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Madame Calderón de la Barca: “La vida en México”

7 de noviembre de 2025
in Especial
Su padre fue un abogado que se arruinó al fungir como fiador de un noble escocés que se declaró insolvente. 

Su padre fue un abogado que se arruinó al fungir como fiador de un noble escocés que se declaró insolvente. 

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Su padre fue un abogado que se arruinó al fungir como fiador de un noble escocés que se declaró insolvente. 

El Duque de Santo Ton/Ultimátum 

un abogado que se arruinó al fungir como fiador de un noble escocés que se declaró insolvente. Para no ir a la cárcel William Inglis huyó a Francia, donde murió. Su viuda, sus tres hijos y sus cinco hijas se trasladaron entonces a Boston, Massachusetts (Estados Unidos), donde abrieron un colegio para señoritas con el que ganaron prestigio y, más que dinero, excelentes amistades. Entre estas se contaban George Ticknor, un personaje excepcional en el panorama cultural de los Estados Unidos de aquella época que poseía una valiosa biblioteca de libros antiguos españoles, y el historiador William H. Prescott, en aquel momento a punto de terminar su historia de los Reyes Católicos. Prescott influiría ante Charles Dickens para que la editorial de éste publicara en Inglaterra La vida en México. 

Entre los amigos de Prescott estaba Ángel Calderón de la Barca, embajador de España en Washington, nacido en Buenos Aires en 1794. No se sabe cómo comenzó su carrera diplomática ni cómo fue enviado a Washington como ministro plenipotenciario. 

Ángel Calderón de la Barca y Frances Erskine se conocieron en casa de Prescott en la primavera de 1838 y se casaron ese mismo año. El diplomático español tenía más de cincuenta años y ella 33. De su boda no existen testimonios. Debió ser un acto discreto, ya que él era católico y ella protestante, aunque después adoptaría la religión de su marido. 

Aunque no existen retratos de ella en aquella época, los testimonios ponderan su cultura, su inteligencia y su exquisita educación. Desde los primeros momentos de su matrimonio y con el alejamiento de su familia, ya convertida a Madame Calderón de la Barca, Ángel Calderón de la Barca fue nombrado embajador de España en México, y ella comenzó a escribir cartas a sus hermanas que darían lugar luego a sus libros. El de su estancia mexicana, “el mejor que jamás haya escrito un extranjero sobre México”, según se dice, comenzó en el vapor “Norma”, que los llevaba de Nueva York a La Habana, y de allí en el “Jasón”, a Veracruz, donde desembarcó el 19 de diciembre de 1839. 

El libro “La vida en México” es una deliciosa y positiva crónica periodística del México recién llegado a la independencia. Las observaciones de Madame Calderón de la Barca, perfectamente adaptada a su papel de española consorte del representante de España, están llenas de sagacidad y de ingenio que la acreditan como una excelente observadora de la realidad y como una magnífica escritora. 

De su elegante estilo puede ser un ejemplo este párrafo que escribió sobre las haciendas pulqueras, cuando visitó San Antonio Ometusco: “Todos estos caserones de los alrededores de México dan una impresión indescriptible de soledad, vastedad y desolación, como jamás la había yo sentido, ni aun en las moradas más solitarias de otras tierras. No es tristeza; el cielo es demasiado brillante y el paisaje demasiado risueño, y el aire que se respira demasiado puro, para consentirla. Es la sensación de hallarse enteramente fuera de este mundo; es el percatarse de que nos encontramos solos ante una naturaleza gigantesca, y de que nos envuelven las nebulosas tradiciones de una raza que fue la dueña; impresión que no se alcanza a disipar cuando el silencio se rompe con las pisadas de un indio transeúnte; pobre envilecido descendiente de aquellas personas extraordinarias y misteriosas que no sabemos de qué parte vinieron y cuyos hijos viven ahora con la condición de cortar leña y acarrear el agua, para el servicio de todo un pueblo del cual fueron reyes alguna vez”. 

Los retratos que hace en pocas líneas de los personajes que va conociendo son literariamente magistrales. Al ex presidente Guadalupe Victoria lo describe de esta manera: “Es un honrado y sencillo ciudadano, melancólico, cojo y de alta estatura, de limitada conversación, aparentemente amable y de buen natural, pero ciertamente no cortesano ni orador”. 

Del general Antonio López de Santa Anna, el hombre que vendió medio México y al que conoció ya sin la pierna derecha que había perdido el año anterior en la llamada “Guerra de los Pasteles” contra los franceses, dice: “De color cetrino, hermosos ojos negros de suave y penetrante mirada, e interesante la expresión de su rostro. No conociendo la historia de su pasado, se podría decir que es un filósofo que vive en digno retraimiento”. 

Los distintos paisajes de México, la animación de sus calles y tianguis (mercados indígenas), las comidas, el formulismo exagerado de los tratamientos, las modas, los cotilleos de la capital, las procesiones y los cultos, los espectáculos, las recepciones, los bailes, la vida entera de México está relatada con la viveza de quien participa activamente de lo que escribe. Por ella nos enteramos de los tesoros artísticos que los españoles dejaron en iglesias y conventos, ella es la primera en describir el espectáculo taurino mexicano por excelencia, la “charreada”, y por ella sabemos que los mariachis ya existían como grupos musicales que tocaban en la iglesias y no son, como se cree, un invento de la época del emperador Maximiliano. El matrimonio vivió en una casa campestre en San Agustín de las Cuevas, hoy Tlalpan. 

En 1842 los Calderón de la Barca abandonan México y, tras una estancia de varios meses en Boston, regresaron a España en 1843, el mismo año en que apareció publicado en Estados Unidos su libro “Life in Mexico”, con prólogo de William H. Prescott, quien acababa de terminar su Historia de la conquista de México, que se volvió un clásico. 

En Madrid, la vida del matrimonio fue revolcada por los vaivenes de la política española de la época, hasta que don Ángel fue obligado a huir a Francia temiendo por su vida. En 1858, de vuelta del exilio en Francia, los Calderón se instalaron en Guipúzcoa, donde murió Ángel en 1861. Madame Calderón de la Barca se retiró a un convento en Anglet, en las cercanías de Biarritz, y ahí la mandó a buscar la reina Isabel II para que se hiciera cargo de la educación de la infanta Isabel Francisca, hermana mayor de Alfonso XII. En 1868, acompañó a la familia real al exilio en París, y con ella regresó en 1874 al restaurarse la monarquía, que la acogió en el Palacio Real como personal de máxima confianza. 

Dos años después el rey le concedió el título de marquesa de Calderón de la Barca. Su acta de defunción dice: … Doña Francisca Erskic (sic) Inglis Stein, nacida en Edimburgo, Escocia, de setenta y seis años de edad e hija de Guillermo y de Juana, de estado viuda de don Ángel Calderón de la Barca, no quedando hijos. Falleció en el Real Palacio, Escalera de Cáceres, el día seis de febrero de mil ochocientos ochenta y dos”. 

Su padre fue un abogado que se arruinó al fungir como fiador de un noble escocés que se declaró insolvente. 
Su padre fue un abogado que se arruinó al fungir como fiador de un noble escocés que se declaró insolvente. 
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