia no tarde toda una vida.
LO QUE NO SE NOMBRA, NO EXISTE/Gely Pacheco
Dicen que cuando una hija o un hijo muere, no hay palabra para nombrar ese dolor. La lengua en cualquier idioma se queda corta, los diccionarios no alcanzan, las bocas se cierran y genera un silencio porque perder a un hijo o hija simplemente no tiene nombre.
No soy madre, pero en mi historia de vida he sido testiga de ese abismo. Vi cómo mi madre se apagó poco a poco tras la muerte de su hija. Vi como el dolor desorienta, rompe la noción del tiempo y del sentido a las madres que en su cuerpo y vientre dieron esa vida. El amor se vuelve llanto y el llanto en silencio. Si ese vacío duele cuando la muerte llega por causas naturales, no puedo imaginar el desgarro que implica no saber dónde está, no poder despedirse, no tener un cuerpo al cual llorar ni un altar al cual llevar flores cuando llega noviembre.
Por eso reflexiono en las madres que siguen buscando no solo en Chiapas sino en cada rincón de México. Mujeres de cierta edad que duermen en el suelo, bajo las lluvias, que cargan fichas de búsqueda en lugar de fotografías familiares, que visten el color de la esperanza, aunque las rodee la oscuridad. Ellas, que han hecho de su dolor una forma de resistencia, una manera de seguir amando y de gritarle a un sistema que les arrebató lo más preciado.
No se trata solo de protestar: se trata de existir. De exigir que el amor no sea tratado como delito, que la memoria no se castigue, que la justicia no tarde toda una vida. Cada lona arrancada, cada cartel destruido, no borra lo que ellas gritan. Al contrario, lo multiplica.
He aprendido que la búsqueda no se hace solo con las manos. También se hace con la voz, con la mirada, con el corazón. Cada nombre pronunciado en una marcha es una forma de traer de vuelta a quienes no debieron irse. Cada vela encendida es una promesa de que ninguna mujer será olvidada.
En Chiapas, como en tantos lugares del país, las madres siguen firmes. A veces solas, a veces acompañadas, pero siempre de pie. A veces también hasta a “las feministas” tampoco nos quieren ver.
Y aunque el poder no siempre las mire, aunque los muros sean altos y las puertas se cierren, ellas insisten porque saben que el amor y el dolor no se rinden. Que mientras haya una madre buscando, habrá esperanza.
Yo, que perdí a una hermana y vi a mi madre perder una hija, solo puedo imaginar con el alma encogida el tamaño de ese dolor. Pero también sé que en medio de la pérdida florece una fuerza que no se explica. Una fuerza que sostiene al mundo cuando el mundo parece caerse.
A las madres que buscan, y a las que se quedan, no puedo ofrecerles consuelo. Pero sí respeto, memoria y palabra. Que su voz siga sonando, incluso cuando intenten apagarla y que su amor siga siendo la llama que ilumine este país herido porque mientras haya quien busque, todavía existe esa llama de la esperanza.
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