Las inconformidades apuntan a lo básico: organización vial inexistente, ausencia de una estrategia de seguridad para el bienestar de asistentes y comerciantes, y una tolerancia peligrosa a los “negocios de ocasión” que terminan expulsando al ciudadano común del espacio público.
COLABORACIÓN INVITADA/Sr. Smith
Cada enero, cuando Chiapa de Corzo se vuelve escenario nacional, reaparece la explicación fácil: “así es la Fiesta Grande”. Se dice para justificar lo injustificable. Violencia normalizada, caos vehicular, consumo de alcohol sin control, banquetas tomadas, calles bloqueadas y una sensación creciente de que una de las celebraciones más importante del estado se les fue de las manos a quienes deben gobernarla. No es la tradición. Es la autoridad —o la falta de ella— y la manera en que decide (o no) hacerse presente.
Este año las quejas se acumularon. No por el Combate Naval ni por Las Chuntás, ni por los parachicos. Las inconformidades apuntan a lo básico: organización vial inexistente, ausencia de una estrategia de seguridad para el bienestar de asistentes y comerciantes, y una tolerancia peligrosa a los “negocios de ocasión” que terminan expulsando al ciudadano común del espacio público.
Un ejemplo concreto: la ocupación de banquetas con sillas y estructuras que obstruyen los accesos a los puestos donde se venden dulces típicos. Las señoras que sostienen esa economía mínima advierten que el público no podrá acercarse a comprar. ¿Quién coloca las sillas? Señaló la dueña de una tienda de abarrotes junto a un Oxxo. ¿Con permiso de quién? Esa es la pregunta. Porque cuando el abuso se normaliza, alguien lo permitió.
La escena se repite cada año con variaciones: sillas “reservadas”, espacios “vendidos”, árboles talados para abrir vistas o montar negocios improvisados, y hasta cobros disfrazados de cooperación. Todo ocurre a la vista de todos. Luego llega el día grande y, con él, el lamento: “nadie previó nada”. Falso. Todo se prevé. Lo que falta es decisión para poner orden.
El recorrido de Las Chuntás no es un misterio. Es conocido, recurrente y anunciado con días de anticipación. Aun así, este año no hubo instrucciones oportunas para liberar las calles del tránsito indebido. El resultado es predecible: vehículos dañados, cristales rotos, unidades maltratadas y ciudadanos molestos que reclaman —con razón— por pérdidas evitables. Después, la autoridad corre detrás del problema, cuando debió caminar delante.
Aquí el señalamiento es directo: corresponde al presidente municipal Límbano Domínguez y a su equipo asumir que gobernar una fiesta de esta magnitud exige algo más que discursos y vallas. Exige planeación, coordinación interinstitucional y una instrucción clara a Tránsito Municipal para retirar vehículos en rutas críticas, ordenar flujos peatonales y proteger el patrimonio de los ciudadanos sin afectar la tradición. Eso es gobernar.
Porque no es la tradición la que invade banquetas; son personas. No es la tradición la que vende lugares; es alguien que cobra. No es la tradición la que taló árboles; fue una decisión. Confundir cultura con desorden es una coartada que ya no alcanza. La Fiesta Grande no necesita menos pueblo; necesita más autoridad con reglas claras.
La feria se ha vuelto más violenta no por sus símbolos, sino por la ausencia de límites. El alcohol sin control no es folclor; es un riesgo. El caos vial no es color local; es negligencia. Y la permisividad selectiva no es tolerancia; es inequidad.
La ciudadanía no pide que se cancele nada. Pide previsión. Pide seguridad. Pide que el espacio público no se privatice a fuerza de sillas. Pide que las tradiciones se cuiden sin convertirse en excusa para el abuso. En suma, pide que el gobierno gobierne.
Queda el llamado para futuras celebraciones: actúen con responsabilidad, anticipación y compromiso. Garanticen orden y seguridad. Protejan bienes y personas. Hagan que la fiesta sea de todos, no de quienes “apartan” primero. Porque cuando el desorden se repite, deja de ser accidente y se convierte en costumbre administrativa.
Dicho en corto y en cristiano: la tradición no falla; falla quien no pone orden.
