Y sí, el debate sobre la relación entre libertad y felicidad ha atravesado la historia del pensamiento como un dilema persistente. ¿Son realidades equivalentes, fines distintos o conceptos que dependen uno del otro?
José Antonio Molina Farro
Según el filósofo, padre de la lingüística moderna, anarquista y socialista libertario, revolucionó la comprensión del lenguaje humano como una capacidad innata. La felicidad comienza por asumir nuestro instinto natural para la libertad. La elección consciente, en su opinión, de comprometerse con un mundo mejor es la única vía posible para combatir la desesperanza y dotar de sentido a la experiencia humana.
Y sí, el debate sobre la relación entre libertad y felicidad ha atravesado la historia del pensamiento como un dilema persistente. ¿Son realidades equivalentes, fines distintos o conceptos que dependen uno del otro? Tradicionalmente aparecen entrelazados: la libertad, entendida como capacidad de elección, suele operar como condición previa de la felicidad, concebida como un bienestar interior sostenido.
Desde Aristóteles, que vinculó la eudaimonia a una vida virtuosa guiada por decisiones libres, hasta John Stuart Mills, que hizo de la libertad individual un motor del progreso humano, la autonomía ha sido el eje de la realización personal. Más tarde Zygmunt Bauman añadió un matiz decisivo: la felicidad es asumir la responsabilidad de elegir la propia actitud vital. Para Chomsky la libertad no es un ideal abstracto ni un principio moral sino una dimensión constitutiva de la naturaleza humana. Influido por Bakunin, la define como un instinto de libertad y la reformula como un auténtico problema biológico, inseparable de la condición humana. Este longevo y activista pensador (98 años) se distancia de la tradición europea que, desde Kant, abordó la libertad como una cuestión de razón práctica. Para él, la capacidad de elegir no es una construcción cultural tardía sino un rasgo tan evidente como cualquier otro aspecto de nuestra biología. “Desde un punto de vista estrictamente metodológico, la libertad de la voluntad es casi tan obvia para nosotros como cualquier otra cosa”. Esa evidencia no implica, sin embargo, que la libertad sea plenamente explicable, Chomsky recuerda que nuestras mentes son organismos biológicos con capacidades y límites definidos…”Tenemos esencialmente las mismas opciones, sea cual sea nuestra expectativa de éxito”. Subraya que la acción no depende del optimismo sino del reconocimiento de esa capacidad de elegir.
Asumir ese instinto natural implica una responsabilidad ineludible. Aunque reconoce el peso de los condicionamientos sociales y culturales, Chomsky insiste en que el individuo conserva siempre un margen de decisión e introduce una advertencia tajante: “Si asumes que no hay esperanza, garantizas que no habrá esperanza”, una formulación que describe cómo el pesimismo puede convertirse en una profecía autocumplida. Frente a esa parálisis el pensador plantea la alternativa como una elección consciente. “Si asumes que existe un instinto de libertad, hay oportunidad de cambiar las cosa, hay una posibilidad para que contribuyas a hacer un mundo mejor. Esa es tu elección”. En esa decisión se juega el sentido mismo de la acción humana y de una vida con significado. La lucha por mejorar la realidad no depende de las expectativas de victoria sino con el compromiso con el acto mismo de intervenir. En esa agencia humana Chomsky sitúa la única vía para escapar del determinismo y de las ataduras mentales que alimentan la desesperanza contemporánea. A pesar de vivir en una época objetivamente más próspera y segura, la felicidad subjetiva no ha avanzado al mismo ritmo. La libertad individual, lejos de eliminar el malestar, ha intensificado la responsabilidad de decidir y actuar, transformando la experiencia emocional contemporánea. La neurociencia converge con la tesis de Chomsky. Según Damasio la felicidad solo se sostiene cuando se negocia con la del otro. Los actos altruistas activan los circuitos cerebrales de recompensa, de modo que la cooperación y el propósito compartido no son solo valores éticos sino extensiones funcionales del equilibrio biológico individual. La felicidad no es fruto de la ausencia de conflicto sino del ejercicio consciente de esa libertad, asumida con responsabilidad, dirigida hacia un sentido y sostenida en relación con los demás. La libertad no es, pues, una abstracción moral ni una ilusión cultural sino una capacidad biológica orientada a la acción.
