Por Enriqueta Burelo
Si celebras amas la intervención, sino celebras, amas a Maduro, aquí no cabe la reflexión, sino, la emoción. El tres de enero pasará a ser un día en la historia, el día que Estados Unidos, capturó a Maduro.
Frente a un hecho inédito y cargado de implicaciones políticas, jurídicas y geopolíticas, el debate público se organizó alrededor de solo dos emocione posibles: la felicidad o el enojo. Dejando a un lado que las decisiones políticas operan en distintos niveles y, que por lo tanto pueden activar emociones distintas al mismo tiempo.
El problema no es sentir emociones frente a la política, somos un animal de emociones, parafraseando a Aristóteles, quien decía que somos un animal político, El problema es, cuando las emociones impiden el análisis, la emoción se vuelve identidad política y prueba moral.
Todo empuja a tomar una posición emocional, moral y política al mismo tiempo, y además hacerlo de forma visible y consistente, o sea tienes que publicar tu posición en las redes sociales sino, eres una persona tibia, cobarde, y etc.
Cuando la emoción se convierte en identidad, la agenda deja de estar marcada por los argumentos y pasa a estar dominada por quien logra generar más reacción, lease like, repostear, compartir.
En mi caso, detesto las dictaduras, sean del signo que sean, sin embargo, estoy en desacuerdo con las intervenciones extranjeras que vulneran la soberanía de los pueblos y que además se amparan en posiciones casi teológicas como la Doctrina Monroe, desde la cual Estados Unidos ha considerado el hemisferio como espacio estratégico, no solo geográfico.
La intervención en Venezuela, sirve de advertencia al resto del mundo, mundial, y el mensaje que conlleva es simple y brutal Podemos entrar cuando queramos. Y elegir cuando irnos. El poder simbólico es tan importante como el militar: la captura de Maduro, fue un golpe al mito y mostro una ruptura en la lealtad interna.
Cito a continuación, ejemplos de intervenciones de Estados Unidos en diversos países centroamericana como fue el caso de Guatemala, cuando el coronel Jacobo Arbenz Guzmán, presidente de Guatemala, fue derrocado por mercenarios entrenados y financiados por Washington. El golpe se produjo tras una reforma agraria que amenazaba los intereses de la poderosa empresa estadounidense United Fruit Corporation, que posteriormente se convertiría en Chiquita Brands, el 27 de junio de 1954.
En 1965, Estados Unidos envió marines y paracaidistas a Santo Domingo para sofocar un levantamiento a favor de Juan Bosch, presidente de izquierda derrocado por los generales en 1963. La intervención fue justificada en nombre del “peligro comunista”.
En 1989, tras unas elecciones controvertidas, el presidente George Bush decidió intervenir militarmente en Panamá, lo que condujo a la rendición del general Manuel Noriega, antiguo colaborador de los servicios secretos estadounidenses y perseguido por la justicia de Washington. Unos 27.000 soldados participaron en la operación “Justa Causa”, que se cobró oficialmente 500 vidas, aunque según las ONG la cifra alcanzó varios miles.
Sin embargo, durante la década de los 70s, Washington apoyó a varias dictaduras militares durante esta década, considerándolas un baluarte frente a los movimientos armados de izquierda.
Estados Unidos respaldó al dictador chileno Augusto Pinochet durante el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 contra el presidente de izquierda Salvador Allende.
El secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger también apoyó a la junta argentina en 1976, animándola a terminar rápidamente su “guerra sucia”, según documentos estadounidenses desclasificados en 2003. Al menos 10.000 opositores argentinos desaparecieron durante ese período.
Hoy en los primeros días, después de los hechos ocurridos en Venezuela, nos enfrentamos que Estados Unidos ha hecho a un lado a la oposición venezolana en especial a sus figuras emblemáticas María Corina Machado y Edmundo Gonzales, lo que nos muestra que desde Washington se respaldará a quien le sea útil para sus planes y ahí tenemos a Delcy Rodríguez, ocupando un primer lugar en la alianza, y tenemos el caso de Juan Orlando Hernández, Honduras, acusado de narcotráfico e indultado por Trump por así convenir a sus intereses. El doble estándar con el Estados Unidos juzga a gobiernos autoritarios, según su utilidad estratégica.
Estados Unidos, léase Trump, ha amenazado a gobiernos de centro derecha como Panamá, por el canal, a Canadá y Dinamarca con anexar sus territorios.
La política internacional no se rige por afectos ni indignaciones morales en redes sociales. Se rige por intereses, correlaciones de fuerza y narrativas de poder. Celebrar sin pensar o indignarse sin analizar es renunciar a la comprensión del mundo.
El tema de Venezuela no es tan simple, como dos más dos son 4, ni las matemáticas funcionan así diría Albert Einstein, así que más allá de las emociones, debemos entender cómo se maneja la geopolítica. Por ello más allá de las emociones legitimas que despierte Venezuela, conviene recordar la frase de Henry Kissinger, otro Premio Nobel de la Paz, controvertido: «Ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser amigo es fatal».
