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Home Opiniones ECOLOGIA HUMANA

¿SOMOS BUENOS O MALOS POR NATURALEZA?

5 de enero de 2026
in ECOLOGIA HUMANA, Opiniones
¿SOMOS BUENOS O MALOS POR NATURALEZA?
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ECOLOGÍA HUMANA/Amado Ríos Valdez

La bondad y la maldad: un debate que nos persigue desde la antigüedad

Estamos en diciembre y es costumbre o tradición que los mensajes se inunden de buenos deseos y de propósitos de paz, salud, benevolencia, prosperidad. Pareciera que podemos cambiar el chip que utilizamos todo el año y ahora todo es bondad. Pero ¿si deseamos la bondad es porque no la tenemos? ¿Y si no somos naturalmente buenos por qué sería deseable alcanzar la bondad?

Desde la Antigüedad, la pregunta sobre la naturaleza humana ha dividido a pensadores, religiones y sistemas políticos. Juan Jacobo Rousseau defendía que el ser humano nace bueno y que es la sociedad, con sus desigualdades y abusos, la que lo corrompe. Nicolás Maquiavelo, en contraste, observaba al hombre desde el poder y la política, concluyendo que actuamos movidos por el interés propio y el miedo, y que la moral suele ceder ante la conveniencia. Hoy, este debate sigue vivo, pero las ciencias modernas han agregado matices fundamentales: la evidencia sugiere que no existe una bondad ni una maldad innata y fija, sino una profunda capacidad de adaptación a las circunstancias. Además, por supuesto, de que la escala moral de cada sociedad o comunidad define lo que considera bondad o maldad, no son conceptos fijos o inamovibles sino que evolucionan como lo hacen las propias sociedades. Con eso en mente, propongo las siguientes ideas al respecto.

El gen egoísta y la cooperación humana

Richard Dawkins sacudió el pensamiento contemporáneo con su libro “El gen egoísta”, al explicar que la selección natural opera a nivel de los genes. Esto no significa que los humanos estemos condenados al egoísmo moral, sino que la evolución favorece estrategias que aseguran la supervivencia y reproducción. Paradójicamente, muchas de esas estrategias incluyen la cooperación, la solidaridad y el cuidado mutuo. La biología evolutiva moderna ha demostrado que los grupos cooperativos sobreviven mejor que aquellos dominados solo por la competencia. Así, ayudar a otros no es una anomalía moral, sino una conducta profundamente compatible con nuestra historia evolutiva.

La mente humana no está escrita en piedra

La psicología y la neurociencia coinciden en que el cerebro humano es extraordinariamente moldeable. La llamada neuroplasticidad demuestra que nuestras experiencias, especialmente en la infancia, influyen de manera decisiva en cómo regulamos emociones, tomamos decisiones y nos relacionamos con los demás. Investigaciones recientes muestran que el estrés crónico, la violencia y la pobreza afectan regiones cerebrales vinculadas con el autocontrol y la empatía. Esto no justifica conductas dañinas, pero sí ayuda a comprenderlas. No actuamos en el vacío: respondemos a contextos que pueden estimular lo mejor o lo peor de nosotros.

Cultura, desigualdad y comportamiento

Desde la antropología y la sociología se ha observado que las normas culturales y las condiciones materiales influyen directamente en la conducta. Sociedades con altos niveles de desigualdad tienden a presentar mayor desconfianza social, violencia y fragmentación comunitaria. En cambio, comunidades donde existen redes de apoyo, educación accesible y sentido de pertenencia suelen fomentar valores cooperativos. Esto refuerza la idea de que la moral no es solo una cuestión individual, sino un producto colectivo. Las personas aprenden a comportarse según lo que su entorno recompensa o castiga.

Las circunstancias son determinantes en nuestras conductas

Un niño que crece en un hogar estable, con acceso a educación y afecto, suele desarrollar mayor confianza en los demás y disposición a colaborar. Otro que crece rodeado de carencias y exclusión puede aprender que sobrevivir implica desconfiar y competir constantemente. No se trata de buenos o malos, sino de estrategias aprendidas. Lo mismo ocurre en la vida adulta: una persona con empleo digno y seguridad social suele participar más en su comunidad, mientras que alguien atrapado en la precariedad puede verse forzado a priorizar su supervivencia inmediata. Las circunstancias moldean decisiones que luego solemos juzgar sin comprender su origen.

Ayudar a los más desfavorecidos es transformar conductas

Las investigaciones en ciencias sociales son claras: invertir en educación, salud, cultura y reducción de la pobreza tiene efectos directos en la convivencia y el bienestar social. Ayudar a quienes tienen menos oportunidades no es un acto de caridad ingenua, sino una estrategia inteligente y humana. Cuando se crean condiciones justas, las personas desarrollan su potencial y contribuyen positivamente a la sociedad. Las políticas públicas y las acciones colectivas pueden cambiar trayectorias de vida enteras, demostrando que la conducta humana es sensible a la esperanza y a las oportunidades reales.

Lo contrario es apostar a la ley de la selva, a la moral del mercado, que es una lógica de desecho, de competencia inhumana, de violencia económica y exclusión. No solo eso, la moral del mercado es profundamente anticientífica al pregonar la competencia salvaje por encima de la cooperación y la solidaridad humana.

Ni ángeles ni demonios

Ni Rousseau ni Maquiavelo estaban completamente equivocados, pero tampoco tenían toda la razón. El ser humano no es ángel ni demonio por naturaleza. Somos el resultado de una compleja interacción entre genes, cerebro, cultura y contexto social. La ciencia contemporánea nos invita a abandonar los juicios simplistas y a asumir una responsabilidad colectiva: si queremos una sociedad más empática y pacífica, debemos crear entornos que fomenten esas conductas. Ayudar a los más desfavorecidos no solo es un imperativo ético, sino una forma concreta de permitir que aflore lo mejor de nuestra naturaleza humana compartida.

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